Aventuras

La aventura colombiana del Niño Volcán

Francisco Pino, también conocido como “El Niño Volcán” debido a su fascinación por correr volcanes, ha ganado importantes campeonatos de Trail Running con apenas cinco años practicando la disciplina, y hoy, espera correr por grandes aventuras como la que encontró en Manizales, Colombia.

 Francisco Pino (28), el Campeón Nacional de Trail Running y Campeón Sudamericano de Trail Running (2017), vive en Los Ángeles, Región del Biobío. Su vida siempre ha estado ligada al deporte. Practicó artes marciales y rugby, y el montañismo también era parte de sus actividades pero el Trail Running aún no formaba parte de su órbita. Hasta que, en una excursión con unos amigos al volcán, uno de estos le hizo una recomendación que terminó por cambiar el curso de su vida.

“En una ocasión, subiendo un volcán, a un amigo se le habían quedado algunas cosas que eran importantes. Habíamos avanzado bastante y les dije que me esperaran ahí. Bajé corriendo el volcán, y subí casi corriendo. Cuando llegué arriba, uno de ellos me dijo: ‘oye, ¿por qué no te inscribes en unas carreras de montaña que están saliendo en Chile y en Europa?, son bien buenas  y creo que serías bueno’. Llegando a mi casa busqué carreras de montaña y descubrí al español Kílian Jornet. Me enamoré de este deporte, me enamoré 100 por ciento, y dije: ‘esto es lo que tengo que hacer’. Al próximo día, fui a comprar equipo y ya estaba corriendo, entrenando”, recuerda Francisco. 

Desde ese momento decidió dedicarse al Trail. Comenzó a entrenar y a pasar muchas horas corriendo en volcanes con la idea de llegar bien al momento de competir.

“Mi primera competencia fue el K21 de Pucón, en el Volcán Villarrica, que fue de 21 kilómetros con 1500 positivo. Obtuve el primer lugar general. Luego pasaron dos semanas y fui a competir en La gran Travesía de los Valles, que era de 50 kilómetros. Mi segunda carrera fue un ultra y ahí también gané. Ese año participé en ocho carreras, gané siete y en una saqué el segundo lugar”, cuenta. 

Después del primer campeonato que ganó, Francisco se sintió eufórico. No sintió fatiga ni cansancio. Al día siguiente quiso seguir entrenando y subió un volcán. Sentía que era algo natural, que estaba hecho para esto. Quería ganar cosas importantes y este solo era el inicio. Al segundo año de práctica, apareció en su camino el primer Campeonato Nacional de Trail Running que se realizó en Chile, el cual, finalmente, también ganó. 

“Convertirme en el primer campeón nacional fue mucha alegría. Me sentía muy orgulloso de mí mismo porque entrené mucho para poder estar en óptimas condiciones. Y había algo dentro de mí que estaba seguro que iba a ganar esa carrera. Cuando ocurrió no lo creí, pero al pasar los días dije: ‘vaya, soy el primer campeón nacional’”, dice.

Dos meses después, vino un desafío aún mayor: el Campeonato Sudamericano de Montaña y Trail, en Villa La Angostura, Neuquén, Argentina. Y nuevamente terminó por consagrarse campeón, completando los 42 kilómetros en 3 horas, 31 minutos y 15 segundos.

“Es la experiencia deportiva más grande que he tenido en mi vida y lo conseguí gracias a todas las personas que pudieron ayudarme a estar ahí. Gracias a las marcas, a mi familia, a mi polola. Cuando supe que iba a ganar, cuando ya vi el arco, miles de momentos pasaron por mi cabeza. No lo creía”, comenta.

Para conseguir este tipo de logros, la preparación es fundamental. En lo psicológico, la presión frente a las nuevas competencias se eleva. Por eso, el apoyo de sus padres y  hermanos que estudiaron psicología, es importante. Sin embargo, para él, lo principal es la cantidad de tiempo que pueda pasar en la montaña. 

