Documental sobre los 3 primeros chilenos en lograr el ascenso a las Trango Towers en Pakistán

  • El documental de los 3 escaladores que hicieron historia en Chile y el mundo alpino al ser de las pocas cordadas en lograr la mítica ruta Eternal Flame en la cordillera del Karakorum en Asia, será estrenado de manera exclusiva este sábado 6 de junio en el canal de Youtube de The North Face.

Se va a cumplir un año desde que los escaladores Diego Señoret, Nicolás Gutiérrez y el atleta The North Face Sebastián Rojas se convirtieran en los primeros chilenos en lograr el ascenso de las Trango Towers (6.286 msnm), consideradas como la escalada en roca más desafiantes del mundo. Es por eso que The North Face pondrá a disposición este sábado 6 de junio a las 8:30 am en su canal de YouTube el documental donde relatan la travesía de los atletas en Pakistán.

Con meses de planificación, estudio y preparación tanto mental como física, los tres atletas emprendieron rumbo hacia Pakistán, con el objetivo de convertirse en los primeros chilenos en realizar con éxito el ascenso a las Trango Towers. Tras 4 días en la pared, sorteando avalanchas y caídas de piedras por los deshielos, lograron llegar a la cima.

Pakistan alberga 108 cimas de más de 7.000 metros de altura, cinco de los 14 ochomiles del mundo se encuentran ahí. A pesar de que los tres escaladores contaban con un amplio repertorio de grandes paredes escaladas, teniendo como su gran escuela el Cajón del Maipo, el Valle de Cochamó y la inigualable Patagonia, este desafío fue el más grande de sus vidas. Con el correr de la expedición se dieron cuenta que los peligros objetivos de este canalón eran muy grandes. Se enfrentaron a constantes caídas de seracs, caídas de piedras por los deshielos de los calores de julio y la gran acumulación de nieve después de un invierno muy cargado.

Alrededor de las 4.30 pm del día miércoles 17 de julio, llegaron a la cumbre “Reventamos en emoción cuando llegamos a cima: lágrimas y felicidad para la cordada que lo había dado todo. Nos juntamos en la cúspide y la felicidad era máxima, una vista espectacular de todos las montañas del Karakorum alrededor, una energía que deslizaba emociones y sentimientos únicos después de un esfuerzo tremendo: nuestro sueño estaba cumplido y nuestras risas se dejaron caer a 6.286 msnm” comentó Sebastián Rojas, atleta de The North Face.

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Estrenan documental de ancestral técnica de pesca con mosca en los Alpes italianos

Patagonia revive un estilo de pescar que tiene siglos de historia y que aún se mantiene vivo en el país europeo.

Rescatar una antigua y sencilla técnica en un deporte especial es el hilo conductor del documental de Patagonia “Il Pescatore Completo” (“El Pescador” en español) que se estrenará este martes 19 de mayo y que estará disponible en el sitio de Patagonia Chile. La producción, que cuenta con la participación especial del fundador de la marca outdoor, Yvon Chouinard, nos introduce en rincones remotos y naturales de Italia para conocer la vida de Arturo Pugno, la única persona que se conoce que aún utiliza el estilo alla Valsesiana, una técnica de pesca con mosca simple que ha estado en práctica desde al menos el siglo XVI.

Construir a mano una caña de pescar de 4 metros y amarrar una carnada sin ningún tipo de tecnología moderna es algo que pocos pueden hacer, pero que todavía se mantiene con vida en pequeños arroyos de montaña del norte del país europeo, tal como lo hace Arturo. Y así como él, existe un grupo de personas que se mantienen devotas a este estilo y lo replican en las mismas corrientes utilizando materiales que se usaron siglos atrás. Quien domina este verdadero “arte”, es, a ojos de Arturo, un “pescador completo”.

Revisa el tráiler aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=PKEVThtgycg&feature=youtu.be

Ve el documental aquí:

https://cl.patagonia.com/pages/nuestros-documentales-favoritos

LADAKH, INDIA. Encuentros cercanos en el sendero de Markha

El propósito de este viaje fue recorrer uno de los secretos mejores guardados de la zona india de los Himalayas, una ruta aún bastante prístina, donde un inesperado encuentro con una de las más elusivas y vulnerables criaturas del planeta, se convirtió en el momento más mágico de la ruta.

Por primera vez en mi vida diviso los Himalayas. Los sobrevolamos en un corto vuelo desde Delhi a Leh, capital de la región india de Ladakh. Aterrizaremos a 3.500 metros sobre el nivel del mar en esta ciudad con el sobrenombre de “pequeño Tibet”, primer paso para comenzar una aventura de 8 días atravesando el sendero de Markha, en pleno Himalayas.

