Primavera en Sídney

Déjate sorprender por los alucinantes parques nacionales, las diversas galerías de arte, las increíbles playas y un multiculturalismo que agrega color y vitalidad a los barrios de esta ciudad.

Sídney es la ciudad más poblada y uno de los destinos más famosos de Australia y Oceanía, tanto así, que muchos la confunden con la verdadera capital, que es Canberra. 

A pesar de ser una de las ciudades más caras del mundo, está clasificada en el décimo lugar en términos de calidad de vida, convirtiéndola en una de las ciudades más habitables; con gran oportunidad económica, y con fortalezas en finanzas, manufactura y turismo.

En Sídney siempre hay algo interesante que hacer, desde su soleada costa llena de playas y naturaleza salvaje, hasta el transitado centro…pasando por sus increíbles paisajes, zonas de bosques, sitios arqueológicos aborígenes, barrios con ambiente bohemio y diversos parques nacionales. 

Además de ser un lugar donde todo funciona de manera prolija y ordenada, lo que más destaco de Sídney, es que puedes perderte en la naturaleza estando a solo minutos de la ciudad; puedes deleitarte con sabores de Asia, Europa o América, ya que es una de las ciudades más multiculturales del mundo; y practicar diferentes deportes al aire libre, como surf en las playas de “Bondi”, caminatas en el “Royal National Park” o escalada en las rocas de “Blue Mountains”. 

Comencemos recorriendo la ciudad... 

  • Cómo no comenzar por una de las construcciones más famosas de esta ciudad: la Ópera de Sídney...una verdadera obra maestra de la arquitectura del siglo XX, que está conformada por una serie de grandes conchas prefabricadas. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2007 y se dice que ni el mismo arquitecto se imaginaba cómo quedaría plasmado su diseño. Durante más de 20 días en los meses Mayo y Junio, Sídney celebra el Vivid, donde se ilumina la ciudad con proyecciones  de colores y la Ópera es uno de los más increíbles.

(Abierta todos los días de 9am a 5pm. Los tours parten cada 30 minutos; puedes llegar en cualquier autobús, tren o ferry que te lleve a Circular Quay). 

  • Muy cerca del Opera, y en medio de la ciudad, está inserto el Real Jardín Botánico de Sídney, un lugar al que podrías ir una y otra vez debido a la impresionante diversidad de naturaleza que puedes encontrar. Aquí hay plantas de todo el mundo, como el jardín de begonias, el de camelias o el herbario. Además, se puede ver un jardín oriental con especies de China, Japón, Tailandia, Vietnam, Corea y Bután.

(Abierto todos los días de 7am a 8pm de noviembre a febrero, hasta las 6.30pm en marzo y octubre, hasta las 6pm en abril y septiembre, hasta las 5.30pm en mayo y agosto y hasta las 5pm en junio y julio). 

  • Otro gran ícono de Sídney, es el Puente de la Bahía de Sídney (The Bridge), que atraviesa toda la bahía conectando el centro de la ciudad con la costa norte. Tiene una longitud final de 1149 m y no sólo tiene ocho carriles para los más de 200 mil autos que pasan por él diariamente, sino que además cuenta con dos líneas de ferrocarril para el tren y una ciclovía para los pedaleros.
  • A solo media hora del centro nos encontramos con el Parque Centenario (Centennial Park), el mayor parque de Sídney, que fue construido en tierras pertenecientes al pueblo aborigen e inaugurado en 1888. Actualmente, es el hogar de cientos de especies, como patos, pelícanos o zorros voladores (murciélagos de gran tamaño que solo se encuentran en Australia) y que viven en estado salvaje.  
  • Y para terminar el día...Newtown, es el lugar perfecto. Es un suburbio bohemio, repleto de bares con muchos ambientes, grafitis y tiendas de segunda mano y se encuentra a solo 10 minutos en tren desde el centro. Si te gusta la fiesta, este es el lugar indicado. Si buscas un lugar para ir a comer o tomar algo, también encontrarás muchas y muy buenas opciones sobre su calle principal King Street. Mi lugar favorito es el “Italian Bowl”, un clásico restaurante italiano que cuenta con mesas compartidas y con el mejor risotto que he probado. 

Tiempo de ballenas 

Desde finales de abril las ballenas francas australes viajan a las aguas más templadas de la zona de cría, en las costas de Australia Meridional y Victoria. Mientras tanto, las enérgicas ballenas jorobadas continúan más el norte, hacia aguas tropicales más templadas, a lo largo de la costa occidental y oriental. Lo que significa que entre mayo y noviembre, podrás ver a estos majestuosos mamíferos en los diferentes lugares de avistamiento a lo largo de la costa australiana.

Atardecer en la “Coastal Walk”

La caminata de Bondi a Coogee es quizás la ruta de senderismo costera más famosa de Sídney. Personas de todo el mundo y de la zona local, llegan hasta aquí todos los días para practicar surf y disfrutar de las mejores playas de la ciudad, además de las  impresionantes vistas al océano, parques, cafeterías y restaurantes que se encuentran en el camino hasta Coogee. 

La caminata comienza en Bondi (que se encuentra a solo 20 minutos del centro de la ciudad) pasa por la playa “Tamarama”, “Bronte”, “Clovelly” y finalmente “Coogee”, y cada una de estas playas tiene una belleza única y especial.

En invierno, este es un gran punto de observación para ver ballenas jorobadas que realizan la migración anual a lo largo de la costa. 

