ECUADOR EN BICI

Cruzar pasos de montaña, pedalear al lado del mar y en las puertas del Amazonas. Dormir en casas de familias, en la policía, en los bomberos y en alguna iglesia. Acampar al lado de la ruta. Sentir la lluvia, el sol, el viento y el frío. Ser la única que no habla quechua en muchas cenas. Acostumbrarse a desayunar sopa o arroz con lentejas. Aprender a distinguir mariposas y sonidos de pájaros. Responder todos los días de dónde venís y a dónde vas. Amigarse con los miedos y la incertidumbre. Así podría resumirse viajar sola por Ecuador.

La noche antes del viaje apenas dormí: la mezcla del miedo con la ansiedad y el frío nocturno de Quito me tuvieron toda la noche dando vueltas en la cama. Los miedos eran los típicos de un primer viaje sola en bicicleta: a que pase algo y no saber solucionarlo, a no conseguir dónde dormir, a sentirme sola, al cansancio, a sentir que me había metido en algo que era demasiado para mí, a arrepentirme.

Antes de salir me llegó un mensaje de una amiga que decía: “el miedo es una fuerza motora muy poderosa, significa que vas a hacer algo que realmente te importa. Úsalo a tu favor”. Así que eso hice: dejé que el miedo me guiara.

Y salí.

CONFIAR (o subir hasta los 4000 msnm)

Dejé Quito cerca del mediodía. Lo que noté en los primeros kilómetros fue que, aunque la bici pesara y me costaran las subidas, la parálisis de miedo que había sentido el día anterior había, de alguna forma, desaparecido. Había salido a la ruta y los miedos ya no tenían de qué aferrarse.

Los primeros días avancé tranquila, sin imponerme tiempos. Acampé en un barrio cerrado y dormí en la policía. El tercer día de pedaleo, mientras almorzaba en Machachi, la familia que estaba sentada en la mesa de al lado me sacó conversación. Mientras ellos terminaban su arroz con carne y yo mis escuetos panes con palta, me preguntaron a dónde iba y se ofrecieron para llevarme: desde ahí comenzaban treinta kilómetros en subida. En la casa, desde donde comencé el viaje, me habían recomendado justamente que  esa subida y la que tendría que hacer unos días después, las hiciera en bus o a dedo. Me habían visto llegar tan agitada por una pequeña cuesta, que no me creían capaz de, por ejemplo, pedalear hasta los 4000 msnm. Supuse que tenían razón –quiero decir, supuse que no podría hacerla pedaleando- así que acepté, subí la bici a la camioneta y miré, desde la ventanilla, cómo ascendíamos hasta los 3500 msnm. Cuando llegamos a la parte más alta me bajé. Desde ahí y hasta Latacunga, solo era una larga bajada y veinte kilómetros finales planos. A pesar de se había sentido raro, llegué feliz: Latacunga era mi primera meta del viaje. Significaba que me había animado y que mis ganas habían sido más fuertes que mis miedos. 

Me quedé tres noches en Latacunga antes de seguir camino a la costa. Para llegar allí debía cruzar un paso de montaña a 4000 msnm, el que me habían recomendado hacer –de nuevo– en vehículo.

Salí de Latacunga poco antes del mediodía y pedaleé hasta Pujilí, a unos diez kilómetros de la ciudad, en subida suave. Justo donde empezaba la subida constante y pronunciada había una panadería, y allí paré a esperar. A los pocos minutos había cargado la bici a un auto y estaba serpenteando por una ruta que atravesaba campos, casas, caminos de tierra, montañas que se tapaban unas con otras, más campo y parcelas sembradas, más casas y más montañas. Avanzábamos y me imaginaba pedaleando ahí: subiría lento, pediría agua en esa casita, pararía a comer frente a esas montañas, sacaría una foto ahí, respiraría el aire fresco, sentiría el sol en la piel... Pero estaba adentro de un auto, mirando todo eso pasar a través del vidrio, y a 50 km/h. Ahí lo noté: ¿por qué estaba arriba de un auto si estaba viajando en bici? ¿Por qué, si una parte del camino se hacía más difícil, lo solucionaba así de fácil? ¿Por qué preferí confiar en lo que otro creía que yo era capaz –o no– de hacer, en vez de confiar en lo que yo misma creía de mí?

