Historia del outdoor montañés

El hombre y la montaña han permanecido en contacto desde tiempos inmemorables. Y hoy, el solo gusto por ascender se ha convertido en un evolucionado estilo de vida que, testigos como Claudio Díaz (71), saben muy bien ilustrar.  

De un principio, jamás se consideró el concepto de “montañismo” para referirse a la disciplina que es hoy. De hecho, muchas hazañas se han llevado a cabo en la alta montaña desde hace siglos y sin alguna connotación deportiva, como la adoración de dioses por parte de los indígenas, y posteriormente, las arriesgadas excursiones por parte de los conquistadores para la explotación de los recursos naturales, por ejemplo.

Otra etapa evolutiva la aportan los extranjeros y aventureros de todo el mundo, quienes, sin más motivación que acumular el mayor número de cumbres en sus cuerpos, comienzan a concretar las primeras ascensiones de orden deportivo, para luego avanzar hacia una etapa de deporte más organizado, donde surgen los primeros clubes y federaciones a principios del siglo XX. En este contexto, en Chile de 1970, se funda la Escuela Nacional de Montaña, logrando que esta disciplina empezara a difundirse seriamente en el país.

Hoy, el arte de ascender las montañas ha evolucionado y se ha especializado considerablemente para todos quienes están convencidos de que éste, es mucho más que un deporte: es un estilo de vida y de ver el mundo que solo la montaña les ofrece.

“La historia de unos pocos”

Muchos estarán de acuerdo con que la forma más recomendada y segura para iniciarse en este deporte es hacerlo en compañía de alguien experimentado, pues esperar a aprender de los errores de alguien igualmente inexperto podría ser mortal. Otra alternativa es asistir a los numerosos centros y escuelas de montaña que existen hoy y que imparten diferentes cursos, los que aprobados, permitirán que el principiante realice escalas sin guía posteriormente, conmemorando así, un salto sorprendente en la historia del montañismo.

Para comprender en qué momento ocurre tal transformación, Claudio Díaz (de 71 años), el emblemático fundador de la Escuela Nacional de Instructores de Esquí y Snowboard de Chile, y padre de los renombrados hermanos Manuel “Chopo” y Soledad Díaz, nos cuenta cómo ha progresado la actividad deportiva en la alta montaña. Pero advierte: “estas preguntas te las contesto con una condición: no soy un ícono en esto”.

Desde muy temprana edad, Claudio se crió recorriendo los grandiosos paisajes que rodeaban su casa en Farellones, un famoso poblado ubicado a unos 36 km de Santiago, enclavado en plena cordillera de los Andes. “Efectivamente, vengo de una sociedad tradicionalista en donde el esparcimiento y el tiempo libre, y el elegir un camino propio, era sancionado por la sociedad de los 60”, continúa.

Por entonces, pretender un estilo de vida distinto era un pecado del que las familias se avergonzaban, asegura. “Si el hijo no estaba en la universidad, lo escondían, le inventaban éxitos foráneos, etc. A mí me pasó cuando dejé la universidad y el confort hogareño para partir a los 18 al viejo continente -lo que sigo haciendo- pero hoy, con cero peso de una familia pudiente y sin la frase lapidaria y pesimista de mi padre: ‘bueno, que te vaya bien’. Ahí comienza una historia de vida, la mía y la de unos pocos hasta entonces, pero de cada vez más hoy en día”, cuenta Claudio desde su velero de 38 pies, rumbo a cruzar el Atlántico hacia Europa desde New Port, en Antares.  

Una vida de esparcimiento

“¿Me preguntas por el montañismo sénior? Te quedaste en el siglo pasado”, continúa escribiendo Claudio. “Recién a los 55, percibes el fin, ves menos, escuchas poco, meas mucho (próstata), reflexionas más, sonríes más y ya no te interesa imponerte en el deporte. Pero el físico se conserva, te mueves más lento pero te mueves mejor que uno de 25. La experiencia te fortalece, pocos la reconocen (en países como el nuestro no se aprecia la experiencia) e intentan, sin mala fe, de marginarte”, reflexiona.

Respecto a su primer deporte, fue velocista de 50 m, 80, 200 y 400 m. “Luego troté toda mi vida. Si no lo hacía, era como una sensación de no haberse lavado los dientes”, dice. Así fue hasta que la rodilla derecha lo limitó a seguir con esto.

Sin embargo, su vida de esparcimiento comienza mucho más temprano. Su padre fue ciclista y fundador del Club Andino de Chile, una de las asociaciones pioneras en cuanto a deportes de montaña, algo que terminaría heredando en cierto sentido.