Nos reciben cientos de banderas rojas y amarillas que se extienden por todo Leh. “Hoy en la tarde llega el Dalai Lama”, nos cuenta el chofer que nos lleva. Su excelencia vive en Dharamsala, no lejos de aquí. Su residencia en el exilio está a menos de una hora en avión y aunque ya ha venido antes, la conferencia que dará al día siguiente en el gimnasio de la ciudad está con lleno total. Con la esperanza de verlo, me levanto muy temprano a pesar del “jet lag” y me uno a la multitud que lo espera frente a la entrada del gimnasio. “Esta es una buena señal para lo que viene”, pienso cuando, parada en primera fila, lo veo bajar de su Mercedes con chofer, y él, a través de sus pequeños anteojos estilo John Lennon, me mira y bendice con ambas manos. Este sería el primero de los “milagros” ocurridos durante el viaje a Ladakh.

La región está enclavada entre la cordillera de Karakoram y los Himalayas y situada en la planicie tibetana, situación geográfica que solo añade a su aislamiento y que para mi compañero y para mí, ha sido una atracción más para venir a esta tierra de cumbres nevadas que ofician de paisaje de fondo a inesperados monasterios o “gompas", que sorprenden desde lo alto de empinadas colinas; con correntosos ríos, variedad de vida salvaje, amistosos habitantes que han hallado una entrada económica ofreciendo sus humildes hogares como homestay para turistas, y cientos de manis, esas piedras inscritas con mantras usadas en prácticas de budismo tibetano, la religión local.

El plan original era pasar dos días en Leh para aclimatarnos antes del trekking. Mi compañero está listo para partir, pero un dolor de cabeza no me deja abrir los ojos y tampoco dormir. Mi cuerpo parece inflamado y un aletargamiento general se apodera de mí al despertar a 3.500 metros. Claros síntomas de mal de altura. Al sacar de mi maleta las toallitas de limpieza que reemplazarán la ducha durante los días de trekking, veo que el usualmente plano paquete en que vienen, está redondo como una pelota de tenis gigante. Pues lo mismo le ha ocurrido a mi cuerpo. Imposible comenzar la caminata y me rehúso a tomar Diamox, la píldora con la que los escaladores combaten este problema. Al cuarto día mi cuerpo vuelve a la normalidad, listo para enfrentar la semana cubriendo un promedio 20 kilómetros diarios.

La logística, organizada por la compañía india White Magic Adventures, consiste en un equipo de personas con varios caballos y burros que se adelantarán a nosotros cada mañana llevando carpas, alimentos y todo lo necesario para acampar cada noche a medida que vayamos avanzando por el sendero de Markha. En el team tenemos al dueño de los animales, un cocinero, dos ayudantes, más las personas que irán con nosotros: Rajeev y Pemba. El primero es nuestro joven guía y el segundo es un portador de raza sherpa, originario de la región de Darjeeling en India, de estatura pequeña pero fuerte como un pequeno Golliat.

Para comenzar el trekking bajamos a 3.050 metros, a la localidad de Chilling, donde debemos realizar el primero de muchos cruces de río. Este cruce inicial será fácil (si usted no sufre de vértigo). Aquí, un carro de dos metros por dos metros aproximadamente cuelga de una cuerda y va y viene de una orilla a otra por el río Indo gracias a un sistema de poleas. Debemos hacer fila, pues hay alrededor de una veintena de viajeros atravesando el río y el carrito no resiste a más de uno a la vez.  

A pesar de este comienzo masivo, durante nuestros días de caminata encontraremos muy pocos compañeros de ruta, y este es uno de los encantos de Ladakh: es todavía un secreto bien guardado.

El paisaje que nos acompaña este día es árido debido al serpenteante cañón de Zingchen, mientras que el termómetro marca unos 32 grados. Debemos ascender 400 metros cubriendo 7 kilómetros hasta el poblado de Skiu, lo que hacemos en 4 horas y media, una más de lo presupuestado. Es mi primer día y la altura aún me pasa la cuenta.

Cada cierto kilómetro se encuentran puestos con mujeres locales vendiendo bebida y artesanía. Aquí son las mujeres las que se quedan en las alturas de Markha. Ellas son quienes vemos como anfitrionas en los homestay, trabajando la tierra, con los animales y a cargo de estos puestos en el camino, pues los hombres van a trabajar a Leh u otros poblados con necesidad de mano de obra. Compro unos zapatitos de guagua, con los colores del budismo, rojo y amarillo, que cuelgan en mi mochila hasta hoy como amuleto.

Llegamos. Es nuestra primera noche y la pasamos en Skiu.. No tiene más de diez viviendas y blancas prayer flags (o banderas de plegarias) flamean al viento por la pequeña villa mientras varias estupas la rodean desde lo alto. Estos monumentos espirituales del budismo tibetano representan la mente iluminada de Buda con una cúpula de metal que descansa sobre una base de cinco peldaños y es coronada por un sol, apoyado en el símbolo de una luna creciente. Estos altares, puestos para proteger a los viajeros, se nos harán familiares durante nuestros días de caminata en Markha.  

En nuestra primera noche acampando, duermo con mis primeras capas puestas y con un guatero a mis pies dentro del saco de plumas. La temperatura baja dramáticamente cuando el sol se oculta, pero el cansancio me deja dormir como un ángel.