Le pedí al señor que me bajara. Quería seguir pedaleando.

Esa noche conocí a Rosa, una mamá de 30 años que me convidó de su cena -arroz con papa y fideos-, y a tres nenas cuyos nombres no recuerdo pero sí recuerdo que dibujaron en mi cuaderno, que me pidieron que les leyera la leyenda del cóndor enamorado, que me enseñaron palabras en quechua –sisa, por ejemplo, significa flor y killa, luna- y me preguntaron si “allá en tu país se calientan las casas igual”, refiriéndose a la fogata que habían encendido con palos y paja, en el piso de tierra, contra una de las esquinas de adobe de la habitación-cocina.

La mañana siguiente amaneció lluviosa, gris y fría. Desayuné, me despedí y salí. Los primeros kilómetros eran subidas y bajadas suaves y largas, y luego empezaba el tramo tan temido: diez kilómetros en subida hasta los 4000 msnm hasta Apahua. Los hice de la única forma que me era posible: despacio, parando a tomar aire cada pocos minutos, haciendo caso omiso a mi cabeza que pretendía hacerme creer que no podía más, luchando contra el viento en contra ocasionalmente, dándome cuenta de que la única opción que tenía -con montaña a un lado, campo o roca o precipicio del otro, y una bolsa de dormir de dos estaciones- era avanzar. Cuando por fin doblé una curva y vi unas casas adelante, me emocioné: había llegado. Pedí un lugar para dormir en la primera casa que vi, donde un papá, una mamá y tres hermanitos no dudaron en recibirme, compartirme la cena, charlar y acomodarse para darme una cama.

Ese día, antes de ir a dormir, pegué en mi bicicleta, bien a la vista, un sticker con una palabra que se convirtió tanto en un mantra como un consejo: “Confiá”. Confiá en los otros, sí, pero antes confía en tu intuición, tus capacidades y tus convicciones.

DESCUBRIR (o la perspectiva de la bicicleta)

La casa en Apahua estaba a cincuenta metros del punto más alto de ese paso, así que en la mañana siguiente, después de desayunar una sopa con papa y mucho aceite que me convidaron, dejé la casa de Apahua en la mañana y comencé a descender. Toda la tensión de la subida quedó atrás y, en apenas cincuenta kilómetros, pasé de la altura de las montañas al nivel del mar, del frío al calor, de dormir con seis frazadas y despertarme con los pies congelados a dormir con una sábana y un ventilador, del polar al short, de las llamas y las ovejas a las vacas y los caballos, de la papa y las habas al plátano y los arrozales, de los pastizales a las palmeras. 

Algunos días, muchas advertencias pasaban la pelota de la inseguridad siempre hacia el otro: “hasta acá es seguro, pero para allá es peligroso”, me repetía cada persona con la que hablaba mientras avanzaba, y doscientos kilómetros después, llegué a la costa. Podría hacer un recorrido de las casas, pueblos y ciudades por los que pasé. Si pienso en Manta recuerdo la casa multicultural y el ananá que aprendí a pelar; de Puerto Cayo, el olor a mar que me decía que me quedara y mi bici que amaneció con nueve pinchaduras por haber paseado por la playa buscando dónde acampar. A Puerto López llegué por cuatro días y me quedé quince: salí a pedalear por los alrededores, di una charla para chicos de secundaria, visité dos comunidades -Agua Blanca y El Pital- para conocer cómo trabajan con el turismo comunitario, fui a Los Frailes y estuve cinco días en la Isla de la Plata. Llegué a Montañita un mediodía y, mientras pensaba parada frente a la playa si seguir o quedarme, un señor que vivía ahí hacía varios meses confundió mi bici con una moto y de esa conversación surgió una amistad y el reencuentro con la acrobacia en telas y el acroyoga durante veinte días. De Montañita a Guayaquil la ruta es plana, kilométrica, con campos secos y el sol constante y abrasador. Durante el día me preguntaba por qué viajaba en bici y a la noche obtenía la respuesta: para amigarme con la incertidumbre de la ruta, para descubrir dónde voy a dormir. Las respuestas, claro, las descubrí por ellos, quienes me recibieron: primero fueron Jorge y su hijo, que al verme tan cansada me invitaron a quedarme un día más; que pasé con Roger, el vecino que me adoptó esas horas y que me agradeció por compartir con él, comer con él, conversar con él y se despidió diciendo: “tú eres valiente por animarte a viajar, yo soy valiente por animarme a vivir solo”. Al otro día pedaleé hasta que mi intuición -siempre mi intuición- me hizo detener frente al portón de entrada de una finca. Johnny, el señor que la cuidaba, se acercó a ver qué necesitaba y, después de consultarle a Silvia, su esposa, me hizo señas para que entrara. Mientras me preguntaban por el viaje me convidaban mangos recién cosechados y me invitan a sentarme y descansar. Ninguna de todas esas noches armé la carpa: en ambos lugares me dieron un lugar adentro, un colchón que recibí como una caricia al alma y al cuerpo, y me volvió adicta a tocar puertas y a hacerme defensora de la hospitalidad de la gente.