“Mi preparación física y psicológica es pasar muchas horas en la montaña. Si tengo una carrera de larga distancia, paso más horas. Si tengo una carrera de corta distancia, paso un poco menos de horas, pero más explosivas. No soy tan cuadrado. Tampoco lo llamo entrenamiento. Lo llamo ir a conocer un lugar, ir a una laguna, ir a una cresta, ir a hacer montaña. Hago mucho desnivel, entre 10.000 y 14.000 metros a la semana. Y entre 150 y 180 kilómetros semanales. También incorporo un día a la semana pista, y un día a la semana gimnasio”, explica.

Sin embargo, es su peculiar fijación por los volcanes la que hizo que se ganara el apodo de Niño Volcán. “Paso muchas horas en el volcán. Solo por estar. Durante una temporada de verano me fui a vivir al centro de ski de montaña Volcán Antuco. Todos los días subí el volcán, durante un mes. Estuve constantemente subiendo y bajando. Siempre estaba en el volcán”, recuerda.

Esta distinción hizo que lo llamaran a participar del Festival de la Montaña de Manizales, una carrera de Trail Running que se realiza en el Volcán Nevado del Ruiz, en Colombia. Francisco se sumó a los casi 700 que desafiaron las distancias: 5,12 kilómetros, 21 y 42k, apuntándose dentro de esta última categoría.

“Ha sido una de las experiencias más bonitas que he tenido, nunca había tenido la posibilidad de correr en Colombia. Pude llegar a Manizales, conocer los nevados del Ruiz, conocer la cultura, a la gente, al corredor colombiano, todos apoyándose, muy cariñosos, muy de piel”, cuenta Francisco.

Pero la calidez de su gente y la belleza de los paisajes contrastaron con la rudeza de la prueba y la altitud le jugó una mala pasada al Niño Volcán. “El desafío se realizó a 3.800 y 4700 metros y era mi primera carrera en altura. Creo que me faltó aclimatarme un poco, pero pude completar el kilómetro vertical. Terminé sexto”, comenta.

Si bien, la altura era un tema que tenía pensado, no dimensionó su real impacto y durante la carrera comenzó a sentirse cada vez más afectado, lo que produjo que avanzara a grandes pasos, pero sin poder correr. “Me sentía algo mareado, con dolor de cabeza, muchas palpitaciones, no podía respirar bien. Pero podía seguir avanzando, sostenido, hasta que llegaba a las partes más altas. Ahí era mucho más difícil poder seguir”, dice.

“En el kilómetro 17 o 18 me revisó un doctor y me dijo que no podía continuar porque tenía principio de edema pulmonar y tenía mal de altura, palpitaciones en la cabeza y un poco de hipoxia. Me dio soroche, como le llaman”, agrega.

Pese a que tuvo que retirarse, no se arrepiente de la decisión. Sabe que los próximos desafíos no faltarán. Por lo demás, su recuperación fue rápida y pudo volver a correr en sus tan queridos volcanes.

“Creo que fue lo correcto. Siempre escucho mi cuerpo. Cuando no reacciona bien o no me siento cómodo, pienso que siempre hay otra oportunidad para correr. Lo tomé de la mejor forma. Creo que gracias a eso, hoy puedo seguir corriendo”, reflexiona.

De todos modos, las aventuras del Niño Volcán por tierras cafeteras aún no acaban y hoy, espera volver y terminar la carrera que tuvo que abandonar. “Me encantaría volver a correr allá, porque el entorno, el lugar, las personas, son increíbles. En Chile tenemos muchas montañas en altura y creo que tendría que irme una temporada a practicar allá, estar en altura y prepararme”, concluye.

PA 2019 1594 min 1

PA 2019 3765 min 1

PA 2019 1608 min 1

PA 2019 3827 min 1

 

RELATOS DE MONTAÑA: CORDILLERA CHACABUCO

Practicar montañismo en solitario es una de las mayores expresiones de la capacidad humana. Y practicarlo en la Patagonia, con ese clima tan variable e impredecible, es llevar la capacidad física y mental al límite.

En la Patagonia debes tener un plan muy bien definido para aventurarte en la conquista de una montaña. Para mí es indispensable conocer distancias, pendientes, condiciones del terreno, seguimiento del clima, entre otras variables.