Caminata Real  

El Parque Nacional Real (Royal National Park) es un lugar completamente sorprendente. Su nombre original era Parque Nacional, pero fue renombrado en 1955 después de que Isabel II, Reina de Australia, pasó en el tren durante su gira de 1954. 

Además de ser el hogar de cientos de animales como wallabies, possums y diferentes aves, este parque cuenta con 11 playas y maravillosos atractivos naturales. Algunos de ellos son las famosas “8 pools” (piscinas naturales) y el “wedding cake rock” (formación rocosa parecida a un pastel de novia). 

El parque está protegido y se encuentra a solo 30 kilómetros al sur de Sídney. Hasta aquí puedes llegar en tu propio auto o bien, usar el tren hasta la estación “Otford” o “Cronulla” y luego tomar un ferry hasta Bundeena. 

El paseo más popular aquí es el “Coastal Walk”, que bordea este parque y ofrece vistas excepcionales al océano y a los acantilados. El recorrido tiene una extensión de 30 kilómetros que implica caminar desde Bundeena a Otford, o viceversa, y se recomienda realizarlo en dos días. Hay espacios para acampar en “Bonnie Vale”, “North Era” y “Uloola Falls”. Estos son los únicos lugares donde se permite acampar dentro del parque, y están regulados con un sistema que requiere la reserva previa de un sitio. 

Un lugar para destacar es la playa de Wattamolla, ubicada a mitad de camino a lo largo de la costa, ya que tiene una gran extensión de arena, playas tranquilas y excelentes miradores para probar suerte y observar ballenas. 

El parque cobra una tarifa de acceso de autos, pero es gratis para las personas que llegan a pie. La entrada al parque cuesta $12 AUD por vehículo al día. El parque tiene múltiples puntos de entrada.

Recorriendo las Montañas Azules 

Esta región con más bellezas naturales de las que podrías imaginar, fue escogida por la Unesco para formar parte del Patrimonio Mundial. La neblina azul que da nombre a estas montañas, proviene del fino rocío de aceite que exudan los enormes eucaliptos que cubren como un manto este paisaje, formado por valles profundos y muchas veces inaccesibles. 

Las estribaciones llegan a 65 km de Sídney y se elevan hasta un altiplano de arenisca a 1100 m de altura tajado por múltiples valles de piedra erosionada a lo largo de miles de años. La región posee ocho áreas de conservación, incluido el Parque Nacional Blue Mountains que ofrece paisajes realmente alucinantes, senderos excelentes, cascadas, bosques de eucalipto, grabados aborígenes y un sinfín de flora y fauna nativa. 

Aunque el lugar se puede visitar en un día desde Sídney, es recomendable pasar al menos una noche para poder ver varias de sus poblaciones, hacer una caminata y comer en uno de sus ricos y acogedores restaurantes. En las montañas suele hacer bastante frío todo el año, por lo tanto hay que llevar ropa de abrigo. 

De las múltiples caminatas posibles, una de las más visitadas es en el mirador de las “Three Sisters”, que son tres agujas rocosas con casi mil metros de altitud.

Famosa entre playas

A un poco más de una hora en auto o en bus desde la ciudad, la playa de Palm Beach es un lugar exclusivo en el largo tramo de playas del norte de Sídney. Está ubicada en el extremo de una larga península, en donde de un lado se puede practicar surf, y del otro, se encuentran las tranquilas aguas de “Pittwater”.

Desde el famoso faro de “Barrenjoey”, que se encuentra ahí mismo y que fue construido en la década de 1880, se puede observar el Parque Nacional de Ku-ring-gai Chase y Broken Bay, o contemplar un hermoso atardecer en la asombrosa costa norte de Sídney en su totalidad.

Naturaleza en los barrios

El “Lane Cove National Park”, de 600 hectáreas, es el parque más cercano al centro de la ciudad. Está rodeado por los barrios de la costa norte y es ideal para realizar varias caminatas de longitud mediana. Alberga decenas de animales, incluidos algunos sapos y búhos en peligro de extinción. 

En el río Lane Cove hay un cobertizo donde arriendan botes y kayaks para recorrer el parque, sin embargo, no es recomendable bañarse. También se puede pasear en bicicleta y acampar, y hay algunos sectores accesibles para silla de ruedas.

El clima 

Sídney tiene un clima soleado de estilo mediterráneo durante todo el año, con más de 340 días de sol al año. Los veranos son tibios a calurosos y los inviernos son templados, con precipitaciones que se distribuyen durante todo el año. En verano (diciembre a febrero), la temperatura máxima promedio es de aproximadamente 26 °C y esta época también puede ser muy húmeda. La temperatura máxima promedio en los meses de invierno (junio a agosto) es de unos 16 °C, pero con días bastante soleados. Las lluvias en Sídney son más frecuentes entre marzo y junio. 

La mejor época para recorrer esta ciudad y cuando cobra mayor vida es en primavera (septiembre a noviembre). Los días son más cálidos y la humedad no es tan alta como en verano. La media de temperaturas diarias varía entre 11 °C y 23 °C.

Moverse

Sídney cuenta con una buena red de autobuses urbanos y una línea de tranvía que bordea la franja litoral. Si te gusta pedalear, la bicicleta resulta práctica para moverse por el centro y por algunos sectores de la ciudad. Tren, barcos y autobuses de largo recorrido alcanzan parques nacionales más alejados como el Royal, las playas como Palm Beach y las Blue Mountains.

