Chañaral de Aceituno en pleno: fauna marina, paisajes y gastronomía

Se dio inicio  a la temporada de avistamiento de cetáceos en Chañaral de Aceituno, lo que concordó con el primer festival del loco. La caleta en todo su esplendor

El sábado 7 de diciembre se dio inicio, en la Caleta Chañaral de Aceituno, a la temporada de avistamiento de cetáceos. Adicionalmente, se vivió el primer festival del Loco en la caleta, donde los asistentes disfrutaron de diferentes platillos con este molusco como base.

A las nueve de la mañana comenzaban las actividades, un desayuno organizado por los pescadores, con churrascas y pebre de cochayuyo recibía a los visitantes. Luego las autoridades presentes, tanto de Sernatur como de la municipalidad, dieron discursos de agradecimiento a la participación de todos aquellos que llegaron en masa a Chañaral de Aceituno.

Los visitantes comenzaron a embarcar en los distintos botes que partieron a la Isla Chañaral, ubicada en la reserva marítima Pingüinos  de Humboldt, con el objetivo de poder divisar las distintas especies de fauna marina que se pueden apreciar. Chungungos, lobos marinos, pingüinos de Humboldt, delfines y, la atracción del día, ballenas.

 Durante esta jornada, sería la ballena fin la que más se dejaría ver, mostrando su lomo y aleta a todos aquellos que desesperados intentaban capturar el momento. Pero no sería esta la única razón para entrar en las aguas del pacífico, había otro tesoro escondido.

Un año antes, a modo de experimento, se introdujeron 70 botellas de vino orgánico , con el objetivo de ver qué efectos producía en el contenido. Dos buzos se sumergieron para poder extraer las cajas metálicas donde estaban dispuestas las botellas, para posteriormente llevarlas a la orilla, donde un grupo de sommeliers evaluó y determinó los positivos efectos que tuvo estar bajo el agua.

Luego de la evaluación, se dio inicio al primer festival del Loco, que tendría como objetivo premiar a la mejor preparación a base de este producto. Los distintos restaurantes de la caleta Chañaral de Aceituno, llegaron con sus mejores platillos para cautivar al jurado y al público presente que pudo probar de forma gratuita los platos. Finalmente, se eligió al restaurante Donde la Mary como el mejor de esta edición.

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LADAKH, INDIA. Encuentros cercanos en el sendero de Markha

El propósito de este viaje fue recorrer uno de los secretos mejores guardados de la zona india de los Himalayas, una ruta aún bastante prístina, donde un inesperado encuentro con una de las más elusivas y vulnerables criaturas del planeta, se convirtió en el momento más mágico de la ruta.

Por primera vez en mi vida diviso los Himalayas. Los sobrevolamos en un corto vuelo desde Delhi a Leh, capital de la región india de Ladakh. Aterrizaremos a 3.500 metros sobre el nivel del mar en esta ciudad con el sobrenombre de “pequeño Tibet”, primer paso para comenzar una aventura de 8 días atravesando el sendero de Markha, en pleno Himalayas.

Nos reciben cientos de banderas rojas y amarillas que se extienden por todo Leh. “Hoy en la tarde llega el Dalai Lama”, nos cuenta el chofer que nos lleva. Su excelencia vive en Dharamsala, no lejos de aquí. Su residencia en el exilio está a menos de una hora en avión y aunque ya ha venido antes, la conferencia que dará al día siguiente en el gimnasio de la ciudad está con lleno total. Con la esperanza de verlo, me levanto muy temprano a pesar del “jet lag” y me uno a la multitud que lo espera frente a la entrada del gimnasio. “Esta es una buena señal para lo que viene”, pienso cuando, parada en primera fila, lo veo bajar de su Mercedes con chofer, y él, a través de sus pequeños anteojos estilo John Lennon, me mira y bendice con ambas manos. Este sería el primero de los “milagros” ocurridos durante el viaje a Ladakh.

La región está enclavada entre la cordillera de Karakoram y los Himalayas y situada en la planicie tibetana, situación geográfica que solo añade a su aislamiento y que para mi compañero y para mí, ha sido una atracción más para venir a esta tierra de cumbres nevadas que ofician de paisaje de fondo a inesperados monasterios o “gompas", que sorprenden desde lo alto de empinadas colinas; con correntosos ríos, variedad de vida salvaje, amistosos habitantes que han hallado una entrada económica ofreciendo sus humildes hogares como homestay para turistas, y cientos de manis, esas piedras inscritas con mantras usadas en prácticas de budismo tibetano, la religión local.

El plan original era pasar dos días en Leh para aclimatarnos antes del trekking. Mi compañero está listo para partir, pero un dolor de cabeza no me deja abrir los ojos y tampoco dormir. Mi cuerpo parece inflamado y un aletargamiento general se apodera de mí al despertar a 3.500 metros. Claros síntomas de mal de altura. Al sacar de mi maleta las toallitas de limpieza que reemplazarán la ducha durante los días de trekking, veo que el usualmente plano paquete en que vienen, está redondo como una pelota de tenis gigante. Pues lo mismo le ha ocurrido a mi cuerpo. Imposible comenzar la caminata y me rehúso a tomar Diamox, la píldora con la que los escaladores combaten este problema. Al cuarto día mi cuerpo vuelve a la normalidad, listo para enfrentar la semana cubriendo un promedio 20 kilómetros diarios.

La logística, organizada por la compañía india White Magic Adventures, consiste en un equipo de personas con varios caballos y burros que se adelantarán a nosotros cada mañana llevando carpas, alimentos y todo lo necesario para acampar cada noche a medida que vayamos avanzando por el sendero de Markha. En el team tenemos al dueño de los animales, un cocinero, dos ayudantes, más las personas que irán con nosotros: Rajeev y Pemba. El primero es nuestro joven guía y el segundo es un portador de raza sherpa, originario de la región de Darjeeling en India, de estatura pequeña pero fuerte como un pequeno Golliat.

Para comenzar el trekking bajamos a 3.050 metros, a la localidad de Chilling, donde debemos realizar el primero de muchos cruces de río. Este cruce inicial será fácil (si usted no sufre de vértigo). Aquí, un carro de dos metros por dos metros aproximadamente cuelga de una cuerda y va y viene de una orilla a otra por el río Indo gracias a un sistema de poleas. Debemos hacer fila, pues hay alrededor de una veintena de viajeros atravesando el río y el carrito no resiste a más de uno a la vez.  

A pesar de este comienzo masivo, durante nuestros días de caminata encontraremos muy pocos compañeros de ruta, y este es uno de los encantos de Ladakh: es todavía un secreto bien guardado.

El paisaje que nos acompaña este día es árido debido al serpenteante cañón de Zingchen, mientras que el termómetro marca unos 32 grados. Debemos ascender 400 metros cubriendo 7 kilómetros hasta el poblado de Skiu, lo que hacemos en 4 horas y media, una más de lo presupuestado. Es mi primer día y la altura aún me pasa la cuenta.

Cada cierto kilómetro se encuentran puestos con mujeres locales vendiendo bebida y artesanía. Aquí son las mujeres las que se quedan en las alturas de Markha. Ellas son quienes vemos como anfitrionas en los homestay, trabajando la tierra, con los animales y a cargo de estos puestos en el camino, pues los hombres van a trabajar a Leh u otros poblados con necesidad de mano de obra. Compro unos zapatitos de guagua, con los colores del budismo, rojo y amarillo, que cuelgan en mi mochila hasta hoy como amuleto.

Llegamos. Es nuestra primera noche y la pasamos en Skiu.. No tiene más de diez viviendas y blancas prayer flags (o banderas de plegarias) flamean al viento por la pequeña villa mientras varias estupas la rodean desde lo alto. Estos monumentos espirituales del budismo tibetano representan la mente iluminada de Buda con una cúpula de metal que descansa sobre una base de cinco peldaños y es coronada por un sol, apoyado en el símbolo de una luna creciente. Estos altares, puestos para proteger a los viajeros, se nos harán familiares durante nuestros días de caminata en Markha.  

En nuestra primera noche acampando, duermo con mis primeras capas puestas y con un guatero a mis pies dentro del saco de plumas. La temperatura baja dramáticamente cuando el sol se oculta, pero el cansancio me deja dormir como un ángel.

El despertador, que consiste en Rajeev llamando nuestros nombres fuera de la carpa, viene a las 7 de la mañana. Hoy debería ser el día más largo, abarcando 21 kilómetros, aunque eventualmente lo hacemos en dos etapas. En este día nos tocará hacer el primer cruce del implacable río Markha. Nos han advertido que este año el río está más caudaloso que de costumbre pues, a las lluvias se suma el calor que ha derretido más nieve en las cumbres de Karakoram. El río ruge, pero debemos avanzar y atravesarlo.

Hemos comprado en Leh zapatos de goma especiales que se adhieren a las piedras del lecho del río. El agua llega a la cadera por lo que se debe cruzar en shorts o en ropa interior y nos amarramos con cuerda para cruzar en grupo. Debido al calor es casi un alivio sentir las frías aguas del Markha en el cuerpo. Luego deberemos soportar los casi 40 grados durante las seis horas de caminata hasta Sara.