La Cordillera Chacabuco es una maravillosa cadena montañosa compuesta por hermosos glaciares colgantes que penden de sus imponentes cumbres, con lagunas de llamativos colores turquesas rodeadas por el fiordo Última Esperanza; además de una hermosa panorámica al Parque Nacional Torres del Paine. Para acceder a esta cordillera, debes desplazarte hacia la Villa Serrano la cual está ubicada a 72 km al norte de Puerto Natales por la ruta Y-290; y  se recomienda ir con algún guía de montaña que conozca el lugar.

Pues bien, dentro de mis metas este año estaba conquistar una cumbre innominada en la Cordillera Chacabuco; un cordón montañoso que se hizo mundialmente conocido por ser parte de la carrera “Ultra Fiord”, la cual trajo corredores de todo el orbe para participar y contemplar los hermosos fiordos, ríos y lagos que rodean a esta cordillera que finaliza en su lado más occidental junto al fiordo Última Esperanza.

Habiendo realizado algunos ascensos previos en esta cordillera, ya estaba relativamente familiarizado con la dificultad técnica que este ascenso implicaría. Pero los días previos al ascenso, habían caído muchas precipitaciones de nieve por lo cual ya se adelantaba un escenario complejo, sobretodo, en el área boscosa donde la nieve se acumula y hace del avance, algo tortuoso por momentos.

Así, una fría mañana de septiembre comencé muy temprano la travesía rumbo al campamento base (el cual había instalado días antes para practicar ski). El sendero comienza en la misma villa Serrano y poco a poco comienza a internarse en el bosque en el cual predominan las lengas, ñirres y coigues.

A medida que empecé a ganar altura, y luego de cruzar algunos riachuelos, el bosque cambió su fisonomía para cubrirse con un manto blanco por las recientes nevadas. En alrededor de 2 horas de ascenso, el silencio del bosque solo era interrumpido por el trinar de rayaditos y chincoles.

La sensación térmica fue bajando mientras me acercaba al límite del bosque, a unos 800 metros de altura, encontrándome muy cerca de mi campamento base, el cual contaba con una de las panorámicas más impresionantes del macizo.

Luego de dejar algunas provisiones guardadas, salí de inmediato para continuar por el sendero, bordeando una meseta que da paso a la cordillera Chacabuco. Luego de casi 5 horas de aproximación, llegué al punto donde me desvié del sendero para comenzar el ascenso propiamente tal. La nieve caída, ahora sería un aliado, pues se avanza mucho más rápido por nieve compacta que por acarreos.

En poco más de 2 horas de ascenso por pendientes sostenidas de 40 a 45 grados visualicé la cumbre, la que jamás había sido conquistada.

En los metros finales tuve que trepar una inclinada pared extremadamente vertical para alcanzar en medio de un día frío, pero completamente despejado, la anhelada cumbre, lugar donde pude contemplar desde el glaciar grey y Tyndall, hasta el Monte Balmaceda, en el Parque Nacional Bernardo O’Higgins. Sin duda, alucinante.

Luego de tamaña experiencia y feliz por la cumbre alcanzada, comencé el descenso con mucho cuidado hacia el campo base, donde pasaría un día más para poder practicar algo de ski en una meseta cercana a este.

Simplemente, una experiencia inolvidable, en silencio y de real encuentro con uno mismo, ideal para tomar consciencia sobre el fantástico mundo que habitamos y para descubrir, abiertamente, por qué lo habitamos.  

Cuadro:

El cordón de Chacabuco es una pequeña cadena montañosa ubicada en la zona central de Chile, que corre de manera transversal la Cordillera de los Andes y la Cordillera de la Costa. Este cordón cruza la Depresión Intermedia, separando el valle del Aconcagua del valle del Maipo, marcando el límite norte entre la V Región de Valparaíso y la Región Metropolitana de Santiago. La cuesta da nombre a la provincia de Chacabuco, una de las divisiones de la Región Metropolitana.