10 Datos curiosos de Sídney

  1. Es la quinta ciudad más cara del mundo
  2. Se encuentra entre las quince ciudades más visitadas del mundo.
  3. Planea ser una ciudad sustentable para 2030. 
  4. En el año 2000, la ciudad se dio a conocer al mundo acogiendo los Juegos Olímpicos. 
  5. Es una de las ciudades más multiculturales del mundo (probablemente veas de todo menos australianos).
  6. La ciudad queda casi vacía a las 8 pm (aquí el día comienza muy temprano...5 am).
  7. Hay multas para todo (no se te ocurra cruzar la calle viendo el teléfono).
  8. El Harbour Bridge se conoce cariñosamente como “el perchero” por su particular forma arqueada.
  9. La playa de Bondi, es una de las más famosas del mundo.
  10. Construir la Opera House acabó costando 14 veces más de lo planeado y tardó 10 años más de lo previsto.

Créditos fotos: Vicente González y Antonia González

ECUADOR EN BICI

Cruzar pasos de montaña, pedalear al lado del mar y en las puertas del Amazonas. Dormir en casas de familias, en la policía, en los bomberos y en alguna iglesia. Acampar al lado de la ruta. Sentir la lluvia, el sol, el viento y el frío. Ser la única que no habla quechua en muchas cenas. Acostumbrarse a desayunar sopa o arroz con lentejas. Aprender a distinguir mariposas y sonidos de pájaros. Responder todos los días de dónde venís y a dónde vas. Amigarse con los miedos y la incertidumbre. Así podría resumirse viajar sola por Ecuador.

La noche antes del viaje apenas dormí: la mezcla del miedo con la ansiedad y el frío nocturno de Quito me tuvieron toda la noche dando vueltas en la cama. Los miedos eran los típicos de un primer viaje sola en bicicleta: a que pase algo y no saber solucionarlo, a no conseguir dónde dormir, a sentirme sola, al cansancio, a sentir que me había metido en algo que era demasiado para mí, a arrepentirme.

Antes de salir me llegó un mensaje de una amiga que decía: “el miedo es una fuerza motora muy poderosa, significa que vas a hacer algo que realmente te importa. Úsalo a tu favor”. Así que eso hice: dejé que el miedo me guiara.

Y salí.

CONFIAR (o subir hasta los 4000 msnm)

Dejé Quito cerca del mediodía. Lo que noté en los primeros kilómetros fue que, aunque la bici pesara y me costaran las subidas, la parálisis de miedo que había sentido el día anterior había, de alguna forma, desaparecido. Había salido a la ruta y los miedos ya no tenían de qué aferrarse.

Los primeros días avancé tranquila, sin imponerme tiempos. Acampé en un barrio cerrado y dormí en la policía. El tercer día de pedaleo, mientras almorzaba en Machachi, la familia que estaba sentada en la mesa de al lado me sacó conversación. Mientras ellos terminaban su arroz con carne y yo mis escuetos panes con palta, me preguntaron a dónde iba y se ofrecieron para llevarme: desde ahí comenzaban treinta kilómetros en subida. En la casa, desde donde comencé el viaje, me habían recomendado justamente que  esa subida y la que tendría que hacer unos días después, las hiciera en bus o a dedo. Me habían visto llegar tan agitada por una pequeña cuesta, que no me creían capaz de, por ejemplo, pedalear hasta los 4000 msnm. Supuse que tenían razón –quiero decir, supuse que no podría hacerla pedaleando- así que acepté, subí la bici a la camioneta y miré, desde la ventanilla, cómo ascendíamos hasta los 3500 msnm. Cuando llegamos a la parte más alta me bajé. Desde ahí y hasta Latacunga, solo era una larga bajada y veinte kilómetros finales planos. A pesar de se había sentido raro, llegué feliz: Latacunga era mi primera meta del viaje. Significaba que me había animado y que mis ganas habían sido más fuertes que mis miedos. 

Me quedé tres noches en Latacunga antes de seguir camino a la costa. Para llegar allí debía cruzar un paso de montaña a 4000 msnm, el que me habían recomendado hacer –de nuevo– en vehículo.

Salí de Latacunga poco antes del mediodía y pedaleé hasta Pujilí, a unos diez kilómetros de la ciudad, en subida suave. Justo donde empezaba la subida constante y pronunciada había una panadería, y allí paré a esperar. A los pocos minutos había cargado la bici a un auto y estaba serpenteando por una ruta que atravesaba campos, casas, caminos de tierra, montañas que se tapaban unas con otras, más campo y parcelas sembradas, más casas y más montañas. Avanzábamos y me imaginaba pedaleando ahí: subiría lento, pediría agua en esa casita, pararía a comer frente a esas montañas, sacaría una foto ahí, respiraría el aire fresco, sentiría el sol en la piel... Pero estaba adentro de un auto, mirando todo eso pasar a través del vidrio, y a 50 km/h. Ahí lo noté: ¿por qué estaba arriba de un auto si estaba viajando en bici? ¿Por qué, si una parte del camino se hacía más difícil, lo solucionaba así de fácil? ¿Por qué preferí confiar en lo que otro creía que yo era capaz –o no– de hacer, en vez de confiar en lo que yo misma creía de mí?

Le pedí al señor que me bajara. Quería seguir pedaleando.