El despertador, que consiste en Rajeev llamando nuestros nombres fuera de la carpa, viene a las 7 de la mañana. Hoy debería ser el día más largo, abarcando 21 kilómetros, aunque eventualmente lo hacemos en dos etapas. En este día nos tocará hacer el primer cruce del implacable río Markha. Nos han advertido que este año el río está más caudaloso que de costumbre pues, a las lluvias se suma el calor que ha derretido más nieve en las cumbres de Karakoram. El río ruge, pero debemos avanzar y atravesarlo.

Hemos comprado en Leh zapatos de goma especiales que se adhieren a las piedras del lecho del río. El agua llega a la cadera por lo que se debe cruzar en shorts o en ropa interior y nos amarramos con cuerda para cruzar en grupo. Debido al calor es casi un alivio sentir las frías aguas del Markha en el cuerpo. Luego deberemos soportar los casi 40 grados durante las seis horas de caminata hasta Sara.

Como cada noche, la comida es un verdadero banquete de seis platos con el que no podemos a pesar de las delicias del chef. Nuestro joven guía, Rajeev, se sienta con nosotros cada noche pero no come, comerá después nos dice, por más que le ofrecemos un puesto en nuestra mesa en la improvisada carpa comedor. Se nos hace costumbre también, durante la comida, organizar la caminata del día siguiente. En aquella segunda jornada de trekking deberíamos haber llegado al poblado de Markha y, para recuperar el día de atraso, decidimos que solo nos detendríamos a almorzar allí mañana, para continuar luego hasta Hankar, donde pasaríamos la noche.

Salimos muy temprano para evitar el ascenso durante las horas de más calor. Debemos caminar nueve kilómetros ascendiendo 500 metros hasta Markha, que se sitúa a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Y en lugares tan remotos como este hay que estar siempre preparados para imprevistos. Un puente sobre la parte más turbulenta del río se ha caído y es necesario buscar un paso y volver a cruzar amarrados. Los caballos, que van siempre delante de nosotros y que a pocos minutos de su partida perdemos de vista cada día, aún están allí, intentando cruzar. Pero pronto, su dueño y arriero decide ir río arriba hasta encontrar un paso que no los ponga en riesgo.

Aquella mañana ocurrió la primera hazaña de Pemba, nuestro sherpa. Su pequeña estatura se compensa con una extraordinaria fortaleza física y, sujeto con una soga, va y prueba la fuerza del río por nosotros. Una y otra vez el agua lo bota pero su valentía y también su capacidad de evaluar situaciones gana mi confianza. Logramos atravesar finalmente y las cuatro veces que cruzamos esas aguas torrentosas a lo largo del camino de este tercer día, fue de la mano de Pemba y, a veces, sobre los fuertes hombros de este pequeño gigante.

Llegamos finalmente a la villa que le da el nombre al sendero. Aquí se encuentra uno de los gompas (monasterios) más importantes de la región y como todos los gompas, se empina en la cumbre de un monte de paredes verticales al que se accede por cientos de escalones.

Almorzamos en la casa de una familia local y probamos por primera vez la tsampa o cebada tostada, a la que se agrega agua, y con la que los anfitriones reciben a sus invitados. También somos agasajados con la cerveza local de trigo o arroz llamada chyang que ellos mismos han fermentado.

Es de tarde, comienza a llover y la caminata se hace más difícil. Nuestro arriero, quien se comunica por radio con Rajeev, ha decidido no seguir por la copiosa lluvia y acamparemos allí donde los caballos se han detenido. Llueve toda la noche. Y en la mañana, ante de partir, decidimos esperar a que el terreno seque un poco.

Estamos en Umlug para pasar de largo por Hankar y llegar en la tarde a Thachungtse. El plan se cumple después de una de las jornadas más espectaculares, mientras seguimos divisando gompas y manis, estas placas de piedra o roca inscritas con mantras budistas, verdaderas obras de arte que, según el budismo tibetano, otorgan protección a los viajeros que se detengan a orar junto a ellas. También aparecen las primeras marmotas y las espectaculares bharal u ovejas azules, las que en realidad no son ovejas ni son de color azul, sino que pertenecen a la familia de las cabras y son de un color pardo.

Thachungtse se encuentra en un bello valle al otro lado de un puente colgante que ha resistido la fuerza del río Markha. Vemos por primera vez el monte Kang Tze con sus glaciares colgantes y sus dos cumbres de más de 6.000 metros.

Hemos recuperado un día de caminata pero aún llevamos uno de atraso respecto al itinerario original, y esta tarde, luego de instalarnos en el campamento, la lluvia empieza una vez más. Mi compañero y yo  jugamos a las cartas guarecidos en la carpa cuando escuchamos los gritos: “¡Madame, Mister!”, llama Rajeev, “¡Salgan pronto!”.  Una avalancha fue lo primero que se me vino a la cabeza. “¡Su cámara, Miss Olga, páseme su cámara!”, era ahora la voz de Pemba. A él le apasionaba la fotografía y juntaba plata para comprarse una cámara. Yo le enseñaba un poquito de técnica cada día pero él, ya tenía el ojo y el talento. Era tanta la urgencia con la que la pedía, que no cuestioné la razón y se la pasé al tiempo que salíamos descalzos sin importar el frío ni el barro. “¿Qué pasa?”, preguntamos mientras observamos que todo nuestro equipo, incluido el dueño del terreno donde acampábamos, estaba allí, mirando hacia el cerro. “Un leopardo de nieve”, responde nuestro joven guía con la voz quebrada de genuina emoción. “Allá, hacia el cerro”. Y ahí estaba, mimetizado en la ladera, de color gris con pintas más oscuras y su distintiva cola larga enroscada como tantas veces lo había visto en fotos.