1 min 1

2 min 1

4 min 1

Los secretos de Daintree en boca de sus guardianes:los Kuku Yalanji

Por Ximena Martínez-Astroza. Desde Queensland, Australia

 Hay historias que terminan con un final feliz y esta es una de ellas. Protagonizada por la comunidad aborigen Kuku Yalanji, que habita el sur del parque nacional Daintree en el extremo norte de Australia, lucharon por años para para conservar su cultura, enseñando a sus propios ciudadanos y turistas lo especial que es este bosque tropical.

 Durante la mañana estuvo lloviendo intensamente en el norte de Australia. Me encuentro internada en medio del bosque tropical más antiguo del planeta, más incluso que el propio Amazonas. Estoy en medio de unas colinas empastadas de verde. Cada variante de la paleta de colores --en este tono-- está aquí, donde llueve dos mil milímetros en un año, precipitaciones que caen en su mayoría desde diciembre hasta abril, siendo ahora, la mejor temporada para visitar el lugar y serpentear por el rocoso, caudaloso y cristalino río Daintree.

Hoy es un día normal, con la típica temperatura que bordea los 30 grados y sobre el 80 por ciento de humedad. Es fácil acostumbrarse a sentir la ropa pegada al cuerpo y a transpirar en exceso, pero seguro nunca sentirás tanto olor a tierra mojada y nunca verás un lugar tan verde e imponente como Daintree.

Hoy es mi día de suerte. Estoy en el centro turístico Mossman Gorge y el tour lo realizará uno de sus fundadores, Roy Gibson, un miembro de la comunidad aborigen que habita la zona: los Kuku Yalanji. Como la mayoría de los miembros de esta tribu, Gibson trabajó gran parte de su vida en los campos de caña de azúcar, pero siempre soñó con educar a su gente y con crear empleos que permitieran conservar la cultura. Los dueños de esas tierras accedieron a vender el terreno si ellos lograban conseguir el dinero para adquirir el área. Con el tiempo, no solo la venta se concretó, sino algo mayor.

Una noche, mientras dormía, Gibson soñó que unas rocas se desprendían de la colina, bloqueando el acceso al lugar donde él vivía, pero conversaba con la gente que quería pasar y les decía que él mismo les mostraría lo hermoso que era su patio.

Hoy, allí está instalado el centro Mossman Gorge con una infraestructura acorde y sostenible para los turistas, donde se ofrecen caminatas por el parque, cafetería y una galería de arte, empleando en un 90 por ciento, a miembros de su propia comunidad.

El tour que realizaré es llamado “Dreamtime walk” y es un acercamiento a la cultura Kuku Yalanji, tribu cuyo origen data de hace 50 mil años con la primera ocupación humana en Australia, quienes habitan desde Mossman hasta Cooktown. En una hora y media de circuito comenta cómo, por generaciones, han vivido en el bosque y cómo hoy, asentados en el pueblo, luchan por conservar su conocimiento sobre este lugar.

El recorrido comienza en una entrada particular del bosque donde solo se puede acceder con un guía local. Durante mi estadía en el norte de Australia, escuché que no cualquiera puede entrar en algunas partes de Daintree, por lo que es necesaria la ceremonia de la “ahumación”, y es lo primero que hacemos. Entonces, con otros 14 turistas formamos un círculo mientras Gibson está a un lado encendiendo unas hojas en un fogón con techo de lata. Reina el silencio. De pronto comienza a hablar en su lengua originaria. El cielo está completamente cerrado y cae una que otra gota. Miro las nubes, cierro los ojos y escucho atentamente. Gibson traduce para el grupo: “me acompañan extraños y niños que vienen desde lejos. Daremos una vuelta, cuídanos, mantenlos a salvo”.

Sentí el corazón latir más fuerte y una especie de escalofrío recorrió mi espalda. Es hora de partir dice Gibson. El bosque nos bendijo y ahora debemos caminar tras él. Avanzamos por un sendero que se adentra en este ecosistema tropical y nos muestra árboles gigantes, con troncos triangulares con raíces sobresalientes que se enredan entre sí como un tapiz, bordado por musgos, un paisaje definido por enredaderas y lianas, y plantas y hojas silvestres que crecen por todas partes.