Esa noche conocí a Rosa, una mamá de 30 años que me convidó de su cena -arroz con papa y fideos-, y a tres nenas cuyos nombres no recuerdo pero sí recuerdo que dibujaron en mi cuaderno, que me pidieron que les leyera la leyenda del cóndor enamorado, que me enseñaron palabras en quechua –sisa, por ejemplo, significa flor y killa, luna- y me preguntaron si “allá en tu país se calientan las casas igual”, refiriéndose a la fogata que habían encendido con palos y paja, en el piso de tierra, contra una de las esquinas de adobe de la habitación-cocina.

La mañana siguiente amaneció lluviosa, gris y fría. Desayuné, me despedí y salí. Los primeros kilómetros eran subidas y bajadas suaves y largas, y luego empezaba el tramo tan temido: diez kilómetros en subida hasta los 4000 msnm hasta Apahua. Los hice de la única forma que me era posible: despacio, parando a tomar aire cada pocos minutos, haciendo caso omiso a mi cabeza que pretendía hacerme creer que no podía más, luchando contra el viento en contra ocasionalmente, dándome cuenta de que la única opción que tenía -con montaña a un lado, campo o roca o precipicio del otro, y una bolsa de dormir de dos estaciones- era avanzar. Cuando por fin doblé una curva y vi unas casas adelante, me emocioné: había llegado. Pedí un lugar para dormir en la primera casa que vi, donde un papá, una mamá y tres hermanitos no dudaron en recibirme, compartirme la cena, charlar y acomodarse para darme una cama.

Ese día, antes de ir a dormir, pegué en mi bicicleta, bien a la vista, un sticker con una palabra que se convirtió tanto en un mantra como un consejo: “Confiá”. Confiá en los otros, sí, pero antes confía en tu intuición, tus capacidades y tus convicciones.

DESCUBRIR (o la perspectiva de la bicicleta)

La casa en Apahua estaba a cincuenta metros del punto más alto de ese paso, así que en la mañana siguiente, después de desayunar una sopa con papa y mucho aceite que me convidaron, dejé la casa de Apahua en la mañana y comencé a descender. Toda la tensión de la subida quedó atrás y, en apenas cincuenta kilómetros, pasé de la altura de las montañas al nivel del mar, del frío al calor, de dormir con seis frazadas y despertarme con los pies congelados a dormir con una sábana y un ventilador, del polar al short, de las llamas y las ovejas a las vacas y los caballos, de la papa y las habas al plátano y los arrozales, de los pastizales a las palmeras. 

Algunos días, muchas advertencias pasaban la pelota de la inseguridad siempre hacia el otro: “hasta acá es seguro, pero para allá es peligroso”, me repetía cada persona con la que hablaba mientras avanzaba, y doscientos kilómetros después, llegué a la costa. Podría hacer un recorrido de las casas, pueblos y ciudades por los que pasé. Si pienso en Manta recuerdo la casa multicultural y el ananá que aprendí a pelar; de Puerto Cayo, el olor a mar que me decía que me quedara y mi bici que amaneció con nueve pinchaduras por haber paseado por la playa buscando dónde acampar. A Puerto López llegué por cuatro días y me quedé quince: salí a pedalear por los alrededores, di una charla para chicos de secundaria, visité dos comunidades -Agua Blanca y El Pital- para conocer cómo trabajan con el turismo comunitario, fui a Los Frailes y estuve cinco días en la Isla de la Plata. Llegué a Montañita un mediodía y, mientras pensaba parada frente a la playa si seguir o quedarme, un señor que vivía ahí hacía varios meses confundió mi bici con una moto y de esa conversación surgió una amistad y el reencuentro con la acrobacia en telas y el acroyoga durante veinte días. De Montañita a Guayaquil la ruta es plana, kilométrica, con campos secos y el sol constante y abrasador. Durante el día me preguntaba por qué viajaba en bici y a la noche obtenía la respuesta: para amigarme con la incertidumbre de la ruta, para descubrir dónde voy a dormir. Las respuestas, claro, las descubrí por ellos, quienes me recibieron: primero fueron Jorge y su hijo, que al verme tan cansada me invitaron a quedarme un día más; que pasé con Roger, el vecino que me adoptó esas horas y que me agradeció por compartir con él, comer con él, conversar con él y se despidió diciendo: “tú eres valiente por animarte a viajar, yo soy valiente por animarme a vivir solo”. Al otro día pedaleé hasta que mi intuición -siempre mi intuición- me hizo detener frente al portón de entrada de una finca. Johnny, el señor que la cuidaba, se acercó a ver qué necesitaba y, después de consultarle a Silvia, su esposa, me hizo señas para que entrara. Mientras me preguntaban por el viaje me convidaban mangos recién cosechados y me invitan a sentarme y descansar. Ninguna de todas esas noches armé la carpa: en ambos lugares me dieron un lugar adentro, un colchón que recibí como una caricia al alma y al cuerpo, y me volvió adicta a tocar puertas y a hacerme defensora de la hospitalidad de la gente.

Esas semanas entendí por qué viajaba en bici: pedaleaba para no saber dónde iba a dormir y para descubrir a quién iba a conocer cada día, para tratar de comprender otras formas de vida, para escuchar las preguntas y las dudas, para entender las diferencias de oportunidades y ser consciente de mis privilegios, para nunca dejar de sorprenderme con la amabilidad de la gente, para recordar que el miedo paraliza pero también desafía, para entender que cada uno se anima a cosas distintas, para practicar la humildad, para aprender a recibir, para descubrir una mínima parte de este mundo tan grande y darme cuenta de que, en el fondo, somos todos iguales.