Mi compañero busca sus binoculares y yo observo a Pemba corriendo cerro arriba con esa audacia que lo caracteriza y con mi cámara en la mano. El felino sabía que estábamos allí, pero no parecíamos importarle demasiado. Paseó lentamente ante nuestros ojos por varios minutos desplegando su refinada silueta, casi con arrogancia, para luego perderse cerro arriba. Después de unos segundos de silencio vino la excitación. En el grupo, todos, a excepción de Pemba, eran oriundos de Ladakh y jamás habían visto un leopardo de nieve. En invierno es relativamente más fácil verlo (de ahí su nombre, pues se mimetiza con la nieve), y por lo general, ellos no vienen al valle de Markha. El dueño de estos terrenos estaba tan asombrado como todos, pues era la primera vez que veía a este animal en agosto, es decir, en verano, y porque la noche anterior había tenido la sospecha de que algún depredador como este o tal vez lobos, merodeaban el campamento. Uno de sus burros había amanecido muerto y ensangrentado.

Este avistamiento nos transformamos en estrellas de buena suerte, una especie de amuleto para el resto del viaje y nos sentimos, por cierto, muy afortunados. No estaba entre los propósitos de nuestro viaje ir tras esta, una de las criaturas más codiciadas de divisar del planeta. Al poco rato vuelve Pemba corriendo como se había ido, y dichoso, pues había tomado fotos. El lente que tenía solo era uno de 70 y no esperábamos una gran toma, pero al subirlo al computador se le podía apreciar. Teníamos la prueba: habíamos visto un leopardo de nieve en pleno agosto. Probablemente en lo alto de las montañas el verano era más frío que de costumbre, y la maravillosa fiera bajó inusualmente al valle para nuestro deleite.

Esta noche, durante la comida, no se habla de otra cosa y el plan para el día siguiente es partir más temprano que de costumbre para intentar recuperar el día que llevamos de atraso, aunque estuvimos de acuerdo en que, gracias a este desfase, pudimos tener ese fabuloso encuentro con el leopardo. En dos días nos esperarían hacia el final del circuito, en Shang Sumdo. Estamos sin señal de teléfono y ciertamente sin internet, pero siempre existe una manera de avisar a los encargados de la logística sobre nuestro retraso. Trataríamos de avanzar para ponernos al día. Tampoco es de vida o muerte.

En nuestro quinto día de caminata llegaremos a la elevación más alta en campamento: nuestra meta es la villa de Nimaling, que está a 4.700 metros sobre el nivel del mar y aunque solo son 6 kilómetros, debemos subir en forma acumulativa casi 700 desde nuestro punto de partida.

 

El sol brilla esta mañana tan fuerte que atraviesa nuestra carpa. Será un día caluroso, en altura y con un par de cruces de ríos que, como ya sabemos, se van poniendo más caudalosos a medida que ascendemos. Hemos calculado que serán unas 5 horas contando paradas.

Una visión aparece poco después de una hora de sendero. Son ocho hombres que vienen en sentido opuesto bajando hacia el valle. En sus cabezas traen un gran cargamento. Vienen de Srinagar, Cachemira, la misma región a la que Ladakh pertenece, solo que ésta ha permanecido como una isla de paz en la turbulenta relación con la administración India. Los porteadores no hablan inglés pero nos manejamos con señas en una sesión de fotos que les pido y que jamás olvidaré. Postura, dignidad y unos inmensos ojos negros plasmé con ese magnífico escenario de fondo y ellos aceptaron felices el descanso.

Una torrencial lluvia empezó poco después de haber recomenzado nuestro recorrido. Llegamos empapados al Nimaling y el barrial hace difícil poner las carpas y levantar el campamento.

Es de noche y comemos torta. Nuestro espectacular chef había creado una torta con dos caminantes hechos de mazapán y una leyenda en chocolate que decía “Congratulations. Markha Trail”. Si todo va bien, al día siguiente serán diez horas caminando después de alcanzar la máxima altura de circuito en el paso de Kongmaru La, a 5.276 metros. Intentaremos hacer dos días en uno para llegar adonde nos esperará el vehículo que nos llevará de regreso a Leh y así, cumplir con el itinerario.

En la mañana el arriero me ofrece uno de sus caballos para subir el empinado sendero hasta el paso, pero yo quiero hacerlo a pie. Son las últimas horas y quiero disfrutar cada paso por más duro que sea. Kongmaru La se encuentra sobre la cumbre del monte Stok y es parte de la cordillera Zanskar, de la que también es parte el famoso Kang Yatze, el que varios compañeros de ruta han venido a escalar. Es lejos, la montaña más popular en Ladakh.