Riqueza de Daintree

El parque nacional de Daintree es Patrimonio de la Humanidad desde 1988 y su área abarca 12 mil kilómetros cuadrados, donde trece de 19 familias de plantas con flores primitivas crecen en este sector. Según cifras de la Unesco, el trópico húmedo de Australia tiene una superficie menor al 0,2%del territorio de la isla, pero alberga el 30% de marsupiales, el 20% de especies de reptiles, 60 tipos de murciélagos, el 30% de las ranas, el 30% de distintos tipo de orquídeas, el 18% de plantas vasculares de Australia y el 40% de aves del país.

El Casuario

Entre las aves, la más llamativa es el casuario, la tercera más grande del mundo, luego de la Avestruz y el Emu. Este ser vivo tiene patas largas, garras prominentes, pelaje largo, cabeza y cuello azulados y una cresta de hueso que le da un toque prehistórico.

Se les puede divisar en el bosque profundo pero en ocasiones han sido vistos a orilla de camino. Hay letreros por toda la zona advirtiendo conducir con precaución: algunas de las señaléticas dicen “antes” y “después”; en la primera aparece la silueta del casuario de pie, y en la segunda, desmayado o muerto.

Parece tragicómico pero esta ave es una cuestión seria para el bosque lluvioso ya que cumple un rol fundamental en la reforestación, pues, las semillas que ingieren no son alteradas por su digestión. Así, a medida que se alimenta y se traslada de lugar en lugar, con su excremento va diseminando semillas por todo Daintree, modelando a su parecer la jungla.

Pasan los años y este sigue siendo el hogar de los Kuku Yalanji. Su presencia hace este lugar aún más especial, otorgando una experiencia única en una geografía que existe desde que comenzó la vida en el planeta, en un espacio que aún luce tan prístino y tan genuinamente conservado. Este recorrido enseña de primera fuente cómo se comunicaban en medio de la selva, golpeando con rocas, árboles gigantes y huecos que generan un fuerte eco en todo el bosque.

Continuamos la caminata y Gibson nos enseña unas cuantas plantas y árboles que pueden causar alergia hasta por tres meses. En algunos casos el remedio es frotar la zona afectada con las mismas hojas, y en otros, lavar la zona con orina.

Gibson también nos habla sobre sus creencias y nos cuenta una de las historias que han pasado de boca en boca, de generación en generación. Dice la leyenda que en Manjal Dimbi -la montaña más alta de Mossman­­- existe un espíritu en una gran roca con forma de humano que es llamada Kubirri, quien ayudó a los Kuku Yalanji cuando el espíritu maligno Wurrumbu persiguió a la tribu. Kubirri logró detener a Wurrumbu y lo confinó al acantilado más allá del río Mossman y desde entonces, esta jungla vive en paz y armonía.

Importancia de Daintree

Este inmenso pulmón verde tiene 135 millones de años y data desde que existía un solo continente llamado pangea. Según datos de la Unesco, una hectárea de este lugar es el hábitat de más de 30 mil tipos de plantas y animales. Solo cabe imaginar cuánta biodiversidad existe en sus 120 mil hectáreas de extensión. A este valor sin precedentes debemos sumar que es el hogar de la comunidad indígena Kuku Yalanji, uno de los primeros grupos que ocupó la zona tropical de Australia, gente que pertenece a la selva y que vive para ella y por ella.

Continuamos el recorrido y me llama mucho la atención que los árboles tengan unas protuberancias en sus copas, que parecen cestos, pero son plantas que viven en los troncos y son capaces de guardar nutrientes del medioambiente, incluyendo el agua. De esta forma, no necesitan estar en la tierra y crecen como huéspedes en otros árboles. Son conocidas como la familia de las “Epifitas”.

Gibson nos enseña algunos árboles y plantas, unos peligrosos, otros venenosos. Nos cuenta historias acerca del bien y el mal en esta selva, nos muestra las pinturas naturales que usaban para cubrir su cuerpo y nos comenta cómo incluían en su día a día una especie de “shampoo” o “jabón” que usaban frotando hojas de árboles que tendrían un símil olor a cítrico o lavanda.