SUBIR

Después de quince días en Guayaquil durante los que aprendí a querer a una ciudad de la que solo había escuchado malos comentarios, me esperaba una ruta difícil: 224k hasta Riobamba, de los cuales noventa y cuatro eran en subida. Iba a ascender desde el nivel del mar hasta los 4000 msnm. Eran subidas tan empinadas que me dejarían avanzar, en el mejor de los casos, veinte kilómetros en cuatro horas y, en el peor, siete en tres horas y media. Tan empinadas que debía frenar cada cincuenta metros a respirar. Tan empinadas que casi se me acalambran las pantorrillas. Tan empinadas que tardé siete días en completar los casi cien kilómetros de subida.

Mi viaje en bici por Ecuador fue de la mano con procesos internos, especialmente la búsqueda profunda de por qué hago lo que hago y la transición del vegetarianismo al veganismo. Procesos, como todos creo, en que las respuestas son tan importantes como las mismas preguntas. Los encuentros de este viaje no solo me dieron un atisbo de luz a mis cuestionamientos, sino que me ayudaron a darme respuestas, también, a preguntas que ni siquiera me había planteado.

Camino a Chaguarpata conocí a Fran, un argentino que hacía siete años estaba viajando en bicicleta alrededor del mundo. La familia que vivía al lado de la escuelita donde pusimos la carpa nos convidó la cena y el desayuno. Yo tuve que poner en la balanza mis motivos para no comer, por ejemplo, carne o huevos, y mis razones para viajar como viajo. También hablamos acerca de Dios. Son conceptos que sigo explorando, pero en esa casa, por primera vez, me planteé que recibir un plato de comida es también una entrega de amor.

Para llegar a Trigoloma aprendí que debo tenerme paciencia: no estoy compitiendo con nadie, ni siquiera conmigo misma y, si necesito ir despacio, si necesito parar a respirar, eso es lo que tengo que hacer. Es practicar la consciencia de esa fina línea entre escuchar mi cuerpo y respetar mis tiempos, y la fortaleza y disciplina de pedirle a mi cuerpo siempre un poco más, incluso cuando siento que no puedo más.

En Hierbabuena entendí que hay gente que tiene un plato de comida para compartir, una manta para prestarte, un abrazo para darte y lo único que necesitan es el empujón de quien lo necesita. Había llegado al pueblo a las cuatro de la tarde y quince nenes se me acercaron. Les pregunté dónde podía dormir y me señalaron una casa vacía: comí mientras todos me miraban entre sorprendidos y tímidos, y después me llevaron a otra casa, pusieron música y empezaron a bailar. Me llamaba la atención no ver adultos en ningún lado. Les pregunté quién vivía ahí y una de las nenas me respondió. Ella vivía ahí. Sola. Me debatía entre la vergüenza de preguntarle y cierta angustia que me daba dormir en una casa abandonada, así que me arriesgué: “¿No querés que me quede a dormir acá con vos? Nos hacemos compañía”. La nena se llamaba Jimena y, antes de ir a dormir, me dijo que ella había pensado lo mismo. Por muy poco, por vergüenza a preguntar, por miedo a pedir, por timidez a ofrecer, ambas perdíamos la oportunidad de ayudarnos una a la otra.

Nueve kilómetros después, en Pangor, compartí con una familia algunas de sus actividades diarias: fui con Marlene, la hija, a darle de comer a los chanchos, ponerle hierba a los cuyes y soltar las ovejas para llevarlas a comer a la casa. A la hora de la cena fuimos a la cocina: la mamá estaba al lado de las ollas que se calentaban al calor de las brasas, mientras toda la familia estaba sentada en banquitos y sillas rodeando las paredes de la cocina, negras de hollín por tantos años de troncos ardiendo dentro. Primero tomamos sopa de papa y fideo; de segundo, arroz con lentejas. “Muchísimas gracias María, estaba muy rico”, le dije a la mamá. “Disculpe”, me respondió sonriendo tímidamente, mirando hacia abajo, mientras agarró mi plato y lo puso en la fuente de plástico para luego lavarlos. Me estaban dando una cama para dormir, habían compartido su tiempo conmigo, me habían convidado de su cena, y me pedía disculpas. Le pregunté a Marlene por qué su mamá me pedía disculpas. “Es por lo sencillo o lo poco o lo único que tiene para ofrecerle”, me dijo. No supe qué responder.

Al día siguiente llegué temprano a Rumipamba y pasé toda la tarde-noche con un grupo de personas que estaban al costado de la ruta vendiendo truchas que ellos mismo criaban. Cuando me preguntaron de dónde era les pregunté si sabían dónde quedaba Argentina. Silencio total, como si no me hubieran escuchado. Lo primero que pensé, casi con lástima, fue, "viven en un mundo tan pequeño...". Pero el pensamiento quedó atravesado por recuerdos: la nena de diez años que me había dicho que tenía que ir a cavar papas y yo no entendía a qué se refería; el día que acompañé a Marlene a darle de comer a los cuyes ella sabía exactamente cuánta hierba darles; la chica en el Quilotoa que dijo que no, que no iba a llover porque había viento y se llevaba las nubes y tenía razón. Me corregí: no viven en un mundo muy pequeño: viven en un mundo muy diferente. Ellos no saben dónde queda Argentina porque no ocupa ningún lugar importante en sus vidas, pero sí saben de los ciclos de la tierra y el cielo, del sol y del agua.