Como cada noche, la comida es un verdadero banquete de seis platos con el que no podemos a pesar de las delicias del chef. Nuestro joven guía, Rajeev, se sienta con nosotros cada noche pero no come, comerá después nos dice, por más que le ofrecemos un puesto en nuestra mesa en la improvisada carpa comedor. Se nos hace costumbre también, durante la comida, organizar la caminata del día siguiente. En aquella segunda jornada de trekking deberíamos haber llegado al poblado de Markha y, para recuperar el día de atraso, decidimos que solo nos detendríamos a almorzar allí mañana, para continuar luego hasta Hankar, donde pasaríamos la noche.

Salimos muy temprano para evitar el ascenso durante las horas de más calor. Debemos caminar nueve kilómetros ascendiendo 500 metros hasta Markha, que se sitúa a 3.800 metros sobre el nivel del mar. Y en lugares tan remotos como este hay que estar siempre preparados para imprevistos. Un puente sobre la parte más turbulenta del río se ha caído y es necesario buscar un paso y volver a cruzar amarrados. Los caballos, que van siempre delante de nosotros y que a pocos minutos de su partida perdemos de vista cada día, aún están allí, intentando cruzar. Pero pronto, su dueño y arriero decide ir río arriba hasta encontrar un paso que no los ponga en riesgo.

Aquella mañana ocurrió la primera hazaña de Pemba, nuestro sherpa. Su pequeña estatura se compensa con una extraordinaria fortaleza física y, sujeto con una soga, va y prueba la fuerza del río por nosotros. Una y otra vez el agua lo bota pero su valentía y también su capacidad de evaluar situaciones gana mi confianza. Logramos atravesar finalmente y las cuatro veces que cruzamos esas aguas torrentosas a lo largo del camino de este tercer día, fue de la mano de Pemba y, a veces, sobre los fuertes hombros de este pequeño gigante.

Llegamos finalmente a la villa que le da el nombre al sendero. Aquí se encuentra uno de los gompas (monasterios) más importantes de la región y como todos los gompas, se empina en la cumbre de un monte de paredes verticales al que se accede por cientos de escalones.

Almorzamos en la casa de una familia local y probamos por primera vez la tsampa o cebada tostada, a la que se agrega agua, y con la que los anfitriones reciben a sus invitados. También somos agasajados con la cerveza local de trigo o arroz llamada chyang que ellos mismos han fermentado.

Es de tarde, comienza a llover y la caminata se hace más difícil. Nuestro arriero, quien se comunica por radio con Rajeev, ha decidido no seguir por la copiosa lluvia y acamparemos allí donde los caballos se han detenido. Llueve toda la noche. Y en la mañana, ante de partir, decidimos esperar a que el terreno seque un poco.

Estamos en Umlug para pasar de largo por Hankar y llegar en la tarde a Thachungtse. El plan se cumple después de una de las jornadas más espectaculares, mientras seguimos divisando gompas y manis, estas placas de piedra o roca inscritas con mantras budistas, verdaderas obras de arte que, según el budismo tibetano, otorgan protección a los viajeros que se detengan a orar junto a ellas. También aparecen las primeras marmotas y las espectaculares bharal u ovejas azules, las que en realidad no son ovejas ni son de color azul, sino que pertenecen a la familia de las cabras y son de un color pardo.

Thachungtse se encuentra en un bello valle al otro lado de un puente colgante que ha resistido la fuerza del río Markha. Vemos por primera vez el monte Kang Tze con sus glaciares colgantes y sus dos cumbres de más de 6.000 metros.

Hemos recuperado un día de caminata pero aún llevamos uno de atraso respecto al itinerario original, y esta tarde, luego de instalarnos en el campamento, la lluvia empieza una vez más. Mi compañero y yo  jugamos a las cartas guarecidos en la carpa cuando escuchamos los gritos: “¡Madame, Mister!”, llama Rajeev, “¡Salgan pronto!”.  Una avalancha fue lo primero que se me vino a la cabeza. “¡Su cámara, Miss Olga, páseme su cámara!”, era ahora la voz de Pemba. A él le apasionaba la fotografía y juntaba plata para comprarse una cámara. Yo le enseñaba un poquito de técnica cada día pero él, ya tenía el ojo y el talento. Era tanta la urgencia con la que la pedía, que no cuestioné la razón y se la pasé al tiempo que salíamos descalzos sin importar el frío ni el barro. “¿Qué pasa?”, preguntamos mientras observamos que todo nuestro equipo, incluido el dueño del terreno donde acampábamos, estaba allí, mirando hacia el cerro. “Un leopardo de nieve”, responde nuestro joven guía con la voz quebrada de genuina emoción. “Allá, hacia el cerro”. Y ahí estaba, mimetizado en la ladera, de color gris con pintas más oscuras y su distintiva cola larga enroscada como tantas veces lo había visto en fotos.

Mi compañero busca sus binoculares y yo observo a Pemba corriendo cerro arriba con esa audacia que lo caracteriza y con mi cámara en la mano. El felino sabía que estábamos allí, pero no parecíamos importarle demasiado. Paseó lentamente ante nuestros ojos por varios minutos desplegando su refinada silueta, casi con arrogancia, para luego perderse cerro arriba. Después de unos segundos de silencio vino la excitación. En el grupo, todos, a excepción de Pemba, eran oriundos de Ladakh y jamás habían visto un leopardo de nieve. En invierno es relativamente más fácil verlo (de ahí su nombre, pues se mimetiza con la nieve), y por lo general, ellos no vienen al valle de Markha. El dueño de estos terrenos estaba tan asombrado como todos, pues era la primera vez que veía a este animal en agosto, es decir, en verano, y porque la noche anterior había tenido la sospecha de que algún depredador como este o tal vez lobos, merodeaban el campamento. Uno de sus burros había amanecido muerto y ensangrentado.

Este avistamiento nos transformamos en estrellas de buena suerte, una especie de amuleto para el resto del viaje y nos sentimos, por cierto, muy afortunados. No estaba entre los propósitos de nuestro viaje ir tras esta, una de las criaturas más codiciadas de divisar del planeta. Al poco rato vuelve Pemba corriendo como se había ido, y dichoso, pues había tomado fotos. El lente que tenía solo era uno de 70 y no esperábamos una gran toma, pero al subirlo al computador se le podía apreciar. Teníamos la prueba: habíamos visto un leopardo de nieve en pleno agosto. Probablemente en lo alto de las montañas el verano era más frío que de costumbre, y la maravillosa fiera bajó inusualmente al valle para nuestro deleite.

Esta noche, durante la comida, no se habla de otra cosa y el plan para el día siguiente es partir más temprano que de costumbre para intentar recuperar el día que llevamos de atraso, aunque estuvimos de acuerdo en que, gracias a este desfase, pudimos tener ese fabuloso encuentro con el leopardo. En dos días nos esperarían hacia el final del circuito, en Shang Sumdo. Estamos sin señal de teléfono y ciertamente sin internet, pero siempre existe una manera de avisar a los encargados de la logística sobre nuestro retraso. Trataríamos de avanzar para ponernos al día. Tampoco es de vida o muerte.

En nuestro quinto día de caminata llegaremos a la elevación más alta en campamento: nuestra meta es la villa de Nimaling, que está a 4.700 metros sobre el nivel del mar y aunque solo son 6 kilómetros, debemos subir en forma acumulativa casi 700 desde nuestro punto de partida.

 

El sol brilla esta mañana tan fuerte que atraviesa nuestra carpa. Será un día caluroso, en altura y con un par de cruces de ríos que, como ya sabemos, se van poniendo más caudalosos a medida que ascendemos. Hemos calculado que serán unas 5 horas contando paradas.

Una visión aparece poco después de una hora de sendero. Son ocho hombres que vienen en sentido opuesto bajando hacia el valle. En sus cabezas traen un gran cargamento. Vienen de Srinagar, Cachemira, la misma región a la que Ladakh pertenece, solo que ésta ha permanecido como una isla de paz en la turbulenta relación con la administración India. Los porteadores no hablan inglés pero nos manejamos con señas en una sesión de fotos que les pido y que jamás olvidaré. Postura, dignidad y unos inmensos ojos negros plasmé con ese magnífico escenario de fondo y ellos aceptaron felices el descanso.

Una torrencial lluvia empezó poco después de haber recomenzado nuestro recorrido. Llegamos empapados al Nimaling y el barrial hace difícil poner las carpas y levantar el campamento.

Es de noche y comemos torta. Nuestro espectacular chef había creado una torta con dos caminantes hechos de mazapán y una leyenda en chocolate que decía “Congratulations. Markha Trail”. Si todo va bien, al día siguiente serán diez horas caminando después de alcanzar la máxima altura de circuito en el paso de Kongmaru La, a 5.276 metros. Intentaremos hacer dos días en uno para llegar adonde nos esperará el vehículo que nos llevará de regreso a Leh y así, cumplir con el itinerario.