Esas semanas entendí por qué viajaba en bici: pedaleaba para no saber dónde iba a dormir y para descubrir a quién iba a conocer cada día, para tratar de comprender otras formas de vida, para escuchar las preguntas y las dudas, para entender las diferencias de oportunidades y ser consciente de mis privilegios, para nunca dejar de sorprenderme con la amabilidad de la gente, para recordar que el miedo paraliza pero también desafía, para entender que cada uno se anima a cosas distintas, para practicar la humildad, para aprender a recibir, para descubrir una mínima parte de este mundo tan grande y darme cuenta de que, en el fondo, somos todos iguales.

SUBIR

Después de quince días en Guayaquil durante los que aprendí a querer a una ciudad de la que solo había escuchado malos comentarios, me esperaba una ruta difícil: 224k hasta Riobamba, de los cuales noventa y cuatro eran en subida. Iba a ascender desde el nivel del mar hasta los 4000 msnm. Eran subidas tan empinadas que me dejarían avanzar, en el mejor de los casos, veinte kilómetros en cuatro horas y, en el peor, siete en tres horas y media. Tan empinadas que debía frenar cada cincuenta metros a respirar. Tan empinadas que casi se me acalambran las pantorrillas. Tan empinadas que tardé siete días en completar los casi cien kilómetros de subida.

Mi viaje en bici por Ecuador fue de la mano con procesos internos, especialmente la búsqueda profunda de por qué hago lo que hago y la transición del vegetarianismo al veganismo. Procesos, como todos creo, en que las respuestas son tan importantes como las mismas preguntas. Los encuentros de este viaje no solo me dieron un atisbo de luz a mis cuestionamientos, sino que me ayudaron a darme respuestas, también, a preguntas que ni siquiera me había planteado.

Camino a Chaguarpata conocí a Fran, un argentino que hacía siete años estaba viajando en bicicleta alrededor del mundo. La familia que vivía al lado de la escuelita donde pusimos la carpa nos convidó la cena y el desayuno. Yo tuve que poner en la balanza mis motivos para no comer, por ejemplo, carne o huevos, y mis razones para viajar como viajo. También hablamos acerca de Dios. Son conceptos que sigo explorando, pero en esa casa, por primera vez, me planteé que recibir un plato de comida es también una entrega de amor.

Para llegar a Trigoloma aprendí que debo tenerme paciencia: no estoy compitiendo con nadie, ni siquiera conmigo misma y, si necesito ir despacio, si necesito parar a respirar, eso es lo que tengo que hacer. Es practicar la consciencia de esa fina línea entre escuchar mi cuerpo y respetar mis tiempos, y la fortaleza y disciplina de pedirle a mi cuerpo siempre un poco más, incluso cuando siento que no puedo más.