Inserto y criado por una familia empresarial de la década del 50, el joven Claudio comenzó a participar de los “retiros” organizados por el colegio donde estudiaba, en Lo Valdés (San José de Maipo, Región Metropolitana), salidas que lo motivaron por aquel entonces, a tomar distancia de su primer y predecible destino: ser solo un empresario más. “Rodeado de esas majestuosas montañas, El morado, el volcán San José, aprendí sobre la creación de Dios y la naturaleza, nuestra madre”, recuerda. Ahí fue cuando decidió que nunca más se separaría de ella.

Aquí mismo volvió tras haber vivido 14 años de su juventud en la Europa de los 70, recorrer los Alpes y egresar de Chamomix junto a otros tantos soñadores montañeses como Myriam Torralbo, con la intención de fundar, en 1983, la mencionada Escuela Nacional de Instructores de Esquí y Snowboard de Chile.  

“Por eso insisto, en que esta historia no es mía, sino de otros pocos apasionados por descubrir un estilo de vida distinto. Hoy, ‘exportamos’ alrededor de 200 profesores certificados internacionalmente, y abastecemos de profesores a todos los centros del país”, cuenta.  

Y agrega: “ya para entonces, mi religiosidad había cambiado. En mi vida nómada visité catedrales y mil iglesias, pequeñas, grandes. Pero mi Dios pasó a ser la naturaleza. Después de 14 años por Europa, y siendo guía de excursiones en Egipto, terminé aburrido de tanto nomadismo, ya con los ojos embalsados de tanta montaña y belleza natural”. Así fue como, de un día para otro, se casó. Soñaba con una bata de levantarse, con pantuflas y con un hogar que imaginaba sin tener la menor idea de lo que era eso, confiesa.

Un estilo de vida que se hereda

“La Martita, mi esposa, es la página más relevante de mi historia (y esto mismo lo podrán contar varios de mis colegas, hoy casados, empresarios)…me preguntas por mis hijos: Claudia de 40 años, Chopo de 36, Sole de 34, Manuel de 31 y Cata de 18, a quien mandamos por rebelde a que fuera a desenvolverse sola a Maui, Hawái, con la tarea de aprender inglés y de desaparecer”, continúa escribiendo mientras se sirve una segunda copa de vino.

“Los niños”, como dice Claudio, se criaron nómades, creciendo entre los inviernos propios de Farellones y asistiendo a un colegio rural, “algo por lo que fui cuestionado muchas veces por mis pares: ‘te educaste en el mejor colegio de la época y tienes a tus hijos en una escuelita, qué acierto’, me decían. Pues bien, orgulloso de tenerlos como pares, compartimos la natura. Es el tema familiar recurrente. Y precio de criar hijos nómadas, con Martita tenemos un solo nieto, Thor (de 3 años)”, cuenta.

Sin embargo, “no es fácil ser padre y madre de hijos que arriesgan su vida como profesión. Nacieron en el medio hostil de la montaña, la conocen, la montaña los crió, pero a pesar de ser muy serios en ello, cualquier cosa puede pasar. No quiero pensar en ello”, reflexiona.

Generaciones de cambio

“Mi generación era la era de la carta manuscrita, como ésta, pero con la estampilla, el sobre y el buzón, y una larga espera para la respuesta”, finaliza el montañés errante desde una isla en New Port. “Un maravilloso desafío para seguir a los 71 años”, escribe.

Hoy, practicar montañismo o cualquier otra actividad deportiva parece ser mucho más accesible pero también más comercializable que antes, por lo mismo, para algunos no es la montaña la que ha cambiado sino la actitud que se tiene hacia ella. Solo basta con recordar que las montañas han sido consideradas simplemente como lugares sacros de reunión entre Dios y el hombre, entre el hombre y su ser interior, y entre el hombre y la naturaleza. Finalmente, no podemos olvidar que debemos vivir la aventura, más que consumirla.

“La nuestra, era una generación más lenta pero infinitamente más noble que la de hoy. De todas maneras, confío plenamente en lo que se viene y en que las nuevas generaciones avanzarán aún más y que solucionarán todas las cagadas que no pudo resolver la nuestra. Pero serán capaces de hacerlo solo si la ambición y el dios billete no se impone. Como te decía, si esto puede incentivar a posibles indecisos a disfrutar del tiempo de la vida y a seguir sus pasiones noblemente en medio de la naturaleza, este artículo tendrá sentido”, concluye Claudio.

 
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