En la mañana el arriero me ofrece uno de sus caballos para subir el empinado sendero hasta el paso, pero yo quiero hacerlo a pie. Son las últimas horas y quiero disfrutar cada paso por más duro que sea. Kongmaru La se encuentra sobre la cumbre del monte Stok y es parte de la cordillera Zanskar, de la que también es parte el famoso Kang Yatze, el que varios compañeros de ruta han venido a escalar. Es lejos, la montaña más popular en Ladakh.

Al llegar al paso, al punto más alto de nuestro viaje, encontramos nieve, cientos de banderas de plegaria y una vista de la cordillera de Zanskar y de la vertical pared de hielo azul de la cara norte del Kang Tze. Se siente como un clímax, como un final de viaje, sin embargo, aún queda aventura.

La primera meta es almorzar en Chuskirmo a orillas del río del mismo nombre y continuar a lo largo del cañón del río Shang hasta llegar a destino final. Bajamos los más de 1.000 metros desde el paso de Kongmaru La de forma bastante abrupta, mientras Pemba pedía mi cámara para tomar fotos de ovejas azules y águilas doradas que circulaban en el cielo. Almorzamos junto al río y luego llegó la hora de despedirnos de los caballos, los burros y nuestro señor de los caballos. Él llega hasta aquí, pues, esta noche la intención es comer y dormir en Leh. Ya no necesitamos provisiones ni carpas.

Continuamos bajo una bellísima tarde soleada para luego cruzar el río, el que viene muy torrentoso una y otra vez, hasta que es imposible. La fuerza del agua es fulminante y vemos grupos de caminantes que regresan por la parte alta del acantilado que bordea el Shang. Habían pernoctado en Chuskirmo y comenzado el trayecto temprano. “Más adelante se pone peor. No hay manera de atravesar”, nos dice una pareja de suizos. Normalmente, se camina junto a la ribera sin necesidad de cruzar las aguas pero en los últimos días, entre la lluvia y el calor que había derretido más nieve de lo esperado, el agua había cubierto el estrecho sendero que iba paralelo al río circundado por las altas paredes de roca caliza. Debíamos regresar y hacer campamento en Chuskirmo, donde habíamos almorzado.

Afortunadamente nuestro señor de los caballos aún estaba ahí con comida y equipos. Solo hay que avisar a la compañía para que no se alarmen por nuestra ausencia. El único lugar donde hay señal telefónica es en el paso a 5.276 metros. Hasta allá sube nuestro querido Pemba. Lo veo correr cerro arriba y regresar una hora más tarde. Al día siguiente bajaría todo el team con nosotros para hacer cadenas humanas y poder cruzar a pesar de la corriente. Solo el arriero se quedaría. Él no quiere poner en riesgo a sus animales.

En esta imprevista séptima jornada nos mojamos hasta el cuello. Pasamos de una orilla a otra más de 20 veces. Luego de 12 horas de marcha, la sensación de logro es fuerte. Vemos el vehículo que nos espera al principio de la carretera de ripio y nos abrazamos todos, mojados y felices.  

Es de noche y estamos en Leh. La noticia de que habíamos visto al leopardo de nieve ya había corrido por la ciudad y algunos nos piden ver fotos. Celebramos, nos despedimos de nuestro equipo y de Pemba. A la mañana siguiente el viaje continuará. Mi compañero irá con Rajeev al paso de Khardung La para luego bajar en bicicleta. Este es el paso para vehículos más alto del planeta y forma parte importante de la ruta de la seda de hace siglos. Entretanto, yo iré por un par de días a un monasterio budista para meditar antes de volver al mundanal ruido.

Ya recostada en la cama de nuestro cómodo hotel, pienso en el increíble felino, en los fuertes hombres de Cachemira y en la bendición del Dalai Lama.

Nota: Un año después de haber dejado Leh, nos enteramos sobre la muerte de nuestro sherpa Pemba. No lo mataron los ríos ni los despeñaderos, perdió la vida lleno de sueños a los 26 años en un accidente automovilístico. Atesoro su recuerdo en las fotos de aquel milagroso encuentro con un leopardo de nieve. 

Este viaje fue posible gracias a la eficiente logística de White Magic Adventure

 ( https://www.whitemagicadventure.com )

GENTE ESPERANDO VER A DALAI LAMA EN LEH min 1

DALAI LAMA NOS DA SU BENDICION min 1

LA VILLA DE MARKHA min 1

LEOPARDO DE NIEVE FOTOGRAFIADO POR PEMBA min 1

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Primavera en Sídney

Déjate sorprender por los alucinantes parques nacionales, las diversas galerías de arte, las increíbles playas y un multiculturalismo que agrega color y vitalidad a los barrios de esta ciudad.

Sídney es la ciudad más poblada y uno de los destinos más famosos de Australia y Oceanía, tanto así, que muchos la confunden con la verdadera capital, que es Canberra. 

A pesar de ser una de las ciudades más caras del mundo, está clasificada en el décimo lugar en términos de calidad de vida, convirtiéndola en una de las ciudades más habitables; con gran oportunidad económica, y con fortalezas en finanzas, manufactura y turismo.

En Sídney siempre hay algo interesante que hacer, desde su soleada costa llena de playas y naturaleza salvaje, hasta el transitado centro…pasando por sus increíbles paisajes, zonas de bosques, sitios arqueológicos aborígenes, barrios con ambiente bohemio y diversos parques nacionales. 

Además de ser un lugar donde todo funciona de manera prolija y ordenada, lo que más destaco de Sídney, es que puedes perderte en la naturaleza estando a solo minutos de la ciudad; puedes deleitarte con sabores de Asia, Europa o América, ya que es una de las ciudades más multiculturales del mundo; y practicar diferentes deportes al aire libre, como surf en las playas de “Bondi”, caminatas en el “Royal National Park” o escalada en las rocas de “Blue Mountains”. 

Comencemos recorriendo la ciudad... 

  • Cómo no comenzar por una de las construcciones más famosas de esta ciudad: la Ópera de Sídney...una verdadera obra maestra de la arquitectura del siglo XX, que está conformada por una serie de grandes conchas prefabricadas. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad en el año 2007 y se dice que ni el mismo arquitecto se imaginaba cómo quedaría plasmado su diseño. Durante más de 20 días en los meses Mayo y Junio, Sídney celebra el Vivid, donde se ilumina la ciudad con proyecciones  de colores y la Ópera es uno de los más increíbles.

(Abierta todos los días de 9am a 5pm. Los tours parten cada 30 minutos; puedes llegar en cualquier autobús, tren o ferry que te lleve a Circular Quay). 

  • Muy cerca del Opera, y en medio de la ciudad, está inserto el Real Jardín Botánico de Sídney, un lugar al que podrías ir una y otra vez debido a la impresionante diversidad de naturaleza que puedes encontrar. Aquí hay plantas de todo el mundo, como el jardín de begonias, el de camelias o el herbario. Además, se puede ver un jardín oriental con especies de China, Japón, Tailandia, Vietnam, Corea y Bután.

(Abierto todos los días de 7am a 8pm de noviembre a febrero, hasta las 6.30pm en marzo y octubre, hasta las 6pm en abril y septiembre, hasta las 5.30pm en mayo y agosto y hasta las 5pm en junio y julio). 

  • Otro gran ícono de Sídney, es el Puente de la Bahía de Sídney (The Bridge), que atraviesa toda la bahía conectando el centro de la ciudad con la costa norte. Tiene una longitud final de 1149 m y no sólo tiene ocho carriles para los más de 200 mil autos que pasan por él diariamente, sino que además cuenta con dos líneas de ferrocarril para el tren y una ciclovía para los pedaleros.
  • A solo media hora del centro nos encontramos con el Parque Centenario (Centennial Park), el mayor parque de Sídney, que fue construido en tierras pertenecientes al pueblo aborigen e inaugurado en 1888. Actualmente, es el hogar de cientos de especies, como patos, pelícanos o zorros voladores (murciélagos de gran tamaño que solo se encuentran en Australia) y que viven en estado salvaje.  
  • Y para terminar el día...Newtown, es el lugar perfecto. Es un suburbio bohemio, repleto de bares con muchos ambientes, grafitis y tiendas de segunda mano y se encuentra a solo 10 minutos en tren desde el centro. Si te gusta la fiesta, este es el lugar indicado. Si buscas un lugar para ir a comer o tomar algo, también encontrarás muchas y muy buenas opciones sobre su calle principal King Street. Mi lugar favorito es el “Italian Bowl”, un clásico restaurante italiano que cuenta con mesas compartidas y con el mejor risotto que he probado. 

Tiempo de ballenas 

Desde finales de abril las ballenas francas australes viajan a las aguas más templadas de la zona de cría, en las costas de Australia Meridional y Victoria. Mientras tanto, las enérgicas ballenas jorobadas continúan más el norte, hacia aguas tropicales más templadas, a lo largo de la costa occidental y oriental. Lo que significa que entre mayo y noviembre, podrás ver a estos majestuosos mamíferos en los diferentes lugares de avistamiento a lo largo de la costa australiana.