En Hierbabuena entendí que hay gente que tiene un plato de comida para compartir, una manta para prestarte, un abrazo para darte y lo único que necesitan es el empujón de quien lo necesita. Había llegado al pueblo a las cuatro de la tarde y quince nenes se me acercaron. Les pregunté dónde podía dormir y me señalaron una casa vacía: comí mientras todos me miraban entre sorprendidos y tímidos, y después me llevaron a otra casa, pusieron música y empezaron a bailar. Me llamaba la atención no ver adultos en ningún lado. Les pregunté quién vivía ahí y una de las nenas me respondió. Ella vivía ahí. Sola. Me debatía entre la vergüenza de preguntarle y cierta angustia que me daba dormir en una casa abandonada, así que me arriesgué: “¿No querés que me quede a dormir acá con vos? Nos hacemos compañía”. La nena se llamaba Jimena y, antes de ir a dormir, me dijo que ella había pensado lo mismo. Por muy poco, por vergüenza a preguntar, por miedo a pedir, por timidez a ofrecer, ambas perdíamos la oportunidad de ayudarnos una a la otra.

Nueve kilómetros después, en Pangor, compartí con una familia algunas de sus actividades diarias: fui con Marlene, la hija, a darle de comer a los chanchos, ponerle hierba a los cuyes y soltar las ovejas para llevarlas a comer a la casa. A la hora de la cena fuimos a la cocina: la mamá estaba al lado de las ollas que se calentaban al calor de las brasas, mientras toda la familia estaba sentada en banquitos y sillas rodeando las paredes de la cocina, negras de hollín por tantos años de troncos ardiendo dentro. Primero tomamos sopa de papa y fideo; de segundo, arroz con lentejas. “Muchísimas gracias María, estaba muy rico”, le dije a la mamá. “Disculpe”, me respondió sonriendo tímidamente, mirando hacia abajo, mientras agarró mi plato y lo puso en la fuente de plástico para luego lavarlos. Me estaban dando una cama para dormir, habían compartido su tiempo conmigo, me habían convidado de su cena, y me pedía disculpas. Le pregunté a Marlene por qué su mamá me pedía disculpas. “Es por lo sencillo o lo poco o lo único que tiene para ofrecerle”, me dijo. No supe qué responder.

Al día siguiente llegué temprano a Rumipamba y pasé toda la tarde-noche con un grupo de personas que estaban al costado de la ruta vendiendo truchas que ellos mismo criaban. Cuando me preguntaron de dónde era les pregunté si sabían dónde quedaba Argentina. Silencio total, como si no me hubieran escuchado. Lo primero que pensé, casi con lástima, fue, "viven en un mundo tan pequeño...". Pero el pensamiento quedó atravesado por recuerdos: la nena de diez años que me había dicho que tenía que ir a cavar papas y yo no entendía a qué se refería; el día que acompañé a Marlene a darle de comer a los cuyes ella sabía exactamente cuánta hierba darles; la chica en el Quilotoa que dijo que no, que no iba a llover porque había viento y se llevaba las nubes y tenía razón. Me corregí: no viven en un mundo muy pequeño: viven en un mundo muy diferente. Ellos no saben dónde queda Argentina porque no ocupa ningún lugar importante en sus vidas, pero sí saben de los ciclos de la tierra y el cielo, del sol y del agua.

Al día siguiente llegué a los 4000msnm y me emocioné: me saqué la foto de la felicidad y el orgullo y bajé hasta Riobamba. Esos cien kilómetros son mi tesoro, la certeza de que la bici transforma la unión entre dos puntos en un nuevo viaje, mi cajita de aprendizajes y la confirmación de que siempre llega lo que necesitamos.

DISFRUTAR

Desde Riobamba mi ruta siguió hacia Baños por un camino terciario. Pedaleé por las faldas del volcán Tungurahua, acampé al costado de la ruta, llovió torrencialmente y hubo deslaves en el camino. Desde Baños seguí a Puyo, en las puertas de la Amazonía ecuatoriana. La ruta era ondulante, un sube y baja constante, y estaba rodeada de un verde brillante; había cascadas, las oropéndolas y los quisquidíes eran la banda sonora, y las mariposas, la compañía de cada día; había casas de madera salpicadas en los alrededores y muy poco tráfico. Pero faltaba algo: la gente. Casi no me cruzaba gente.