Al llegar al paso, al punto más alto de nuestro viaje, encontramos nieve, cientos de banderas de plegaria y una vista de la cordillera de Zanskar y de la vertical pared de hielo azul de la cara norte del Kang Tze. Se siente como un clímax, como un final de viaje, sin embargo, aún queda aventura.

La primera meta es almorzar en Chuskirmo a orillas del río del mismo nombre y continuar a lo largo del cañón del río Shang hasta llegar a destino final. Bajamos los más de 1.000 metros desde el paso de Kongmaru La de forma bastante abrupta, mientras Pemba pedía mi cámara para tomar fotos de ovejas azules y águilas doradas que circulaban en el cielo. Almorzamos junto al río y luego llegó la hora de despedirnos de los caballos, los burros y nuestro señor de los caballos. Él llega hasta aquí, pues, esta noche la intención es comer y dormir en Leh. Ya no necesitamos provisiones ni carpas.

Continuamos bajo una bellísima tarde soleada para luego cruzar el río, el que viene muy torrentoso una y otra vez, hasta que es imposible. La fuerza del agua es fulminante y vemos grupos de caminantes que regresan por la parte alta del acantilado que bordea el Shang. Habían pernoctado en Chuskirmo y comenzado el trayecto temprano. “Más adelante se pone peor. No hay manera de atravesar”, nos dice una pareja de suizos. Normalmente, se camina junto a la ribera sin necesidad de cruzar las aguas pero en los últimos días, entre la lluvia y el calor que había derretido más nieve de lo esperado, el agua había cubierto el estrecho sendero que iba paralelo al río circundado por las altas paredes de roca caliza. Debíamos regresar y hacer campamento en Chuskirmo, donde habíamos almorzado.

Afortunadamente nuestro señor de los caballos aún estaba ahí con comida y equipos. Solo hay que avisar a la compañía para que no se alarmen por nuestra ausencia. El único lugar donde hay señal telefónica es en el paso a 5.276 metros. Hasta allá sube nuestro querido Pemba. Lo veo correr cerro arriba y regresar una hora más tarde. Al día siguiente bajaría todo el team con nosotros para hacer cadenas humanas y poder cruzar a pesar de la corriente. Solo el arriero se quedaría. Él no quiere poner en riesgo a sus animales.

En esta imprevista séptima jornada nos mojamos hasta el cuello. Pasamos de una orilla a otra más de 20 veces. Luego de 12 horas de marcha, la sensación de logro es fuerte. Vemos el vehículo que nos espera al principio de la carretera de ripio y nos abrazamos todos, mojados y felices.  

Es de noche y estamos en Leh. La noticia de que habíamos visto al leopardo de nieve ya había corrido por la ciudad y algunos nos piden ver fotos. Celebramos, nos despedimos de nuestro equipo y de Pemba. A la mañana siguiente el viaje continuará. Mi compañero irá con Rajeev al paso de Khardung La para luego bajar en bicicleta. Este es el paso para vehículos más alto del planeta y forma parte importante de la ruta de la seda de hace siglos. Entretanto, yo iré por un par de días a un monasterio budista para meditar antes de volver al mundanal ruido.

Ya recostada en la cama de nuestro cómodo hotel, pienso en el increíble felino, en los fuertes hombres de Cachemira y en la bendición del Dalai Lama.

Nota: Un año después de haber dejado Leh, nos enteramos sobre la muerte de nuestro sherpa Pemba. No lo mataron los ríos ni los despeñaderos, perdió la vida lleno de sueños a los 26 años en un accidente automovilístico. Atesoro su recuerdo en las fotos de aquel milagroso encuentro con un leopardo de nieve. 

Este viaje fue posible gracias a la eficiente logística de White Magic Adventure

 ( https://www.whitemagicadventure.com )

GENTE ESPERANDO VER A DALAI LAMA EN LEH min 1

DALAI LAMA NOS DA SU BENDICION min 1

LA VILLA DE MARKHA min 1

LEOPARDO DE NIEVE FOTOGRAFIADO POR PEMBA min 1

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Chañaral de Aceituno en pleno: fauna marina, paisajes y gastronomía

Se dio inicio  a la temporada de avistamiento de cetáceos en Chañaral de Aceituno, lo que concordó con el primer festival del loco. La caleta en todo su esplendor

El sábado 7 de diciembre se dio inicio, en la Caleta Chañaral de Aceituno, a la temporada de avistamiento de cetáceos. Adicionalmente, se vivió el primer festival del Loco en la caleta, donde los asistentes disfrutaron de diferentes platillos con este molusco como base.

A las nueve de la mañana comenzaban las actividades, un desayuno organizado por los pescadores, con churrascas y pebre de cochayuyo recibía a los visitantes. Luego las autoridades presentes, tanto de Sernatur como de la municipalidad, dieron discursos de agradecimiento a la participación de todos aquellos que llegaron en masa a Chañaral de Aceituno.

Los visitantes comenzaron a embarcar en los distintos botes que partieron a la Isla Chañaral, ubicada en la reserva marítima Pingüinos  de Humboldt, con el objetivo de poder divisar las distintas especies de fauna marina que se pueden apreciar. Chungungos, lobos marinos, pingüinos de Humboldt, delfines y, la atracción del día, ballenas.