Atardecer en la “Coastal Walk”

La caminata de Bondi a Coogee es quizás la ruta de senderismo costera más famosa de Sídney. Personas de todo el mundo y de la zona local, llegan hasta aquí todos los días para practicar surf y disfrutar de las mejores playas de la ciudad, además de las  impresionantes vistas al océano, parques, cafeterías y restaurantes que se encuentran en el camino hasta Coogee. 

La caminata comienza en Bondi (que se encuentra a solo 20 minutos del centro de la ciudad) pasa por la playa “Tamarama”, “Bronte”, “Clovelly” y finalmente “Coogee”, y cada una de estas playas tiene una belleza única y especial.

En invierno, este es un gran punto de observación para ver ballenas jorobadas que realizan la migración anual a lo largo de la costa. 

Caminata Real  

El Parque Nacional Real (Royal National Park) es un lugar completamente sorprendente. Su nombre original era Parque Nacional, pero fue renombrado en 1955 después de que Isabel II, Reina de Australia, pasó en el tren durante su gira de 1954. 

Además de ser el hogar de cientos de animales como wallabies, possums y diferentes aves, este parque cuenta con 11 playas y maravillosos atractivos naturales. Algunos de ellos son las famosas “8 pools” (piscinas naturales) y el “wedding cake rock” (formación rocosa parecida a un pastel de novia). 

El parque está protegido y se encuentra a solo 30 kilómetros al sur de Sídney. Hasta aquí puedes llegar en tu propio auto o bien, usar el tren hasta la estación “Otford” o “Cronulla” y luego tomar un ferry hasta Bundeena. 

El paseo más popular aquí es el “Coastal Walk”, que bordea este parque y ofrece vistas excepcionales al océano y a los acantilados. El recorrido tiene una extensión de 30 kilómetros que implica caminar desde Bundeena a Otford, o viceversa, y se recomienda realizarlo en dos días. Hay espacios para acampar en “Bonnie Vale”, “North Era” y “Uloola Falls”. Estos son los únicos lugares donde se permite acampar dentro del parque, y están regulados con un sistema que requiere la reserva previa de un sitio. 

Un lugar para destacar es la playa de Wattamolla, ubicada a mitad de camino a lo largo de la costa, ya que tiene una gran extensión de arena, playas tranquilas y excelentes miradores para probar suerte y observar ballenas. 

El parque cobra una tarifa de acceso de autos, pero es gratis para las personas que llegan a pie. La entrada al parque cuesta $12 AUD por vehículo al día. El parque tiene múltiples puntos de entrada.

Recorriendo las Montañas Azules 

Esta región con más bellezas naturales de las que podrías imaginar, fue escogida por la Unesco para formar parte del Patrimonio Mundial. La neblina azul que da nombre a estas montañas, proviene del fino rocío de aceite que exudan los enormes eucaliptos que cubren como un manto este paisaje, formado por valles profundos y muchas veces inaccesibles. 

Las estribaciones llegan a 65 km de Sídney y se elevan hasta un altiplano de arenisca a 1100 m de altura tajado por múltiples valles de piedra erosionada a lo largo de miles de años. La región posee ocho áreas de conservación, incluido el Parque Nacional Blue Mountains que ofrece paisajes realmente alucinantes, senderos excelentes, cascadas, bosques de eucalipto, grabados aborígenes y un sinfín de flora y fauna nativa. 

Aunque el lugar se puede visitar en un día desde Sídney, es recomendable pasar al menos una noche para poder ver varias de sus poblaciones, hacer una caminata y comer en uno de sus ricos y acogedores restaurantes. En las montañas suele hacer bastante frío todo el año, por lo tanto hay que llevar ropa de abrigo. 

De las múltiples caminatas posibles, una de las más visitadas es en el mirador de las “Three Sisters”, que son tres agujas rocosas con casi mil metros de altitud.

Famosa entre playas

A un poco más de una hora en auto o en bus desde la ciudad, la playa de Palm Beach es un lugar exclusivo en el largo tramo de playas del norte de Sídney. Está ubicada en el extremo de una larga península, en donde de un lado se puede practicar surf, y del otro, se encuentran las tranquilas aguas de “Pittwater”.

Desde el famoso faro de “Barrenjoey”, que se encuentra ahí mismo y que fue construido en la década de 1880, se puede observar el Parque Nacional de Ku-ring-gai Chase y Broken Bay, o contemplar un hermoso atardecer en la asombrosa costa norte de Sídney en su totalidad.

Naturaleza en los barrios

El “Lane Cove National Park”, de 600 hectáreas, es el parque más cercano al centro de la ciudad. Está rodeado por los barrios de la costa norte y es ideal para realizar varias caminatas de longitud mediana. Alberga decenas de animales, incluidos algunos sapos y búhos en peligro de extinción. 

En el río Lane Cove hay un cobertizo donde arriendan botes y kayaks para recorrer el parque, sin embargo, no es recomendable bañarse. También se puede pasear en bicicleta y acampar, y hay algunos sectores accesibles para silla de ruedas.

El clima 

Sídney tiene un clima soleado de estilo mediterráneo durante todo el año, con más de 340 días de sol al año. Los veranos son tibios a calurosos y los inviernos son templados, con precipitaciones que se distribuyen durante todo el año. En verano (diciembre a febrero), la temperatura máxima promedio es de aproximadamente 26 °C y esta época también puede ser muy húmeda. La temperatura máxima promedio en los meses de invierno (junio a agosto) es de unos 16 °C, pero con días bastante soleados. Las lluvias en Sídney son más frecuentes entre marzo y junio. 

La mejor época para recorrer esta ciudad y cuando cobra mayor vida es en primavera (septiembre a noviembre). Los días son más cálidos y la humedad no es tan alta como en verano. La media de temperaturas diarias varía entre 11 °C y 23 °C.

Moverse

Sídney cuenta con una buena red de autobuses urbanos y una línea de tranvía que bordea la franja litoral. Si te gusta pedalear, la bicicleta resulta práctica para moverse por el centro y por algunos sectores de la ciudad. Tren, barcos y autobuses de largo recorrido alcanzan parques nacionales más alejados como el Royal, las playas como Palm Beach y las Blue Mountains.

10 Datos curiosos de Sídney

  1. Es la quinta ciudad más cara del mundo
  2. Se encuentra entre las quince ciudades más visitadas del mundo.
  3. Planea ser una ciudad sustentable para 2030. 
  4. En el año 2000, la ciudad se dio a conocer al mundo acogiendo los Juegos Olímpicos. 
  5. Es una de las ciudades más multiculturales del mundo (probablemente veas de todo menos australianos).
  6. La ciudad queda casi vacía a las 8 pm (aquí el día comienza muy temprano...5 am).
  7. Hay multas para todo (no se te ocurra cruzar la calle viendo el teléfono).
  8. El Harbour Bridge se conoce cariñosamente como “el perchero” por su particular forma arqueada.
  9. La playa de Bondi, es una de las más famosas del mundo.
  10. Construir la Opera House acabó costando 14 veces más de lo planeado y tardó 10 años más de lo previsto.

Créditos fotos: Vicente González y Antonia González

GEORGIA: EL BALCON DE EUROPA

Un road trip por este país que no sabe si definirse como europeo o asiático. Sus vecinos son tan variados como su cultura: al norte limita con Rusia, al sur con Turquía y Armenia, al este con Azerbaijan y al oeste, el Mar Negro baña sus costas. Tierra de monasterios, tradiciones y extraordinarios paisajes, donde la comida y el vino son las estrellas.

 El adiós a Georgia, esta tierra incrustada entre Asia y Europa, no fue fácil. Tras un abrazo a Keti y Davit en el aeropuerto de Tbilisi, nos despedimos. Ambos, muy jóvenes, podrían haber sido nuestros hijos y durante estos veinte días en Georgia, más allá de ser nuestros guías y chofer respectivamente, se transformaron en amigos. 

Dos semanas antes, Davit, un filósofo de 27 años, nos había ido a buscar a ese mismo aeropuerto. Habíamos llegado a Tbilisi casi a medianoche. Nos encontramos con una ciudad vibrante, cuyas típicas casas en sus laderas parecían a esa hora -en que los empinados cerros se mimetizan con la noche- colgar del cielo. Había música en las calles y gente conversando alegre en las terrazas de bares y restaurantes. Georgia me pareció muy europea esa primera noche. Se lo comenté a Davit y me dijo que ellos se describen como el “balcón de Europa”. Georgia está rodeada al norte por los impresionantes montes Cáucasos y desde allí se observan. A los georgianos les gustan los balcones y estos son los grandes protagonistas en la particular arquitectura de su capital.  

En nuestro primer día conocimos a Keti, nuestra guía y estudiante de Ciencias Políticas que puede recitar trozos del Quijote de la Mancha en inglés y cuyo libro favorito es Cien Años de Soledad, de Gabriel García Márquez, como nos enteraríamos en algún momento de nuestro viaje.