Al día siguiente llegué a los 4000msnm y me emocioné: me saqué la foto de la felicidad y el orgullo y bajé hasta Riobamba. Esos cien kilómetros son mi tesoro, la certeza de que la bici transforma la unión entre dos puntos en un nuevo viaje, mi cajita de aprendizajes y la confirmación de que siempre llega lo que necesitamos.

DISFRUTAR

Desde Riobamba mi ruta siguió hacia Baños por un camino terciario. Pedaleé por las faldas del volcán Tungurahua, acampé al costado de la ruta, llovió torrencialmente y hubo deslaves en el camino. Desde Baños seguí a Puyo, en las puertas de la Amazonía ecuatoriana. La ruta era ondulante, un sube y baja constante, y estaba rodeada de un verde brillante; había cascadas, las oropéndolas y los quisquidíes eran la banda sonora, y las mariposas, la compañía de cada día; había casas de madera salpicadas en los alrededores y muy poco tráfico. Pero faltaba algo: la gente. Casi no me cruzaba gente.

Esa zona había sido el lugar más esperado de mi viaje pero donde, al final, menos tiempo estuve: la ruta me llevó a avanzar día tras días, bajo el sol abrasante y las lluvias torrenciales, hasta volver a la sierra. Baeza fue la puerta de entrada y, sus alrededores, uno de los paisajes más lindos que vi en Ecuador. No es un lugar turístico, nadie me lo había mencionado y no sabría qué recomendar para hacer allí, pero viajando en bici sucede eso: los destinos por sí mismos, los turísticos especialmente, pierden un poco de sentido y, en su lugar, cobran fuerza las rutas que, sencillamente, se disfrutan pedalear.

Desde Baeza subí a Quito, cruzando el segundo paso a 4000msnm del mes. Esta vez fueron mil metros de elevación ganada en veinte kilómetros, con mucho frío y una llovizna constante. Me dolía el cuerpo, me dolía la panza, me dolían las manos y los pies por el frío, y mi cabeza repetía como un círculo vicioso “No puedo más”. Y cuando la cabeza te dice basta, ¿cómo hacés para que tu cuerpo siga? Justamente, siguiendo, supongo. Avanzando a pesar del frío, a pesar del dolor, a pesar de tu cabeza. Tal vez esa es la forma de demostrarle y demostrarte que siempre se puede un poco más.

Cuando llegué a la virgen que marcaba el punto más alto, apoyé la bici contra un poste y lloré. Siempre se puede un poco más.

Pasé dos noches en Pifo, en las afueras de Quito. De ahí a Cayambe la ruta es estrecha, con muchos camiones, sin banquina y lluvia ligera casi toda la tarde: 57 km subiendo y bajando, una estación de servicio en la que paré a preguntar por los bomberos, un señor que me dejó la merienda pagada porque le recordé a su hijo que estaba de viaje, y los bomberos que me recibieron como si me hubiesen estado esperando. A la mañana siguiente Jazz, una amiga que hice en ese tiempo, llegó a Cayambe para pedalear juntas hasta Ibarra, su ciudad. Paramos a tomar un café con bizcochos en uno de los tantos cafés a la salida de la ciudad y doblamos a la derecha: Ayora. Ahí empieza un camino secundario: dos días por una ruta de adoquín y ripio casi sin tráfico, con lluvia torrencial, casas de adobe, una invitación a pasar la noche en la Hacienda Zuleta -una hacienda del siglo XVI que perteneció a Galo Plaza, un ex presidente de Ecuador-, una merienda al sol, una noche en Esperanza y el final del viaje en Ibarra.

No me gusta decir que una experiencia es mágica, pero no logro encontrar otra palabra para describir esos días. Por suerte estaba Jazz también, y una de esas noches le pregunté si todo era real, si estábamos durmiendo en la Hacienda Zuleta, si de verdad estábamos ahí. Viajando en bici me pasan cosas que a veces me hacen dudar de la realidad, me hacen preguntarme si todo no sucede tal vez en un mundo paralelo. Me parece, sencillamente, mágico.

En el libro “Elogio a la bicicleta”, de Marc Augé, dice: " [...] cuando empiezas a moverte en bici es como si tuvieras poderes. [...] El ciclista pasa a ser el responsable de sí mismo e inmediatamente toma conciencia de ello. Simultáneamente cobra conciencia del lugar que le corresponde, el cual puede recorrer en todos los sentidos, así como de los itinerarios que lo alejan de ese lugar y de aquellos otros que lo traen de regreso. Y si además, si tenemos en cuenta que en general la práctica de la bicicleta nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en los recuerdos de la infancia y en la continuidad de la propia vida, podemos llegar a la conclusión de que la experiencia de la práctica ciclista es una prueba existencial fundamental que asegura la conciencia identitaria de aquellos que se entregan a ella: pedaleo, luego existo."