Río Daintree

Parte del recorrido pasa por un río, que por tramos se muestra calmo, y en otros como un caudal desbordante que serpentea los valles y las montañas verdes por 140 kilómetros hasta desembocar en el mar. Es cerca de Mossman, en Cape Tribulation, donde el río Daintree y el bosque tropical se encuentran con la barrera Coral.

13.269 kilómetros y un océano nos separan de Mossman, Australia. Este paseo nos deja varias reflexiones. Primero, siempre debemos valorar el medioambiente, la riqueza que alberga, y ser conscientes del privilegio que implica visitar un lugar sagrado para el planeta y también para una cultura ancestral.

Otro punto a considerar es la inclusión de los Kuku Yalanji en el turismo sostenible porque, una lucha de años puede tener un final feliz si se preserva la cultura y si se emplea a su propia gente, quienes actúan como protagonistas y protectores del bosque, un lugar esencial para la biodiversidad de la isla, pero también para el planeta entero.

Daintree es un lugar que guarda secretos sobre nuestra evolución y muchos misterios sobre cómo comenzó la vida, una bitácora abierta a todo espectador que quiera conocer una selva que ha sobrevivido millones de años y que se conserva robusta gracias al esfuerzo de muchos entes pero, sobre todo, gracias a la comunidad aborigen Kuku Yalanji. Porque se nota que la “sangre tira”, y en este caso, “la sabia tira” en los guardianes del bosque.

 

África: tierra de animales y de personas enormes

Con el objetivo de participar en un voluntariado para construir infraestructura de apoyo en un colegio local, junto a Juan Pablo Rodríguez, un amigo del colegio, partimos rumbo al pueblo de Livingston, en Zambia, África.

Escuché hablar del voluntariado por primera vez de parte de mi prima Ignacia, que había ido el verano pasado. Fue ella quien, después de un viaje de 10 horas junto a mi amigo contándole de su experiencia, lo convenció de seguir su ejemplo.

Luego de un par de meses de planificación, Juan Pablo me propuso acompañarlo y, con varias dudas, me sumé. Los dos habíamos participado en varios voluntariados en Chile, y la idea de hacer algo similar en un contexto tan diferente, nos llamó la atención.

Conocer otra cultura y costumbres sonaba un interesante desafío. Nos pusimos en contacto con una fundación local vía IVHQ (International Volunteer Head Quarters), la que ofrece un servicio de apoyo para voluntarios que tengan la intención de visitar cualquier país. La organización te contacta con fundaciones locales, te ayuda con los trámites y te entrega información muy completa sobre el país a visitar. Y en nuestro caso, nos facilitaron bastante todo.

Iniciamos el viaje sin saber bien qué nos esperaría. Estaríamos trabajando con voluntarios de todo el mundo que participarían en distintos proyectos de educación, enfermería y construcción.

Además de trabajar en la construcción de una casa para el futuro cuidador de un colegio, tuvimos grandes dosis de contacto con la gente local. Como las herramientas se guardaban en la bodega del colegio, disfrutábamos de un festival de abrazos de niños todas las mañanas, y terminábamos a la misma hora que ellos salían de clases. Nos quedábamos jugando con ellos y caminábamos juntos un rato hacia sus casas, algo que mejoró considerablemente nuestra rutina. Aparte de eso, participábamos un par de veces a la semana del homework club, donde nuestro rol era darles ejercicios de matemáticas e inglés a los niños de un sector más vulnerable. Era realmente increíble como se peleaban por recibir ejercicios, exigiendo explicaciones a ejercicios de sumas y divisiones que no siempre sabíamos dar. A veces, cuando ya era mucho estrés, me distraía un poco enseñándoles canciones en español, siendo “Sencillo” de la Moral Distraída, todo un éxito.

Del pueblo solo habíamos visto un par de fotos y oímos que existía una gran oferta de actividades culturales y outdoors, pero había especialmente dos de estos panoramas que resaltaban sobre los otros, los que no dudamos en realizar.