 Durante esta jornada, sería la ballena fin la que más se dejaría ver, mostrando su lomo y aleta a todos aquellos que desesperados intentaban capturar el momento. Pero no sería esta la única razón para entrar en las aguas del pacífico, había otro tesoro escondido.

Un año antes, a modo de experimento, se introdujeron 70 botellas de vino orgánico , con el objetivo de ver qué efectos producía en el contenido. Dos buzos se sumergieron para poder extraer las cajas metálicas donde estaban dispuestas las botellas, para posteriormente llevarlas a la orilla, donde un grupo de sommeliers evaluó y determinó los positivos efectos que tuvo estar bajo el agua.

Luego de la evaluación, se dio inicio al primer festival del Loco, que tendría como objetivo premiar a la mejor preparación a base de este producto. Los distintos restaurantes de la caleta Chañaral de Aceituno, llegaron con sus mejores platillos para cautivar al jurado y al público presente que pudo probar de forma gratuita los platos. Finalmente, se eligió al restaurante Donde la Mary como el mejor de esta edición.

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GEORGIA: EL BALCON DE EUROPA

Un road trip por este país que no sabe si definirse como europeo o asiático. Sus vecinos son tan variados como su cultura: al norte limita con Rusia, al sur con Turquía y Armenia, al este con Azerbaijan y al oeste, el Mar Negro baña sus costas. Tierra de monasterios, tradiciones y extraordinarios paisajes, donde la comida y el vino son las estrellas.

 El adiós a Georgia, esta tierra incrustada entre Asia y Europa, no fue fácil. Tras un abrazo a Keti y Davit en el aeropuerto de Tbilisi, nos despedimos. Ambos, muy jóvenes, podrían haber sido nuestros hijos y durante estos veinte días en Georgia, más allá de ser nuestros guías y chofer respectivamente, se transformaron en amigos. 

Dos semanas antes, Davit, un filósofo de 27 años, nos había ido a buscar a ese mismo aeropuerto. Habíamos llegado a Tbilisi casi a medianoche. Nos encontramos con una ciudad vibrante, cuyas típicas casas en sus laderas parecían a esa hora -en que los empinados cerros se mimetizan con la noche- colgar del cielo. Había música en las calles y gente conversando alegre en las terrazas de bares y restaurantes. Georgia me pareció muy europea esa primera noche. Se lo comenté a Davit y me dijo que ellos se describen como el “balcón de Europa”. Georgia está rodeada al norte por los impresionantes montes Cáucasos y desde allí se observan. A los georgianos les gustan los balcones y estos son los grandes protagonistas en la particular arquitectura de su capital.  

En nuestro primer día conocimos a Keti, nuestra guía y estudiante de Ciencias Políticas que puede recitar trozos del Quijote de la Mancha en inglés y cuyo libro favorito es Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, como nos enteraríamos en algún momento de nuestro viaje.

Este es un pueblo culto, lector y muy conectado al mundo a pesar de su recóndita situación geográfica y de los años tras la cortina de hierro. Keti lo atribuye, en parte, a que durante el tiempo bajo del yugo soviético, la electricidad se cortaba temprano, no había televisión y esas horas antes de retirarse a dormir, eran dedicadas a la lectura y a la conversación a la luz de las velas y en familia, hábito que persiste hasta hoy.

Ese primer día recorrimos la ciudad a pie y un fuerte olor a sulfuro provenía de unos domos de ladrillo en pleno centro. Se trata de los baños termales que, desde el tiempo de los romanos, eran parada obligada para los viajantes, hoy se han convertido en atracción turística para un momento de relax.

Imposible hacer un recorrido por Tbilisi sin visitar iglesias. Georgia es un pueblo religioso y sobre un 80 por ciento de la población profesa la fe ortodoxa que ni 70 años de régimen stalinista lograron menguar. La primera de muchas iglesias que visitamos durante nuestra estadía fue Metekhi, la catedral erigida en lo alto de la garganta del río Mtkvari, junto a la dorada estatua del Rey David IV, constructor a quien se le atribuye el nacimiento y la prosperidad de Georgia en el siglo X. Visitamos luego la fortaleza Narikala que preside la ciudad junto a la plateada estatua de la Madre Georgia, quien por un lado protege la ciudad con una espada en la mano y da la bienvenida a los visitantes con una copa de vino en la otra.

A la hora de almuerzo probamos nuestro primer khachapuri, un tradicional pan relleno de queso al que puedes agregar un huevo frito encima y que se puede comer a cualquier hora del día. La gastronomía de Georgia merece un capítulo aparte y aquí se vanaglorian con razón, tanto por su riqueza culinaria, como por ser -nada menos- que los inventores del vino, el que hasta el día de hoy almacenan y envejecen en vasijas de greda, un método milenario llamado kvevri.

Esos dos días en la capital se hicieron cortos. El último lo dediqué a perderme, pues creo que no hay mejor forma de conocer un lugar, y las calles serpenteantes de Tbilisi no hacen difícil esa tarea.