Eso siento yo: que pedalear me da superpoderes. Porque la bici me conecta: conmigo misma, con los otros, con la naturaleza, con los sentidos. Me conecta de verdad, no a través del wifi. No dependo de una pantalla y la señal porque la señal está dentro mío. Disfruto de cosas sencillas: comer sentada en el pasto, sentir el sol en la cara y la lluvia en la piel, los saludos en la ruta y los nenes que no quieren que me vaya de su casa; llegar al final del día con las piernas con marcas de la cadena. Los pedales y algo de barro me ponen feliz. Quiero tocar y oler todo; estar mucho tiempo quieta me pone ansiosa. Y así, como la bici me conecta, también me libera. Me conecta conmigo y con mi alrededor, y me libera la mente. Conecta mi espíritu y libera el pensamiento. Y fluye. Y pedalear se transforma en una forma de meditación activa: estoy presente. Y todo se llena de sentido.

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 BIO

Nati Bainotti. Argentina, con el corazón en muchas partes. Chile es mi segundo hogar. El movimiento, la naturaleza y las palabras son mi hogar.

LO QUE NECESITÁS SABER

  • Kilómetros: 1500 (Inicio: Quito. Fin: Ibarra)
  • Días estimados de bicicleta: un mes si solo paramos a descansar lo necesario o unos dos o tres meses si dedicamos tiempo a explorar pueblos, ciudades y alrededores.
  • Destacados: este recorrido atraviesa y recorre las tres geografías del país: sierra, costa y selva. Lugares interesantes para dedicarles tiempo, según los intereses de cada uno, son: Quito, Cotopaxi, Quilotoa, Montañita, Guayaquil, Baños de Agua Santa, Tena, Zuleta, Ibarra.
  • A tener en cuenta:
  • En pocas horas se pasa del frío de la sierra al calor de la costa o la selva. Además, en la sierra la amplitud térmica es grande.
  • El tiempo de permanencia máximo en Ecuador es de tres meses.
  • La moneda oficial es el dólar estadounidense.
  • El costo de la comida es muy accesible. En pueblos y ciudades se puede comer en la calle desde 1USD.
  • Abastecimiento: en cualquier pueblo encontramos provisiones, aunque en ciertos lugares esto se restrinja a lo básico, y no pasan más de diez kilómetros sin algún poblado. El abastecimiento de agua se soluciona muy fácilmente pidiendo agua en las casas al costado del camino.
  • Dónde dormir: en zonas rurales la gente es muy amable y dispuesta cuando solicitamos acampar en su terreno (y muchas veces terminan ofreciéndonos un lugar adentro). En pueblos y ciudades, los UPC (Unidad de Policía Comunitaria), Bomberos e iglesias son una muy buena opción. En las afueras de Quito hay una casa ciclista y en todo el país funciona CouchSurfing y WarmShowers.
  • Clima: si bien hablan de invierno y verano, lo más importante a tener en cuenta es si es época seca o de lluvias, que no es igual en todo el país. Los mejores meses son de junio a noviembre, que son más secos en la sierra y la selva, y más frescos en la costa.
  • Alturas: oscila entre el nivel del mar y los 4000 msnm. Son escasas las rutas planas.
  • Equipo: badana, pantalón largo (desmontable), remera mangas cortas, remera mangas largas térmica, abrigo (campera), impermeable, cortavientos, buff, polar, muda de ropa para la noche (short, pantalón largo, remera mangas cortas, remera mangas largas, polar, gorro), zapatillas, ojotas, lentes de sol, ropa interior. Indispensable llevar protector solar FPV 50, anteojos de sol y repelente; y bolsa de dormir de tres estaciones.
  • Rutas complementarias y/o alternativas:
    • Unir Quito y Latacunga a través del Parque Nacional Cotopaxi.
    • Volar a las Islas Galápagos desde Quito o Guayaquil.
    • Hacer un viaje al Cuyabeno o al Yasuní con una agencia especializada para adentrarse en el Amazonas.
    • Visitar la laguna Quilotoa desde Zumbahua.
    • Visitar volcán Chimborazo y Salinas de Guaranda.

*(Las rutas se pueden visualizar en Google Maps salvo la que une Riobamba-Baños y la de Ayora-Ibarra, que deberán consultarla con locales).* 

Chincolco, por allá por donde el diablo perdió el poncho

Descubre junto a Runology Proyect una desconocida localidad llena de historia y de magia ancestral.

¿Dónde fue que el diablo perdió el poncho? Al parecer, no tan lejos como creíamos. El historiador Elías Lizana escribió que, “El diablo nació en Mincha, en Choapa se hizo minero y en Chalaco perdió el poncho, dejando el sombrero en el fundo Carén”.

El último viaje de Runology Project nos llevó hasta Chincolco, localidad cercana a Chalaco, ambas partes de la comuna de Petorca, ubicada a unos 220 kilómetros de Santiago, en la Región de Valparaíso.

Y si bien no andábamos tras la pista del ‘colorado’, sin querer nos encontramos con mucho más. Un valle lleno de magia ancestral, burros salvajes, arrieros, esencia propia y un estilo colonial que perdura en la historia y se mantiene entre la modernidad que lo rodea. 

Chincolco, por allá por donde el diablo perdió el poncho, es un lugar quizás poco conocido popularmente, pero con un potencial por descubrir. De esos lugares de bajo perfil que encantan desde el primer momento, y de los cuales siempre se queda con gusto a poco.

Solo fueron tres días, disfrutados desde el alba al anochecer, pero no faltaron las risas, la tierra, el buen dormir y el comer. Nos sentimos como en casa y eso se lo debemos a la familia Prado, especialmente a Don Raimundo, a sus hijos Raimundo, Nicolás y Elena, y a don Amable, al que definitivamente el nombre le ‘pega’. 