Este es un pueblo culto, lector y muy conectado al mundo a pesar de su recóndita situación geográfica y de los años tras la cortina de hierro. Keti lo atribuye, en parte, a que durante el tiempo bajo del yugo soviético, la electricidad se cortaba temprano, no había televisión y esas horas antes de retirarse a dormir, eran dedicadas a la lectura y a la conversación a la luz de las velas y en familia, hábito que persiste hasta hoy.

Ese primer día recorrimos la ciudad a pie y un fuerte olor a sulfuro provenía de unos domos de ladrillo en pleno centro. Se trata de los baños termales que, desde el tiempo de los romanos, eran parada obligada para los viajantes, hoy se han convertido en atracción turística para un momento de relax.

Imposible hacer un recorrido por Tbilisi sin visitar iglesias. Georgia es un pueblo religioso y sobre un 80 por ciento de la población profesa la fe ortodoxa que ni 70 años de régimen stalinista lograron menguar. La primera de muchas iglesias que visitamos durante nuestra estadía fue Metekhi, la catedral erigida en lo alto de la garganta del río Mtkvari, junto a la dorada estatua del Rey David IV, constructor a quien se le atribuye el nacimiento y la prosperidad de Georgia en el siglo X. Visitamos luego la fortaleza Narikala que preside la ciudad junto a la plateada estatua de la Madre Georgia, quien por un lado protege la ciudad con una espada en la mano y da la bienvenida a los visitantes con una copa de vino en la otra.

A la hora de almuerzo probamos nuestro primer khachapuri, un tradicional pan relleno de queso al que puedes agregar un huevo frito encima y que se puede comer a cualquier hora del día. La gastronomía de Georgia merece un capítulo aparte y aquí se vanaglorian con razón, tanto por su riqueza culinaria, como por ser -nada menos- que los inventores del vino, el que hasta el día de hoy almacenan y envejecen en vasijas de greda, un método milenario llamado kvevri.

Esos dos días en la capital se hicieron cortos. El último lo dediqué a perderme, pues creo que no hay mejor forma de conocer un lugar, y las calles serpenteantes de Tbilisi no hacen difícil esa tarea.

La noche terminó tarde en esta ciudad de contrastes. Fuegos artificiales, DJ’s  en las calles, y muchísima gente en las terrazas dentro de una infinidad de restaurantes. Pregunté al azar si era alguna fecha especial pues parecía que cada habitante se hubiera volcado a la calle. “Es viernes”, me respondió una bella chica georgiana. Así de simple.

Los días siguientes iban a ser más bucólicos. Viajamos junto a Keti en el 4x4 de Davit. La tracción es indispensable para ir hacia el Cáucaso, adonde nos dirigiríamos en un par de días.

Nuestra primera parada fue en un intrincado complejo de cuevas llamado David Gareja, que en el siglo VI d.C. funcionó como un conjunto de monasterios, iglesias y claustros. La mayoría de los visitantes vienen aquí por el día desde Tbilisi, pero nosotros continuamos hacia el noreste y pasamos la noche en Sighnagi, donde tuvimos la experiencia gastronómica más memorable del viaje. Comimos en The Pheasant’s Tears, restaurant que produce su propio vino con el sistema tradicional utilizado hace 8.000 años. El tinto que acompañó mi guiso típico de setas de múltiples variedades era un Kakheti, nombre de la provincia donde estábamos, y al final de la comida, el propio chef nos mostró la bodega de sus vinos kveri, enseñándonos el antiquísimo proceso de las vasijas de greda.

Recorrer Georgia en auto es una de las maneras de conocerlo. La otra es usando las marshutkas, unos minibuses que llegan a casi cada rincón del país y que se van haciendo familiar en nuestro camino, al igual que los puestos de pan cada pocos metros. No es cualquier pan. Se asemeja a una gigante sopaipilla y se llama Nazuki, que se caracteriza por su dulzura adquirida por diferentes especias.

Los habitantes de Georgia son limpios, muy serios dependiendo de la región y tan honestos que a veces uno se avergüenza de pagar los bajísimos precios de algunos productos. Son, además, extremadamente generosos y no aceptan un no como respuesta a un regalo. Una tarde, con varios kilómetros recorridos, al ver un puesto de frutas a un lado de la carretera se me antojó comer durazno. Quise comprar cuatro pero el vendedor me pasó un cajón. Creyendo que era un malentendido por el idioma, llamé a Keti para traducir y explicar el error. El hombre no podía creer que yo quedaría satisfecha con solo cuatro de sus jugosos duraznos, así que terminé con la caja de fruta en el auto y gratis, pues no aceptó mi dinero. Mientras en Gori, la siguiente ciudad en nuestro itinerario, recibimos como regalo un vaso con la figura de Stalin, en una fuente de soda donde la garzona escuchó nuestra conversación en inglés y asumió que venerábamos al hijo ilustre de su pueblo. El lugar, congelado en los grises tiempos soviéticos, exhibe orgulloso la casa donde nació el líder comunista y un museo en su honor.

Temprano al día siguiente, partimos hacia un lugar de nombre impronunciable pero que se escribe así: Uplistsikhe. Se trata del centro urbano más antiguo construido alguna vez en Georgia, erigido durante el período pre cristiano. La entonces metrópolis, vivió su larga época dorada desde el siglo VI a.C. hasta el siglo IV de nuestra era, cuando en la región hizo su aparición el cristianismo. Finalmente y hace unos años, el sitio fue nombrado como patrimonio de la humanidad por la UNESCO.

Esa noche la pasamos en Kutaisi, la segunda ciudad más grande del país y a la hora de comida  adquirimos una costumbre georgiana muy arraigada. Designamos un Tamada o Toastmaster o lo que en español se traduciría como un “maestro del brindis”. Esta tradición se lleva a cabo en los “supras” o banquetes y Davit fue el primer tamada, haciendo que cada alzar de copas trajera consigo un tema de conversación diferente. El tamada es protagonista eminente del folklore local y en Tbilisi existe incluso un monumento dedicado a este personaje. Podré olvidarme de alguna cueva vista en este país, pero jamás de esas noches de supras.

Había llegado la hora de partir a las montañas. Eran nueve horas cuesta arriba a través del Cáucaso Mayor, esta cordillera que contiene las cumbres más altas de Europa. El paisaje se iba tornando cada vez más bello y a pesar del zarandeado viaje, este iba a ser uno los momentos más mágicos de nuestros días en Georgia.

Al atardecer llegamos a nuestro destino: Ushguli, la villa en más altura del continente. Perros, mulas y cerdos deambulaban libremente mientras los niños jugaban alegres en las calles con barro. El alojamiento era una residencial con una pequeña pieza privada pero baño compartido. Aquí el lujo es el entorno. Enclavado entre verdes colinas, al borde de un cristalino río de agua glaciar y adornado con más de treinta torreones de piedra del siglo XII, Ushguli es presidido por las imponentes blancas cúspides de la cordillera caucásica.

Al día siguiente fuimos a la base del Monte Shkhara, la cima más alta de Georgia (5.048 metros), una caminata de aproximadamente 8 horas, de dificultad media y con paisajes que no terminan de asombrar.

Dejamos Ushguli para ir a Mestia, en la misma región de Svaneti, una ciudad de tomo y lomo. Aquí, la presencia de alrededor de doscientas torres de defensa es imponente y hacen de este enclave -cuya atmósfera es una curiosa mezcla de resort de esquí alpino y de pueblo agricultor del medioevo- otro imperdible en Georgia. Nuestra estadía estaba planeada para una noche y la alargamos a cuatro. Caminamos a la villa de Mulakhi un día, fuimos hacia el glaciar de Chalaadi al siguiente, y al tercer día, nos dedicamos a conocer las misteriosas torres de Svaneti que en el siglo XII cumplían doble función: hogar y trinchera en tiempos de batallas entre clanes. Visitamos dos de ellas y el buen estado fisco fue imprescindible para subir sus angostas escalinatas donde las había, o en algunos casos, escalar la pared de piedra para llegar a la azotea, desde donde la vista era, una vez más, el gran premio.

Continuamos con los supras y nuestro tamada, Davit, nos sorprendió una noche recitando al poeta iraní Omar Khayamm en Georgiano, mientras Keti admitió su debilidad por Pablo Alborán cuando una de sus canciones sonó en un bar. Georgia podrá parecer aislado, pero sus habitantes llevan la lectura y la música en la sangre, y el arte los acerca al mundo. Allí, en las alturas de Mestia, conocimos otra de las tradiciones folklóricas del país: el canto polifónico. Como patrimonio cultural de nuestro planeta, una grabación de estos cantos fue lanzada al espacio junto a otros legados culturales a bordo del transbordador “Voyager”, en 1977.  Cantada sólo por hombres, a tres voces como mínimo, nuestra experiencia aquí fue un coro de ocho entusiastas jóvenes que improvisaron hasta altas horas de la madrugada y que parecían al cantar, tan embelesados como nosotros, su público.