La noche terminó tarde en esta ciudad de contrastes. Fuegos artificiales, DJ’s  en las calles, y muchísima gente en las terrazas dentro de una infinidad de restaurantes. Pregunté al azar si era alguna fecha especial pues parecía que cada habitante se hubiera volcado a la calle. “Es viernes”, me respondió una bella chica georgiana. Así de simple.

Los días siguientes iban a ser más bucólicos. Viajamos junto a Keti en el 4x4 de Davit. La tracción es indispensable para ir hacia el Cáucaso, adonde nos dirigiríamos en un par de días.

Nuestra primera parada fue en un intrincado complejo de cuevas llamado David Gareja, que en el siglo VI d.C. funcionó como un conjunto de monasterios, iglesias y claustros. La mayoría de los visitantes vienen aquí por el día desde Tbilisi, pero nosotros continuamos hacia el noreste y pasamos la noche en Sighnagi, donde tuvimos la experiencia gastronómica más memorable del viaje. Comimos en The Pheasant’s Tears, restaurant que produce su propio vino con el sistema tradicional utilizado hace 8.000 años. El tinto que acompañó mi guiso típico de setas de múltiples variedades era un Kakheti, nombre de la provincia donde estábamos, y al final de la comida, el propio chef nos mostró la bodega de sus vinos kveri, enseñándonos el antiquísimo proceso de las vasijas de greda.

Recorrer Georgia en auto es una de las maneras de conocerlo. La otra es usando las marshutkas, unos minibuses que llegan a casi cada rincón del país y que se van haciendo familiar en nuestro camino, al igual que los puestos de pan cada pocos metros. No es cualquier pan. Se asemeja a una gigante sopaipilla y se llama Nazuki, que se caracteriza por su dulzura adquirida por diferentes especias.

Los habitantes de Georgia son limpios, muy serios dependiendo de la región y tan honestos que a veces uno se avergüenza de pagar los bajísimos precios de algunos productos. Son, además, extremadamente generosos y no aceptan un no como respuesta a un regalo. Una tarde, con varios kilómetros recorridos, al ver un puesto de frutas a un lado de la carretera se me antojó comer durazno. Quise comprar cuatro pero el vendedor me pasó un cajón. Creyendo que era un malentendido por el idioma, llamé a Keti para traducir y explicar el error. El hombre no podía creer que yo quedaría satisfecha con solo cuatro de sus jugosos duraznos, así que terminé con la caja de fruta en el auto y gratis, pues no aceptó mi dinero. Mientras en Gori, la siguiente ciudad en nuestro itinerario, recibimos como regalo un vaso con la figura de Stalin, en una fuente de soda donde la garzona escuchó nuestra conversación en inglés y asumió que venerábamos al hijo ilustre de su pueblo. El lugar, congelado en los grises tiempos soviéticos, exhibe orgulloso la casa donde nació el líder comunista y un museo en su honor.

Temprano al día siguiente, partimos hacia un lugar de nombre impronunciable pero que se escribe así: Uplistsikhe. Se trata del centro urbano más antiguo construido alguna vez en Georgia, erigido durante el período pre cristiano. La entonces metrópolis, vivió su larga época dorada desde el siglo VI a.C. hasta el siglo IV de nuestra era, cuando en la región hizo su aparición el cristianismo. Finalmente y hace unos años, el sitio fue nombrado como patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Esa noche la pasamos en Kutaisi, la segunda ciudad más grande del país y a la hora de comida  adquirimos una costumbre georgiana muy arraigada. Designamos un Tamada o Toastmaster o lo que en español se traduciría como un “maestro del brindis”. Esta tradición se lleva a cabo en los “supras” o banquetes y Davit fue el primer tamada, haciendo que cada alzar de copas trajera consigo un tema de conversación diferente. El tamada es protagonista eminente del folklore local y en Tbilisi existe incluso un monumento dedicado a este personaje. Podré olvidarme de alguna cueva vista en este país, pero jamás de esas noches de supras.

Había llegado la hora de partir a las montañas. Eran nueve horas cuesta arriba a través del Cáucaso Mayor, esta cordillera que contiene las cumbres más altas de Europa. El paisaje se iba tornando cada vez más bello y a pesar del zarandeado viaje, este iba a ser uno los momentos más mágicos de nuestros días en Georgia.

Al atardecer llegamos a nuestro destino: Ushguli, la villa en más altura del continente. Perros, mulas y cerdos deambulaban libremente mientras los niños jugaban alegres en las calles con barro. El alojamiento era una residencial con una pequeña pieza privada pero baño compartido. Aquí el lujo es el entorno. Enclavado entre verdes colinas, al borde de un cristalino río de agua glaciar y adornado con más de treinta torreones de piedra del siglo XII, Ushguli es presidido por las imponentes blancas cúspides de la cordillera caucásica.

Al día siguiente fuimos a la base del Monte Shkhara, la cima más alta de Georgia (5.048 metros), una caminata de aproximadamente 8 horas, de dificultad media y con paisajes que no terminan de asombrar.

