África: tierra de animales y de personas enormes

Con el objetivo de participar en un voluntariado para construir infraestructura de apoyo en un colegio local, junto a Juan Pablo Rodríguez, un amigo del colegio, partimos rumbo al pueblo de Livingston, en Zambia, África.

Escuché hablar del voluntariado por primera vez de parte de mi prima Ignacia, que había ido el verano pasado. Fue ella quien, después de un viaje de 10 horas junto a mi amigo contándole de su experiencia, lo convenció de seguir su ejemplo.

Luego de un par de meses de planificación, Juan Pablo me propuso acompañarlo y, con varias dudas, me sumé. Los dos habíamos participado en varios voluntariados en Chile, y la idea de hacer algo similar en un contexto tan diferente, nos llamó la atención.

Conocer otra cultura y costumbres sonaba un interesante desafío. Nos pusimos en contacto con una fundación local vía IVHQ (International Volunteer Head Quarters), la que ofrece un servicio de apoyo para voluntarios que tengan la intención de visitar cualquier país. La organización te contacta con fundaciones locales, te ayuda con los trámites y te entrega información muy completa sobre el país a visitar. Y en nuestro caso, nos facilitaron bastante todo.

Iniciamos el viaje sin saber bien qué nos esperaría. Estaríamos trabajando con voluntarios de todo el mundo que participarían en distintos proyectos de educación, enfermería y construcción.

Además de trabajar en la construcción de una casa para el futuro cuidador de un colegio, tuvimos grandes dosis de contacto con la gente local. Como las herramientas se guardaban en la bodega del colegio, disfrutábamos de un festival de abrazos de niños todas las mañanas, y terminábamos a la misma hora que ellos salían de clases. Nos quedábamos jugando con ellos y caminábamos juntos un rato hacia sus casas, algo que mejoró considerablemente nuestra rutina. Aparte de eso, participábamos un par de veces a la semana del homework club, donde nuestro rol era darles ejercicios de matemáticas e inglés a los niños de un sector más vulnerable. Era realmente increíble como se peleaban por recibir ejercicios, exigiendo explicaciones a ejercicios de sumas y divisiones que no siempre sabíamos dar. A veces, cuando ya era mucho estrés, me distraía un poco enseñándoles canciones en español, siendo “Sencillo” de la Moral Distraída, todo un éxito.

Del pueblo solo habíamos visto un par de fotos y oímos que existía una gran oferta de actividades culturales y outdoors, pero había especialmente dos de estos panoramas que resaltaban sobre los otros, los que no dudamos en realizar.

El primero era visitar las cataratas de Victoria, con el área de caídas más grandes del mundo e increíbles piscinas naturales. Para acercarnos a las últimas, llegamos a un hotel ubicado a unos 20 minutos de la casa, y desde ahí nadamos con algo de nervio hasta la piscina, sabiendo que, aunque no solían acercarse tanto a las cascadas, río arriba habían hipopótamos y cocodrilos. En cierto punto del recorrido pudimos nadar asomados por el precipicio hasta el cañón donde se internaba el río, lo que fue realmente increíble.

Luego, para tener mejor vista de las cataratas, cruzamos la frontera hacia Zimbabue e ingresamos al Parque Nacional Mosi-oa-Tunya (“humo que truena” en Kololo, un idioma tribal), una inolvidable experiencia.

La segunda gran actividad destacada consistía en un safari de dos días en

Botsuana. Si bien pudimos ver elefantes, monos, jirafas, hipopótamos, cebras y muchos otros en nuestros recorridos por Livingston, estábamos con muchas ganas de verlos más cómodamente bajo la protección del Parque Nacional Chobe.

Entonces, después de una larga noche de carrete local, cruzamos el río Zambezi (que funciona como pase fronterizo). El lugar estaba repleto de gente esperando pasar y de monos ladrones, incluso supimos que algunos camioneros debían esperar hasta 2 semanas para poder pillar un ferry. Finalmente, tras el cruce, llegamos a este nuevo país y nos internamos rápidamente en el parque nacional.

Nos acompañaron hienas que se metieron a curiosear al campamento, pero nunca imaginamos la cantidad de elefantes que veríamos. Con aproximadamente 120.000 de ellos (la mayor concentración de elefantes africanos del mundo), Chobe es indudablemente su nación. Fue realmente increíble estar rodeado de un animal tan extraordinario. Con sus miradas uno se puede dar cuenta del nivel de profundidad que tienen, las que entregan una sensación casi ancestral.

Siendo este un animal enorme, me obsesioné durante todo el viaje en tratar de capturar solo su mirada, cada detalle, sus ojos, su sonrisa o dolor. Es increíble cómo es que, cada uno de ellos, transmite una sensación auténtica. Los más jóvenes demuestran su inocencia y ganas de jugar, las madres cariño y poder, los padres dominio, y los más viejos muestran dolor, agote y responsabilidad.

Afortunadamente, gracias al número de encuentros, logré retratar una buena cantidad de estos grandiosos mamíferos. Tenían algo hipnotizante.

Luego de dos días viendo fauna única y marciana para este santiaguino, volvimos a Livingston a terminar nuestra misión. Volvimos a días de buenas conversaciones con Wilson, nuestro jefe de obras, un local cuya historia nos animaba todos los días a hacer una tremenda pega. Volvimos a comer nshima (una comida local barata energética y fácil de hacer, que la gente de la zona come todos los días), y volvimos a encontrarnos algunas tardes con los niños del homework club, con una motivación para aprender que nunca antes había visto.

Todos los días vimos a gente luchadora que se las arreglaba para vivir en este durísimo lugar. Aprendimos de su increíble cultura, disfrutamos de la música, del baile y también de una buena cerveza Mosi. Sin duda, uno de los mejores voluntariados para despertar consciencia y llenar el corazón.

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