En los días que siguieron y a medida que bajábamos a nivel del mar, visitamos más monasterios, más iglesias con frescos antiquísimos, nuevos castillos, fortalezas y una ciudad balneario,, para terminar en la impresionante Vardzia, una ciudadela subterránea mandada a construir por la venerada reina Tamar en el siglo XII, como defensa contra el ataque del implacable ejército mongol. Al ser erigida, contenía seis mil compartimentos, además de una sala de trono, una iglesia y en la ladera de la montaña donde fue esculpida, unas terrazas de cultivo. Su objetivo de defensa fue cumplido pero la naturaleza logró lo que los mongoles no lograron: un terremoto destruyó gran parte de Vardzia, dejando al descubierto, los restos que hoy podemos visitar y que a pesar de la destrucción sufrida, aún nos dejan conmovidos con su excelencia.

La última noche en Georgia la pasamos cerca de aquellas cuevas, en un alojamiento local donde hicimos los últimos brindis rituales que, no podían sino ser, para la belleza, la cultura y la gente de esta tierra única. A estas alturas, ya había aprendido una palabra en el difícil idioma georgiano: gaumarjos. Salud por Georgia.

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Sugerencias para viajar a Georgia

 - Cambiar o sacar de los cajeros automáticos solamente la moneda local: laris.  Los cajeros ofrecen la opción de retirar dólares pero son muy pocos los lugares que los aceptan. 

  • En cafés y restaurantes, cuando quieras tomar un jugo solo pide limonada del sabor de la fruta que desee. Si quieres lo que nosotros conocemos como limonada, debes pedir: “limonada de limón”, aunque a nuestros oídos suene redundante.
  • La ruta más fácil para llegar a Tbilisi es vía Turquía o Qatar, desde cualquier ciudad europea y ahora, que Emirates vuela directo de Santiago a Dubai, este último aeropuerto es otra alternativa para llegar a Georgia de manera más directa.
  • Cuando vayas a un restaurante es bueno tener en cuenta que no existe el concepto de entrada, plato principal y acompañamiento por lo que si pide papas fritas, por ejemplo, vendrá junto a todo lo demás que haya pedido. Generalmente, se comparten los platos tipo “tapas”.

-  Tan típico como el Khachapuri, es el Khinkali, una masa rellena de setas o carne muy parecida a un dumpling chino o una gyosa japonesa. Se debe comer siempre con la mano usando la parte más gruesa de la masa que se deja finalmente en el plato sin comer.

 - Chacha: al final de cada comida es probable que te ofrezcan este aguardiente fabricado con la piel de la uva y que contiene alto grado de alcohol. No es bien visto declinarlo, pero recomiendo tomarlo muy lentamente.

- Aunque en Tbilisi las iglesias ortodoxas ofrecen chales y pareos para cubrirse la cabeza y las piernas, si vas a recorrer iglesias de esta religión en sitios más rurales del país, será mejor evitar shorts o vestidos cortos, y andar con un pañuelo o similar para tapar el pelo.

CIUDAD DE SIGHNAGI min 1

MONASTERIO DE GELATI PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD min 1

VARDZIA IMPACTANTE CIUDADELA CONSTRUIDA EN LA ROCA SIGLO XII min 1

DAVID GAREJA COMPLEJO DE CUEVAS USADO COMO MONASTERIO min 1

 

ECUADOR EN BICI

Cruzar pasos de montaña, pedalear al lado del mar y en las puertas del Amazonas. Dormir en casas de familias, en la policía, en los bomberos y en alguna iglesia. Acampar al lado de la ruta. Sentir la lluvia, el sol, el viento y el frío. Ser la única que no habla quechua en muchas cenas. Acostumbrarse a desayunar sopa o arroz con lentejas. Aprender a distinguir mariposas y sonidos de pájaros. Responder todos los días de dónde venís y a dónde vas. Amigarse con los miedos y la incertidumbre. Así podría resumirse viajar sola por Ecuador.

La noche antes del viaje apenas dormí: la mezcla del miedo con la ansiedad y el frío nocturno de Quito me tuvieron toda la noche dando vueltas en la cama. Los miedos eran los típicos de un primer viaje sola en bicicleta: a que pase algo y no saber solucionarlo, a no conseguir dónde dormir, a sentirme sola, al cansancio, a sentir que me había metido en algo que era demasiado para mí, a arrepentirme.

Antes de salir me llegó un mensaje de una amiga que decía: “el miedo es una fuerza motora muy poderosa, significa que vas a hacer algo que realmente te importa. Úsalo a tu favor”. Así que eso hice: dejé que el miedo me guiara.

Y salí.

CONFIAR (o subir hasta los 4000 msnm)

Dejé Quito cerca del mediodía. Lo que noté en los primeros kilómetros fue que, aunque la bici pesara y me costaran las subidas, la parálisis de miedo que había sentido el día anterior había, de alguna forma, desaparecido. Había salido a la ruta y los miedos ya no tenían de qué aferrarse.

Los primeros días avancé tranquila, sin imponerme tiempos. Acampé en un barrio cerrado y dormí en la policía. El tercer día de pedaleo, mientras almorzaba en Machachi, la familia que estaba sentada en la mesa de al lado me sacó conversación. Mientras ellos terminaban su arroz con carne y yo mis escuetos panes con palta, me preguntaron a dónde iba y se ofrecieron para llevarme: desde ahí comenzaban treinta kilómetros en subida. En la casa, desde donde comencé el viaje, me habían recomendado justamente que  esa subida y la que tendría que hacer unos días después, las hiciera en bus o a dedo. Me habían visto llegar tan agitada por una pequeña cuesta, que no me creían capaz de, por ejemplo, pedalear hasta los 4000 msnm. Supuse que tenían razón –quiero decir, supuse que no podría hacerla pedaleando- así que acepté, subí la bici a la camioneta y miré, desde la ventanilla, cómo ascendíamos hasta los 3500 msnm. Cuando llegamos a la parte más alta me bajé. Desde ahí y hasta Latacunga, solo era una larga bajada y veinte kilómetros finales planos. A pesar de se había sentido raro, llegué feliz: Latacunga era mi primera meta del viaje. Significaba que me había animado y que mis ganas habían sido más fuertes que mis miedos. 

Me quedé tres noches en Latacunga antes de seguir camino a la costa. Para llegar allí debía cruzar un paso de montaña a 4000 msnm, el que me habían recomendado hacer –de nuevo– en vehículo.

Salí de Latacunga poco antes del mediodía y pedaleé hasta Pujilí, a unos diez kilómetros de la ciudad, en subida suave. Justo donde empezaba la subida constante y pronunciada había una panadería, y allí paré a esperar. A los pocos minutos había cargado la bici a un auto y estaba serpenteando por una ruta que atravesaba campos, casas, caminos de tierra, montañas que se tapaban unas con otras, más campo y parcelas sembradas, más casas y más montañas. Avanzábamos y me imaginaba pedaleando ahí: subiría lento, pediría agua en esa casita, pararía a comer frente a esas montañas, sacaría una foto ahí, respiraría el aire fresco, sentiría el sol en la piel... Pero estaba adentro de un auto, mirando todo eso pasar a través del vidrio, y a 50 km/h. Ahí lo noté: ¿por qué estaba arriba de un auto si estaba viajando en bici? ¿Por qué, si una parte del camino se hacía más difícil, lo solucionaba así de fácil? ¿Por qué preferí confiar en lo que otro creía que yo era capaz –o no– de hacer, en vez de confiar en lo que yo misma creía de mí?

Le pedí al señor que me bajara. Quería seguir pedaleando.

Esa noche conocí a Rosa, una mamá de 30 años que me convidó de su cena -arroz con papa y fideos-, y a tres nenas cuyos nombres no recuerdo pero sí recuerdo que dibujaron en mi cuaderno, que me pidieron que les leyera la leyenda del cóndor enamorado, que me enseñaron palabras en quechua –sisa, por ejemplo, significa flor y killa, luna- y me preguntaron si “allá en tu país se calientan las casas igual”, refiriéndose a la fogata que habían encendido con palos y paja, en el piso de tierra, contra una de las esquinas de adobe de la habitación-cocina.

La mañana siguiente amaneció lluviosa, gris y fría. Desayuné, me despedí y salí. Los primeros kilómetros eran subidas y bajadas suaves y largas, y luego empezaba el tramo tan temido: diez kilómetros en subida hasta los 4000 msnm hasta Apahua. Los hice de la única forma que me era posible: despacio, parando a tomar aire cada pocos minutos, haciendo caso omiso a mi cabeza que pretendía hacerme creer que no podía más, luchando contra el viento en contra ocasionalmente, dándome cuenta de que la única opción que tenía -con montaña a un lado, campo o roca o precipicio del otro, y una bolsa de dormir de dos estaciones- era avanzar. Cuando por fin doblé una curva y vi unas casas adelante, me emocioné: había llegado. Pedí un lugar para dormir en la primera casa que vi, donde un papá, una mamá y tres hermanitos no dudaron en recibirme, compartirme la cena, charlar y acomodarse para darme una cama.

Ese día, antes de ir a dormir, pegué en mi bicicleta, bien a la vista, un sticker con una palabra que se convirtió tanto en un mantra como un consejo: “Confiá”. Confiá en los otros, sí, pero antes confía en tu intuición, tus capacidades y tus convicciones.