Dejamos Ushguli para ir a Mestia, en la misma región de Svaneti, una ciudad de tomo y lomo. Aquí, la presencia de alrededor de doscientas torres de defensa es imponente y hacen de este enclave -cuya atmósfera es una curiosa mezcla de resort de esquí alpino y de pueblo agricultor del medioevo- otro imperdible en Georgia. Nuestra estadía estaba planeada para una noche y la alargamos a cuatro. Caminamos a la villa de Mulakhi un día, fuimos hacia el glaciar de Chalaadi al siguiente, y al tercer día, nos dedicamos a conocer las misteriosas torres de Svaneti que en el siglo XII cumplían doble función: hogar y trinchera en tiempos de batallas entre clanes. Visitamos dos de ellas y el buen estado fisco fue imprescindible para subir sus angostas escalinatas donde las había, o en algunos casos, escalar la pared de piedra para llegar a la azotea, desde donde la vista era, una vez más, el gran premio.

Continuamos con los supras y nuestro tamada, Davit, nos sorprendió una noche recitando al poeta iraní Omar Khayamm en Georgiano, mientras Keti admitió su debilidad por Pablo Alborán cuando una de sus canciones sonó en un bar. Georgia podrá parecer aislado, pero sus habitantes llevan la lectura y la música en la sangre, y el arte los acerca al mundo. Allí, en las alturas de Mestia, conocimos otra de las tradiciones folklóricas del país: el canto polifónico. Como patrimonio cultural de nuestro planeta, una grabación de estos cantos fue lanzada al espacio junto a otros legados culturales a bordo del transbordador “Voyager”, en 1977.  Cantada sólo por hombres, a tres voces como mínimo, nuestra experiencia aquí fue un coro de ocho entusiastas jóvenes que improvisaron hasta altas horas de la madrugada y que parecían al cantar, tan embelesados como nosotros, su público.

En los días que siguieron y a medida que bajábamos a nivel del mar, visitamos más monasterios, más iglesias con frescos antiquísimos, nuevos castillos, fortalezas y una ciudad balneario,, para terminar en la impresionante Vardzia, una ciudadela subterránea mandada a construir por la venerada reina Tamar en el siglo XII, como defensa contra el ataque del implacable ejército mongol. Al ser erigida, contenía seis mil compartimentos, además de una sala de trono, una iglesia y en la ladera de la montaña donde fue esculpida, unas terrazas de cultivo. Su objetivo de defensa fue cumplido pero la naturaleza logró lo que los mongoles no lograron: un terremoto destruyó gran parte de Vardzia, dejando al descubierto, los restos que hoy podemos visitar y que a pesar de la destrucción sufrida, aún nos dejan conmovidos con su excelencia.

La última noche en Georgia la pasamos cerca de aquellas cuevas, en un alojamiento local donde hicimos los últimos brindis rituales que, no podían sino ser, para la belleza, la cultura y la gente de esta tierra única. A estas alturas, ya había aprendido una palabra en el difícil idioma georgiano: gaumarjos. Salud por Georgia.

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Sugerencias para viajar a Georgia

 - Cambiar o sacar de los cajeros automáticos solamente la moneda local: laris.  Los cajeros ofrecen la opción de retirar dólares pero son muy pocos los lugares que los aceptan. 

  • En cafés y restaurantes, cuando quieras tomar un jugo solo pide limonada del sabor de la fruta que desee. Si quieres lo que nosotros conocemos como limonada, debes pedir: “limonada de limón”, aunque a nuestros oídos suene redundante.
  • La ruta más fácil para llegar a Tbilisi es vía Turquía o Qatar, desde cualquier ciudad europea y ahora, que Emirates vuela directo de Santiago a Dubai, este último aeropuerto es otra alternativa para llegar a Georgia de manera más directa.
  • Cuando vayas a un restaurante es bueno tener en cuenta que no existe el concepto de entrada, plato principal y acompañamiento por lo que si pide papas fritas, por ejemplo, vendrá junto a todo lo demás que haya pedido. Generalmente, se comparten los platos tipo “tapas”.

-  Tan típico como el Khachapuri, es el Khinkali, una masa rellena de setas o carne muy parecida a un dumpling chino o una gyosa japonesa. Se debe comer siempre con la mano usando la parte más gruesa de la masa que se deja finalmente en el plato sin comer.

 - Chacha: al final de cada comida es probable que te ofrezcan este aguardiente fabricado con la piel de la uva y que contiene alto grado de alcohol. No es bien visto declinarlo, pero recomiendo tomarlo muy lentamente.

- Aunque en Tbilisi las iglesias ortodoxas ofrecen chales y pareos para cubrirse la cabeza y las piernas, si vas a recorrer iglesias de esta religión en sitios más rurales del país, será mejor evitar shorts o vestidos cortos, y andar con un pañuelo o similar para tapar el pelo.

CIUDAD DE SIGHNAGI min 1

MONASTERIO DE GELATI PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD min 1

VARDZIA IMPACTANTE CIUDADELA CONSTRUIDA EN LA ROCA SIGLO XII min 1

DAVID GAREJA COMPLEJO DE CUEVAS USADO COMO MONASTERIO min 1

 

 
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