Esa zona había sido el lugar más esperado de mi viaje pero donde, al final, menos tiempo estuve: la ruta me llevó a avanzar día tras días, bajo el sol abrasante y las lluvias torrenciales, hasta volver a la sierra. Baeza fue la puerta de entrada y, sus alrededores, uno de los paisajes más lindos que vi en Ecuador. No es un lugar turístico, nadie me lo había mencionado y no sabría qué recomendar para hacer allí, pero viajando en bici sucede eso: los destinos por sí mismos, los turísticos especialmente, pierden un poco de sentido y, en su lugar, cobran fuerza las rutas que, sencillamente, se disfrutan pedalear.

Desde Baeza subí a Quito, cruzando el segundo paso a 4000msnm del mes. Esta vez fueron mil metros de elevación ganada en veinte kilómetros, con mucho frío y una llovizna constante. Me dolía el cuerpo, me dolía la panza, me dolían las manos y los pies por el frío, y mi cabeza repetía como un círculo vicioso “No puedo más”. Y cuando la cabeza te dice basta, ¿cómo hacés para que tu cuerpo siga? Justamente, siguiendo, supongo. Avanzando a pesar del frío, a pesar del dolor, a pesar de tu cabeza. Tal vez esa es la forma de demostrarle y demostrarte que siempre se puede un poco más.

Cuando llegué a la virgen que marcaba el punto más alto, apoyé la bici contra un poste y lloré. Siempre se puede un poco más.

Pasé dos noches en Pifo, en las afueras de Quito. De ahí a Cayambe la ruta es estrecha, con muchos camiones, sin banquina y lluvia ligera casi toda la tarde: 57 km subiendo y bajando, una estación de servicio en la que paré a preguntar por los bomberos, un señor que me dejó la merienda pagada porque le recordé a su hijo que estaba de viaje, y los bomberos que me recibieron como si me hubiesen estado esperando. A la mañana siguiente Jazz, una amiga que hice en ese tiempo, llegó a Cayambe para pedalear juntas hasta Ibarra, su ciudad. Paramos a tomar un café con bizcochos en uno de los tantos cafés a la salida de la ciudad y doblamos a la derecha: Ayora. Ahí empieza un camino secundario: dos días por una ruta de adoquín y ripio casi sin tráfico, con lluvia torrencial, casas de adobe, una invitación a pasar la noche en la Hacienda Zuleta -una hacienda del siglo XVI que perteneció a Galo Plaza, un ex presidente de Ecuador-, una merienda al sol, una noche en Esperanza y el final del viaje en Ibarra.

No me gusta decir que una experiencia es mágica, pero no logro encontrar otra palabra para describir esos días. Por suerte estaba Jazz también, y una de esas noches le pregunté si todo era real, si estábamos durmiendo en la Hacienda Zuleta, si de verdad estábamos ahí. Viajando en bici me pasan cosas que a veces me hacen dudar de la realidad, me hacen preguntarme si todo no sucede tal vez en un mundo paralelo. Me parece, sencillamente, mágico.

En el libro “Elogio a la bicicleta”, de Marc Augé, dice: " [...] cuando empiezas a moverte en bici es como si tuvieras poderes. [...] El ciclista pasa a ser el responsable de sí mismo e inmediatamente toma conciencia de ello. Simultáneamente cobra conciencia del lugar que le corresponde, el cual puede recorrer en todos los sentidos, así como de los itinerarios que lo alejan de ese lugar y de aquellos otros que lo traen de regreso. Y si además, si tenemos en cuenta que en general la práctica de la bicicleta nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en los recuerdos de la infancia y en la continuidad de la propia vida, podemos llegar a la conclusión de que la experiencia de la práctica ciclista es una prueba existencial fundamental que asegura la conciencia identitaria de aquellos que se entregan a ella: pedaleo, luego existo."