DESCUBRIR (o la perspectiva de la bicicleta)

La casa en Apahua estaba a cincuenta metros del punto más alto de ese paso, así que en la mañana siguiente, después de desayunar una sopa con papa y mucho aceite que me convidaron, dejé la casa de Apahua en la mañana y comencé a descender. Toda la tensión de la subida quedó atrás y, en apenas cincuenta kilómetros, pasé de la altura de las montañas al nivel del mar, del frío al calor, de dormir con seis frazadas y despertarme con los pies congelados a dormir con una sábana y un ventilador, del polar al short, de las llamas y las ovejas a las vacas y los caballos, de la papa y las habas al plátano y los arrozales, de los pastizales a las palmeras. 

Algunos días, muchas advertencias pasaban la pelota de la inseguridad siempre hacia el otro: “hasta acá es seguro, pero para allá es peligroso”, me repetía cada persona con la que hablaba mientras avanzaba, y doscientos kilómetros después, llegué a la costa. Podría hacer un recorrido de las casas, pueblos y ciudades por los que pasé. Si pienso en Manta recuerdo la casa multicultural y el ananá que aprendí a pelar; de Puerto Cayo, el olor a mar que me decía que me quedara y mi bici que amaneció con nueve pinchaduras por haber paseado por la playa buscando dónde acampar. A Puerto López llegué por cuatro días y me quedé quince: salí a pedalear por los alrededores, di una charla para chicos de secundaria, visité dos comunidades -Agua Blanca y El Pital- para conocer cómo trabajan con el turismo comunitario, fui a Los Frailes y estuve cinco días en la Isla de la Plata. Llegué a Montañita un mediodía y, mientras pensaba parada frente a la playa si seguir o quedarme, un señor que vivía ahí hacía varios meses confundió mi bici con una moto y de esa conversación surgió una amistad y el reencuentro con la acrobacia en telas y el acroyoga durante veinte días. De Montañita a Guayaquil la ruta es plana, kilométrica, con campos secos y el sol constante y abrasador. Durante el día me preguntaba por qué viajaba en bici y a la noche obtenía la respuesta: para amigarme con la incertidumbre de la ruta, para descubrir dónde voy a dormir. Las respuestas, claro, las descubrí por ellos, quienes me recibieron: primero fueron Jorge y su hijo, que al verme tan cansada me invitaron a quedarme un día más; que pasé con Roger, el vecino que me adoptó esas horas y que me agradeció por compartir con él, comer con él, conversar con él y se despidió diciendo: “tú eres valiente por animarte a viajar, yo soy valiente por animarme a vivir solo”. Al otro día pedaleé hasta que mi intuición -siempre mi intuición- me hizo detener frente al portón de entrada de una finca. Johnny, el señor que la cuidaba, se acercó a ver qué necesitaba y, después de consultarle a Silvia, su esposa, me hizo señas para que entrara. Mientras me preguntaban por el viaje me convidaban mangos recién cosechados y me invitan a sentarme y descansar. Ninguna de todas esas noches armé la carpa: en ambos lugares me dieron un lugar adentro, un colchón que recibí como una caricia al alma y al cuerpo, y me volvió adicta a tocar puertas y a hacerme defensora de la hospitalidad de la gente.

Esas semanas entendí por qué viajaba en bici: pedaleaba para no saber dónde iba a dormir y para descubrir a quién iba a conocer cada día, para tratar de comprender otras formas de vida, para escuchar las preguntas y las dudas, para entender las diferencias de oportunidades y ser consciente de mis privilegios, para nunca dejar de sorprenderme con la amabilidad de la gente, para recordar que el miedo paraliza pero también desafía, para entender que cada uno se anima a cosas distintas, para practicar la humildad, para aprender a recibir, para descubrir una mínima parte de este mundo tan grande y darme cuenta de que, en el fondo, somos todos iguales.

SUBIR

Después de quince días en Guayaquil durante los que aprendí a querer a una ciudad de la que solo había escuchado malos comentarios, me esperaba una ruta difícil: 224k hasta Riobamba, de los cuales noventa y cuatro eran en subida. Iba a ascender desde el nivel del mar hasta los 4000 msnm. Eran subidas tan empinadas que me dejarían avanzar, en el mejor de los casos, veinte kilómetros en cuatro horas y, en el peor, siete en tres horas y media. Tan empinadas que debía frenar cada cincuenta metros a respirar. Tan empinadas que casi se me acalambran las pantorrillas. Tan empinadas que tardé siete días en completar los casi cien kilómetros de subida.

Mi viaje en bici por Ecuador fue de la mano con procesos internos, especialmente la búsqueda profunda de por qué hago lo que hago y la transición del vegetarianismo al veganismo. Procesos, como todos creo, en que las respuestas son tan importantes como las mismas preguntas. Los encuentros de este viaje no solo me dieron un atisbo de luz a mis cuestionamientos, sino que me ayudaron a darme respuestas, también, a preguntas que ni siquiera me había planteado.

Camino a Chaguarpata conocí a Fran, un argentino que hacía siete años estaba viajando en bicicleta alrededor del mundo. La familia que vivía al lado de la escuelita donde pusimos la carpa nos convidó la cena y el desayuno. Yo tuve que poner en la balanza mis motivos para no comer, por ejemplo, carne o huevos, y mis razones para viajar como viajo. También hablamos acerca de Dios. Son conceptos que sigo explorando, pero en esa casa, por primera vez, me planteé que recibir un plato de comida es también una entrega de amor.

Para llegar a Trigoloma aprendí que debo tenerme paciencia: no estoy compitiendo con nadie, ni siquiera conmigo misma y, si necesito ir despacio, si necesito parar a respirar, eso es lo que tengo que hacer. Es practicar la consciencia de esa fina línea entre escuchar mi cuerpo y respetar mis tiempos, y la fortaleza y disciplina de pedirle a mi cuerpo siempre un poco más, incluso cuando siento que no puedo más.

En Hierbabuena entendí que hay gente que tiene un plato de comida para compartir, una manta para prestarte, un abrazo para darte y lo único que necesitan es el empujón de quien lo necesita. Había llegado al pueblo a las cuatro de la tarde y quince nenes se me acercaron. Les pregunté dónde podía dormir y me señalaron una casa vacía: comí mientras todos me miraban entre sorprendidos y tímidos, y después me llevaron a otra casa, pusieron música y empezaron a bailar. Me llamaba la atención no ver adultos en ningún lado. Les pregunté quién vivía ahí y una de las nenas me respondió. Ella vivía ahí. Sola. Me debatía entre la vergüenza de preguntarle y cierta angustia que me daba dormir en una casa abandonada, así que me arriesgué: “¿No querés que me quede a dormir acá con vos? Nos hacemos compañía”. La nena se llamaba Jimena y, antes de ir a dormir, me dijo que ella había pensado lo mismo. Por muy poco, por vergüenza a preguntar, por miedo a pedir, por timidez a ofrecer, ambas perdíamos la oportunidad de ayudarnos una a la otra.

Nueve kilómetros después, en Pangor, compartí con una familia algunas de sus actividades diarias: fui con Marlene, la hija, a darle de comer a los chanchos, ponerle hierba a los cuyes y soltar las ovejas para llevarlas a comer a la casa. A la hora de la cena fuimos a la cocina: la mamá estaba al lado de las ollas que se calentaban al calor de las brasas, mientras toda la familia estaba sentada en banquitos y sillas rodeando las paredes de la cocina, negras de hollín por tantos años de troncos ardiendo dentro. Primero tomamos sopa de papa y fideo; de segundo, arroz con lentejas. “Muchísimas gracias María, estaba muy rico”, le dije a la mamá. “Disculpe”, me respondió sonriendo tímidamente, mirando hacia abajo, mientras agarró mi plato y lo puso en la fuente de plástico para luego lavarlos. Me estaban dando una cama para dormir, habían compartido su tiempo conmigo, me habían convidado de su cena, y me pedía disculpas. Le pregunté a Marlene por qué su mamá me pedía disculpas. “Es por lo sencillo o lo poco o lo único que tiene para ofrecerle”, me dijo. No supe qué responder.

Al día siguiente llegué temprano a Rumipamba y pasé toda la tarde-noche con un grupo de personas que estaban al costado de la ruta vendiendo truchas que ellos mismo criaban. Cuando me preguntaron de dónde era les pregunté si sabían dónde quedaba Argentina. Silencio total, como si no me hubieran escuchado. Lo primero que pensé, casi con lástima, fue, "viven en un mundo tan pequeño...". Pero el pensamiento quedó atravesado por recuerdos: la nena de diez años que me había dicho que tenía que ir a cavar papas y yo no entendía a qué se refería; el día que acompañé a Marlene a darle de comer a los cuyes ella sabía exactamente cuánta hierba darles; la chica en el Quilotoa que dijo que no, que no iba a llover porque había viento y se llevaba las nubes y tenía razón. Me corregí: no viven en un mundo muy pequeño: viven en un mundo muy diferente. Ellos no saben dónde queda Argentina porque no ocupa ningún lugar importante en sus vidas, pero sí saben de los ciclos de la tierra y el cielo, del sol y del agua.