Directo al grano

Entre gallinas, caballos y burros salvajes, llegamos a una casa estilo colonial con más de un siglo de historias, con pasillos que dan a espacios abiertos, techos altos y esas cocinas para quedarse el día entero conversando en torno al fuego .

Bastó un asado de cordero al horno, la primera noche, para dar comienzo a un fin de semana repleto de risas, mucho ejercicio y más de algún chascarro. Quedarse hasta las tantas conversando era una gran tentación, más si se acompañaba de un buen vino. Sin embargo, el tiempo apremiaba y al día siguiente nos esperaba una ruta de trail running cuesta arriba.

La oscuridad total lejos de la ciudad y el silencio interrumpido solo por el ruido de la naturaleza, hicieron de la primera noche un descanso que muchos necesitaban. A la mañana siguiente, las propias tareas matutinas del campo nos fueron despertando, sin la necesidad de la alarma del teléfono. Además, quién se iba a negar a un desayuno de campo que prometía pan amasado y huevos de gallinas felices.

La felicidad de subir…para después bajar

El primer día las actividades se dividieron en dos. El punto de inicio era el mismo, y la meta…según nos dieran las piernas a ambos grupos. Unos optaron por un trekking cerro arriba, mientras que los otros se lanzaron por una mañana de trail running. Subir para bajar era la misión, y el Cajón la Cortadera nos esperaba para adentrarnos en el Valle Chalaco.

Al poco andar las calaveras de ganado nos llamaron la atención, y el primer mito fue revelado. “Quienes se dedican al ganado dejan calaveras para espantar al Piguchén”, nos comenta Don Rai,  para referirse a una criatura de la mitología mapuche, de apariencia cambiante, que tiene el aspecto de una culebra voladora que, según relata la leyenda, tiene la fuerza para derribar árboles.

La serpiente alada, también conocida como Piuchén o Peuchén, se alimenta de sangre y las personas pueden saber dónde ha estado por las huellas de sangre que deja en los árboles, donde generalmente se esconde. O bien, por un silbido agudo que emite. Se dice que cuando un ganado adelgaza repentinamente sin causa, esta criatura sería la culpable.

Esta profunda quebrada es definitivamente el escenario perfecto para guardar mitos y leyendas, pero también para impactar con un río que apenas sobrevive y con un verde casi inexistente. La sequía ha marcado el valle y la falta de agua se ve reflejada en cada rincón.

Siete kilómetros más arriba, escalando por piedras, corriendo por tramos y caminando al paso que el calor nos permitía, un corral improvisado por arrieros fue la señal de alto. Hicimos un leve descanso para recuperar el aliento y lanzarnos cerro abajo. En total, fueron un par de horas de subidas, que se redujeron a minutos corriendo de regreso.

Al final del trayecto, un picnic en el camino. Empanadas de horno a la parrilla, huevos duros, pollo asado, vino y cerveza natural, además de mucha agua, fueron parte del premio luego de pasar horas en la quebrada.

Cuando el sol comenzó a esconderse, el viento y la temperatura cambiaron, obligándonos a dejar el increíble spot bajo el árbol para volver a la casa. Ahí nos esperaba una ducha más que reponedora, un asado y el relajo necesario post cerro.

Afírmate Juana que vamos a galopar

El último día en Chincolco comenzó con un desayuno al aire libre y una sobre mesa adivinando cuáles eran los pájaros que llegaban a curiosear el menú. Y luego de un recorrido por el lugar con las gallinas más lindas y felices que he visto, la cabalgata prometida no se podía dilatar más.

Nunca he sido amiga de los caballos, no sé montar uno y confieso que tenía más miedo que ganas de subirme. Tuve la opción de quedarme, pero ante la comitiva preparada, quién puede decirle que no a Don Rai.

Fueron un par de horas cerro arriba, una vez más, con una vista privilegiada desde las alturas de Chincolco, pero el miedo nunca desapareció. No superé la prueba, pero el resto del grupo gozó cada minuto de cabalgata.

Íbamos cerro abajo, bien afirmados y con un sabor amargo. Sabíamos que llegábamos al final de este nuevo Runology Project.

A veces no hay que ir tan lejos, ni tan cerca, para encontrar un lugar especial, con buena gente y calor de hogar. Nos faltaron kilómetros, pero el descanso llegó a su momento y definitivamente, Chincolco, nos tendrá nuevamente por sus tierras.

(Recuadro aparte)

¡Alerta en Chincolco!

Este año Chincolco celebró su aniversario 131, y entre tradiciones de campo y actividades costumbristas, mantienen la esencia viva de un lugar donde los únicos “afuerinos” son las grandes empresas que hoy tienen en jaque el agua del sector, y ante la sequía inminente y la escasa lluvia, se ha detonado en los últimos años una crisis hídrica preocupante para los locales.

Reflejo del cambio climático sí, pero las piscinas recolectoras de agua de las agroindustrias se divisan a lo lejos, y junto a ellas, el único espacio verde que se ve en el reseco Chincolco. 

Valle Chalaco, cajón la Cortaera (hacia adentro)

Mito del piguchén, ponen las calaveras para espantarlo

https://www.canamo.cl/2019/02/06/crisis-del-agua-chincolco-reseco/

 
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