El primero era visitar las cataratas de Victoria, con el área de caídas más grandes del mundo e increíbles piscinas naturales. Para acercarnos a las últimas, llegamos a un hotel ubicado a unos 20 minutos de la casa, y desde ahí nadamos con algo de nervio hasta la piscina, sabiendo que, aunque no solían acercarse tanto a las cascadas, río arriba habían hipopótamos y cocodrilos. En cierto punto del recorrido pudimos nadar asomados por el precipicio hasta el cañón donde se internaba el río, lo que fue realmente increíble.

Luego, para tener mejor vista de las cataratas, cruzamos la frontera hacia Zimbabue e ingresamos al Parque Nacional Mosi-oa-Tunya (“humo que truena” en Kololo, un idioma tribal), una inolvidable experiencia.

La segunda gran actividad destacada consistía en un safari de dos días en

Botsuana. Si bien pudimos ver elefantes, monos, jirafas, hipopótamos, cebras y muchos otros en nuestros recorridos por Livingston, estábamos con muchas ganas de verlos más cómodamente bajo la protección del Parque Nacional Chobe.

Entonces, después de una larga noche de carrete local, cruzamos el río Zambezi (que funciona como pase fronterizo). El lugar estaba repleto de gente esperando pasar y de monos ladrones, incluso supimos que algunos camioneros debían esperar hasta 2 semanas para poder pillar un ferry. Finalmente, tras el cruce, llegamos a este nuevo país y nos internamos rápidamente en el parque nacional.

Nos acompañaron hienas que se metieron a curiosear al campamento, pero nunca imaginamos la cantidad de elefantes que veríamos. Con aproximadamente 120.000 de ellos (la mayor concentración de elefantes africanos del mundo), Chobe es indudablemente su nación. Fue realmente increíble estar rodeado de un animal tan extraordinario. Con sus miradas uno se puede dar cuenta del nivel de profundidad que tienen, las que entregan una sensación casi ancestral.

Siendo este un animal enorme, me obsesioné durante todo el viaje en tratar de capturar solo su mirada, cada detalle, sus ojos, su sonrisa o dolor. Es increíble cómo es que, cada uno de ellos, transmite una sensación auténtica. Los más jóvenes demuestran su inocencia y ganas de jugar, las madres cariño y poder, los padres dominio, y los más viejos muestran dolor, agote y responsabilidad.

Afortunadamente, gracias al número de encuentros, logré retratar una buena cantidad de estos grandiosos mamíferos. Tenían algo hipnotizante.

Luego de dos días viendo fauna única y marciana para este santiaguino, volvimos a Livingston a terminar nuestra misión. Volvimos a días de buenas conversaciones con Wilson, nuestro jefe de obras, un local cuya historia nos animaba todos los días a hacer una tremenda pega. Volvimos a comer nshima (una comida local barata energética y fácil de hacer, que la gente de la zona come todos los días), y volvimos a encontrarnos algunas tardes con los niños del homework club, con una motivación para aprender que nunca antes había visto.

Todos los días vimos a gente luchadora que se las arreglaba para vivir en este durísimo lugar. Aprendimos de su increíble cultura, disfrutamos de la música, del baile y también de una buena cerveza Mosi. Sin duda, uno de los mejores voluntariados para despertar consciencia y llenar el corazón.

IMG 3173 min min

IMG 3174 min min

IMG 3370

IMG 3811

 

Everesting versión Trail/ Everesting en modo Trail

Luego de haber completado este desafío en bicicleta, decidí que había llegado el momento de intentarlo, esta vez, en modo Trail. Aquí, el concepto es el mismo: elige cualquier colina y monta repeticiones hasta subir 8.848m, la altura equivalente al Monte Everest.

Han pasado algunos meses desde que hice mi primer Everesting, ahora en modo trail running. De vez en cuando me siento a pensar en todo lo vivido esa noche, donde sufrí 27.5 horas. Algo hasta el día de hoy no me calza, como que no entiendo bien lo que pasó. A veces hasta me confundo con lo que viví.

Semanas después, andando en bicicleta, escuché un podcast sobre la excelencia, y hablaron de un pianista, un tal Keith Jarret. El 24 de enero de 1975 ocurrió lo que es para muchos uno de los mejores conciertos de piano en el mundo del jazz. Pero aparte de la obra maestra, el cómo ocurrió ese concierto, fue para mí, la fuente de inspiración más memorable que he colectado.