Eso siento yo: que pedalear me da superpoderes. Porque la bici me conecta: conmigo misma, con los otros, con la naturaleza, con los sentidos. Me conecta de verdad, no a través del wifi. No dependo de una pantalla y la señal porque la señal está dentro mío. Disfruto de cosas sencillas: comer sentada en el pasto, sentir el sol en la cara y la lluvia en la piel, los saludos en la ruta y los nenes que no quieren que me vaya de su casa; llegar al final del día con las piernas con marcas de la cadena. Los pedales y algo de barro me ponen feliz. Quiero tocar y oler todo; estar mucho tiempo quieta me pone ansiosa. Y así, como la bici me conecta, también me libera. Me conecta conmigo y con mi alrededor, y me libera la mente. Conecta mi espíritu y libera el pensamiento. Y fluye. Y pedalear se transforma en una forma de meditación activa: estoy presente. Y todo se llena de sentido.

***

 BIO

Nati Bainotti. Argentina, con el corazón en muchas partes. Chile es mi segundo hogar. El movimiento, la naturaleza y las palabras son mi hogar.

LO QUE NECESITÁS SABER

  • Kilómetros: 1500 (Inicio: Quito. Fin: Ibarra)
  • Días estimados de bicicleta: un mes si solo paramos a descansar lo necesario o unos dos o tres meses si dedicamos tiempo a explorar pueblos, ciudades y alrededores.
  • Destacados: este recorrido atraviesa y recorre las tres geografías del país: sierra, costa y selva. Lugares interesantes para dedicarles tiempo, según los intereses de cada uno, son: Quito, Cotopaxi, Quilotoa, Montañita, Guayaquil, Baños de Agua Santa, Tena, Zuleta, Ibarra.
  • A tener en cuenta:
  • En pocas horas se pasa del frío de la sierra al calor de la costa o la selva. Además, en la sierra la amplitud térmica es grande.
  • El tiempo de permanencia máximo en Ecuador es de tres meses.
  • La moneda oficial es el dólar estadounidense.
  • El costo de la comida es muy accesible. En pueblos y ciudades se puede comer en la calle desde 1USD.
  • Abastecimiento: en cualquier pueblo encontramos provisiones, aunque en ciertos lugares esto se restrinja a lo básico, y no pasan más de diez kilómetros sin algún poblado. El abastecimiento de agua se soluciona muy fácilmente pidiendo agua en las casas al costado del camino.
  • Dónde dormir: en zonas rurales la gente es muy amable y dispuesta cuando solicitamos acampar en su terreno (y muchas veces terminan ofreciéndonos un lugar adentro). En pueblos y ciudades, los UPC (Unidad de Policía Comunitaria), Bomberos e iglesias son una muy buena opción. En las afueras de Quito hay una casa ciclista y en todo el país funciona CouchSurfing y WarmShowers.
  • Clima: si bien hablan de invierno y verano, lo más importante a tener en cuenta es si es época seca o de lluvias, que no es igual en todo el país. Los mejores meses son de junio a noviembre, que son más secos en la sierra y la selva, y más frescos en la costa.
  • Alturas: oscila entre el nivel del mar y los 4000 msnm. Son escasas las rutas planas.
  • Equipo: badana, pantalón largo (desmontable), remera mangas cortas, remera mangas largas térmica, abrigo (campera), impermeable, cortavientos, buff, polar, muda de ropa para la noche (short, pantalón largo, remera mangas cortas, remera mangas largas, polar, gorro), zapatillas, ojotas, lentes de sol, ropa interior. Indispensable llevar protector solar FPV 50, anteojos de sol y repelente; y bolsa de dormir de tres estaciones.
  • Rutas complementarias y/o alternativas:
    • Unir Quito y Latacunga a través del Parque Nacional Cotopaxi.
    • Volar a las Islas Galápagos desde Quito o Guayaquil.
    • Hacer un viaje al Cuyabeno o al Yasuní con una agencia especializada para adentrarse en el Amazonas.
    • Visitar la laguna Quilotoa desde Zumbahua.
    • Visitar volcán Chimborazo y Salinas de Guaranda.

*(Las rutas se pueden visualizar en Google Maps salvo la que une Riobamba-Baños y la de Ayora-Ibarra, que deberán consultarla con locales).* 

 
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