Al día siguiente llegué a los 4000msnm y me emocioné: me saqué la foto de la felicidad y el orgullo y bajé hasta Riobamba. Esos cien kilómetros son mi tesoro, la certeza de que la bici transforma la unión entre dos puntos en un nuevo viaje, mi cajita de aprendizajes y la confirmación de que siempre llega lo que necesitamos.

DISFRUTAR

Desde Riobamba mi ruta siguió hacia Baños por un camino terciario. Pedaleé por las faldas del volcán Tungurahua, acampé al costado de la ruta, llovió torrencialmente y hubo deslaves en el camino. Desde Baños seguí a Puyo, en las puertas de la Amazonía ecuatoriana. La ruta era ondulante, un sube y baja constante, y estaba rodeada de un verde brillante; había cascadas, las oropéndolas y los quisquidíes eran la banda sonora, y las mariposas, la compañía de cada día; había casas de madera salpicadas en los alrededores y muy poco tráfico. Pero faltaba algo: la gente. Casi no me cruzaba gente.

Esa zona había sido el lugar más esperado de mi viaje pero donde, al final, menos tiempo estuve: la ruta me llevó a avanzar día tras días, bajo el sol abrasante y las lluvias torrenciales, hasta volver a la sierra. Baeza fue la puerta de entrada y, sus alrededores, uno de los paisajes más lindos que vi en Ecuador. No es un lugar turístico, nadie me lo había mencionado y no sabría qué recomendar para hacer allí, pero viajando en bici sucede eso: los destinos por sí mismos, los turísticos especialmente, pierden un poco de sentido y, en su lugar, cobran fuerza las rutas que, sencillamente, se disfrutan pedalear.

Desde Baeza subí a Quito, cruzando el segundo paso a 4000msnm del mes. Esta vez fueron mil metros de elevación ganada en veinte kilómetros, con mucho frío y una llovizna constante. Me dolía el cuerpo, me dolía la panza, me dolían las manos y los pies por el frío, y mi cabeza repetía como un círculo vicioso “No puedo más”. Y cuando la cabeza te dice basta, ¿cómo hacés para que tu cuerpo siga? Justamente, siguiendo, supongo. Avanzando a pesar del frío, a pesar del dolor, a pesar de tu cabeza. Tal vez esa es la forma de demostrarle y demostrarte que siempre se puede un poco más.

Cuando llegué a la virgen que marcaba el punto más alto, apoyé la bici contra un poste y lloré. Siempre se puede un poco más.

Pasé dos noches en Pifo, en las afueras de Quito. De ahí a Cayambe la ruta es estrecha, con muchos camiones, sin banquina y lluvia ligera casi toda la tarde: 57 km subiendo y bajando, una estación de servicio en la que paré a preguntar por los bomberos, un señor que me dejó la merienda pagada porque le recordé a su hijo que estaba de viaje, y los bomberos que me recibieron como si me hubiesen estado esperando. A la mañana siguiente Jazz, una amiga que hice en ese tiempo, llegó a Cayambe para pedalear juntas hasta Ibarra, su ciudad. Paramos a tomar un café con bizcochos en uno de los tantos cafés a la salida de la ciudad y doblamos a la derecha: Ayora. Ahí empieza un camino secundario: dos días por una ruta de adoquín y ripio casi sin tráfico, con lluvia torrencial, casas de adobe, una invitación a pasar la noche en la Hacienda Zuleta -una hacienda del siglo XVI que perteneció a Galo Plaza, un ex presidente de Ecuador-, una merienda al sol, una noche en Esperanza y el final del viaje en Ibarra.

No me gusta decir que una experiencia es mágica, pero no logro encontrar otra palabra para describir esos días. Por suerte estaba Jazz también, y una de esas noches le pregunté si todo era real, si estábamos durmiendo en la Hacienda Zuleta, si de verdad estábamos ahí. Viajando en bici me pasan cosas que a veces me hacen dudar de la realidad, me hacen preguntarme si todo no sucede tal vez en un mundo paralelo. Me parece, sencillamente, mágico.

En el libro “Elogio a la bicicleta”, de Marc Augé, dice: " [...] cuando empiezas a moverte en bici es como si tuvieras poderes. [...] El ciclista pasa a ser el responsable de sí mismo e inmediatamente toma conciencia de ello. Simultáneamente cobra conciencia del lugar que le corresponde, el cual puede recorrer en todos los sentidos, así como de los itinerarios que lo alejan de ese lugar y de aquellos otros que lo traen de regreso. Y si además, si tenemos en cuenta que en general la práctica de la bicicleta nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en los recuerdos de la infancia y en la continuidad de la propia vida, podemos llegar a la conclusión de que la experiencia de la práctica ciclista es una prueba existencial fundamental que asegura la conciencia identitaria de aquellos que se entregan a ella: pedaleo, luego existo."

Eso siento yo: que pedalear me da superpoderes. Porque la bici me conecta: conmigo misma, con los otros, con la naturaleza, con los sentidos. Me conecta de verdad, no a través del wifi. No dependo de una pantalla y la señal porque la señal está dentro mío. Disfruto de cosas sencillas: comer sentada en el pasto, sentir el sol en la cara y la lluvia en la piel, los saludos en la ruta y los nenes que no quieren que me vaya de su casa; llegar al final del día con las piernas con marcas de la cadena. Los pedales y algo de barro me ponen feliz. Quiero tocar y oler todo; estar mucho tiempo quieta me pone ansiosa. Y así, como la bici me conecta, también me libera. Me conecta conmigo y con mi alrededor, y me libera la mente. Conecta mi espíritu y libera el pensamiento. Y fluye. Y pedalear se transforma en una forma de meditación activa: estoy presente. Y todo se llena de sentido.

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 BIO

Nati Bainotti. Argentina, con el corazón en muchas partes. Chile es mi segundo hogar. El movimiento, la naturaleza y las palabras son mi hogar.

LO QUE NECESITÁS SABER

  • Kilómetros: 1500 (Inicio: Quito. Fin: Ibarra)
  • Días estimados de bicicleta: un mes si solo paramos a descansar lo necesario o unos dos o tres meses si dedicamos tiempo a explorar pueblos, ciudades y alrededores.
  • Destacados: este recorrido atraviesa y recorre las tres geografías del país: sierra, costa y selva. Lugares interesantes para dedicarles tiempo, según los intereses de cada uno, son: Quito, Cotopaxi, Quilotoa, Montañita, Guayaquil, Baños de Agua Santa, Tena, Zuleta, Ibarra.
  • A tener en cuenta:
  • En pocas horas se pasa del frío de la sierra al calor de la costa o la selva. Además, en la sierra la amplitud térmica es grande.
  • El tiempo de permanencia máximo en Ecuador es de tres meses.
  • La moneda oficial es el dólar estadounidense.
  • El costo de la comida es muy accesible. En pueblos y ciudades se puede comer en la calle desde 1USD.
  • Abastecimiento: en cualquier pueblo encontramos provisiones, aunque en ciertos lugares esto se restrinja a lo básico, y no pasan más de diez kilómetros sin algún poblado. El abastecimiento de agua se soluciona muy fácilmente pidiendo agua en las casas al costado del camino.
  • Dónde dormir: en zonas rurales la gente es muy amable y dispuesta cuando solicitamos acampar en su terreno (y muchas veces terminan ofreciéndonos un lugar adentro). En pueblos y ciudades, los UPC (Unidad de Policía Comunitaria), Bomberos e iglesias son una muy buena opción. En las afueras de Quito hay una casa ciclista y en todo el país funciona CouchSurfing y WarmShowers.
  • Clima: si bien hablan de invierno y verano, lo más importante a tener en cuenta es si es época seca o de lluvias, que no es igual en todo el país. Los mejores meses son de junio a noviembre, que son más secos en la sierra y la selva, y más frescos en la costa.
  • Alturas: oscila entre el nivel del mar y los 4000 msnm. Son escasas las rutas planas.
  • Equipo: badana, pantalón largo (desmontable), remera mangas cortas, remera mangas largas térmica, abrigo (campera), impermeable, cortavientos, buff, polar, muda de ropa para la noche (short, pantalón largo, remera mangas cortas, remera mangas largas, polar, gorro), zapatillas, ojotas, lentes de sol, ropa interior. Indispensable llevar protector solar FPV 50, anteojos de sol y repelente; y bolsa de dormir de tres estaciones.
  • Rutas complementarias y/o alternativas:
    • Unir Quito y Latacunga a través del Parque Nacional Cotopaxi.
    • Volar a las Islas Galápagos desde Quito o Guayaquil.
    • Hacer un viaje al Cuyabeno o al Yasuní con una agencia especializada para adentrarse en el Amazonas.
    • Visitar la laguna Quilotoa desde Zumbahua.
    • Visitar volcán Chimborazo y Salinas de Guaranda.

*(Las rutas se pueden visualizar en Google Maps salvo la que une Riobamba-Baños y la de Ayora-Ibarra, que deberán consultarla con locales).* 

 
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