Jarret, siendo ya un pianista consolidadísimo, terminó tocando en Alemania. Keith venía cansado de viajar por horas, pues venía tocando una serie de conciertos y estaba esa noche de mal humor. Venía acarreando hace días dolores de espalda y mal sueño. Por problemas logísticos, su piano no llegó al teatro y a cambio, le pasaron un piano literalmente viejo, mal cuidado y desafinado, algo que para el artista era una abominación, sin mencionar que los pedales estaban malos. Jarret, conocido por ser un artista metódico, preciso y obsesivo, se rehusó a tocar en esas condiciones y el productor, un niño de 17 años, le rogó bajo la lluvia copiosa de esa noche mientras se estaba subiendo al auto, que tocara de todas maneras. Jarret milagrosamente accedió diciéndole, “no lo olvides, haré esto solamente por ti”. El concierto está en todos lados y se llama The Köln Concert.

¿Te gustó la historia? Ahora, solo debes buscarlo, darle play y seguir leyendo:

Ex Duris Gloria: Desde el sufrimiento, surge la Gloria

No se trata de buscar problemas. Yo creo que un porcentaje de la población se desarrolla como personas buscando el siguiente nivel. Es como cuando ves a un perro cazador: unos son mejores que otros y hasta puedes percibir la excelencia cuando trabajan los mejores. Yo creo que los que hacen cosas inusuales son eso mismo, son personas naturalmente cazadoras en busca de su desarrollo en un mundo que hoy no tiene ni un peligro que ofrecer; todo es muy fácil, como el simple hecho de que hoy, pasar los 40 años, es casi una certeza absoluta.

Victory Loves Preparation: La Victoria ama la preparación

Nada grande nace de la pereza, todo lo grandioso llevó trabajo, esfuerzo, una idea. Cuando se me dio la gana de hacer el Everesting a pie, mi primera meta era ser el primero en el país y el primero en el continente.

Algunos me han criticado mi sed de figurar en el tope, pero para mí no se trata de eso. Es tanto más fácil repetir algo, ya por el simple hecho de que sabes que es posible. Pero si solo aprendes de los errores del que lo hizo previamente y no de los tuyos, para mí pierde mucha sustancia algo así.

Cuando intentas hacer una primera cumbre no sabes si funcionará y eso es, hasta cierto punto, algo más cerca a ser salvaje, primitivo y al final, excelso, porque después de mucho trabajo y preparación verás si podrás consolidar un proyecto que pudo tomar meses, sino años. Repetir es tantísimo más fácil, en cambio. El camino está construido, uno solo lo debe seguir.

Claro, sé que no fui el primer Everesting del mundo, pero como sea, había un contexto de incertidumbre; estaba seguro que si yo lo hacía, más gente lo haría después. Quería darme el gusto de saborear mi pequeña gloria y fui por ella con miedo pero determinado a hacerlo o morir en el intento.

Siempre que alguien me habla de cualquier cosa hecha por ellos, no me interesa mucho el qué hicieron, pero sí me interesa profundamente el cómo lo hicieron. Creo que el proceso, el cómo, es el que forja el carácter y el que te dice de qué está hecha esa persona. No es lo mismo pasar un ramo con un 4.0, dando lo mejor de sí y sin copiar, que pasar un ramo con un 4.0 flojeando, evitando la preparación y copiándole los resultados a otro. En el primero, la gloria es total. En el segundo, la mentira es tan brutal que hasta la persona no se da cuenta de lo que ha hecho y procura que el tiempo borre el cómo. Por eso, para mí, el como lo es todo y el qué, es nada.

Por esta razón hice un Everesting. Gran cosa, no lo creo. Hoy pienso que cualquier persona preparada y que esté fuerte puede hacer un Everesting. A de ser como hacer un 100 millas, no lo sé. Pero sí sé que muchas personas pueden hacerlo. Es por todo lo anterior que, mi “cómo”, fue excelso. 

 

_MG_0410-min.jpg

 

_MG_0419-min.jpg

 
300x300 outside
 
ezgifcom optimize 1